La vida de Elif se vio trágica cuando el hombre más poderoso del pueblo la obligó a contraer matrimonio. Pero resultaba que era un hombre que cuatriplicaba en edad, por lo que en la consumación, murió de un infarto, quedando ella como heredera de toda esa fortuna.
Elif creyó que todo terminaba ahí, no obstante, aparecieron los familiares de aquel hombre, y la obligaron a contraer matrimonio con el nieto de su difunto esposo, un joven de 23 años, que la odiaba y despreciaba con cada segundo de su vida, por haberse quedado con todo lo que les pertenecía.
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4
Burak caminó hacia ella, pero su mirada estaba posada en la de ella. Al detenerse muy cerca, escupió con desprecio:
—¿Piensas que voy a acostarme contigo después de que te revolcaste con mi abuelo?
Elif quiso explicar que ella no se había acostado con el señor Demir, y menos que quería acostarse con él; que solo quería darse un baño. No obstante, él no se lo permitió.
—¿No tienes vergüenza de seducir al nieto de tu anterior esposo, al cual, supongo, asesinaste para quedarte con todo? ¡Eres descarada!
—No…
—¡Cállate! —bufó mirándola con ojos afilados. Le agarró el rostro con su ancha mano y masculló—: No puedes interrumpirme cuando yo esté hablando.
Burak dio dos pasos más para quedar muy cerca de ella. El tibio aliento que expulsaba su nariz chocaba en el delicado rostro de su esposa.
—Que te quede claro que no soy ningún pelele al cual puedes interrumpir cuando se te da la gana. Si tienes algo que decir, te lo guardas para ti, porque solo de escuchar tu estúpida voz me irrita.
Dicho eso, se alejó un poco para recorrer su mirada por el cuerpo de Elif y luego replicó:
—Vístete, y no vuelvas a ofrecérteme, porque no me produces nada en lo absoluto.
Le soltó con brusquedad. Dando media vuelta, salió.
El ojo lagrimal de Elif picó. Los ojos se le invadieron de un agua cristalina que opacó su visión. Gruesas gotas se estrellaban en sus pies. Elif pasó la delgada palma de su mano y limpió la humedad que dejaban las lágrimas desbordadas.
A ella nunca nadie la había llamado ofrecida, pues nunca se había insinuado a un hombre. ¿Qué le hacía pensar a su reciente esposo que ella se le estaba ofreciendo? Ni siquiera le dejó explicar las cosas; simplemente la acusó porque sí.
Intentando detener las lágrimas, Elif se introdujo en la ducha. El agua que rodaba de esta se mezclaba con sus lágrimas. Mientras el agua corría por su cuerpo, Elif se abrazó a sí misma, se inclinó y sollozó. Extrañaba a su madre, a sus hermanos, a su hermano que siempre la abrazaba cuando su padre la regañaba y la culpaba de todo.
Aunque sabía que no era esa clase de mujer, las palabras de él lograban hacerla sentir como tal. Ella era una joven muy frágil. A pesar de ser una pueblerina, estaba acostumbrada a ser tratada como una princesa, una reina. El único que la trataba siempre mal era su padre, pero su madre siempre estaba ahí para frenarlo. Aunque Elif se esforzaba por hacer las cosas bien, su padre siempre estaba ahí para criticar y menospreciar su esfuerzo.
Elif salió del baño con una toalla envuelta en su cuerpo y otra en su cabello. Al momento de cambiarse, tomó en cuenta que no tenía ropa para vestirse. Había ido al hotel solo con el vestido con el que se había casado; por lo tanto, le tocó volver a colocárselo, ya que no tenía a quién llamar para que le llevara ropa. Estaba sola en la ciudad. La familia de su esposo la había enviado a ese hotel sin nada. Ni siquiera había almorzado, menos cenado. Con el hambre trazando y quemando su estómago, se metió bajo las sábanas y se acostó con la esperanza de que mañana fuera un día mejor.
Estaba por cerrar los ojos cuando el sonido del timbre le impidió conciliar el sueño. Sonó dos veces, y en las dos ocasiones esperó que el hombre que se encontraba en el recibidor abriera. Sin embargo, el timbre volvió a sonar. Esta vez Elif se levantó, abrió lentamente la puerta y, al ver que afuera no había nadie, se dirigió a abrir.
—¡Buenas noches, señora! —dijo uno de los meseros del hotel—. Le traje su pedido —empujó la mesa rodante hacia el gran balcón.
—Yo no pedí nada —dijo. Aunque tenía hambre, no podía quedarse con esa comida. ¿Cómo iba a pagar después aquello si no cargaba ni un peso en los bolsillos?
—Su esposo lo hizo —explicó el mesero abriendo las cortinas y, por consiguiente, las puertas.
Al momento en que estas se abrieron, Elif divisó la silueta de aquel hombre parado de espalda, con la mirada posada en la inmensa ciudad.
Si estaba aquí, ¿por qué no abrió la puerta? ¿Por qué esperó que ella se levantara si él había hecho el pedido?
—¡Buenas noches, señor Demir!
Burak se giró y posó la mirada en aquella mujer que se había quedado parada en medio de las puertas corredizas. La observó sin expresión alguna.
Ante esa mirada, Elif empezó a dar pasos hacia atrás. Al dar la vuelta, escuchó esa gruesa voz:
—Siéntate —demandó Burak.
Elif se detuvo en seco. El mesero pasó por su lado.
—No quiero que luego digas que soy un mal esposo que te mata de hambre —dijo una vez que el mesero se marchó—. ¿Qué esperas para sentarte?
Esa voz autoritaria la hizo enderezarse.
—¿Tienes problemas en los oídos? —inquirió ya estando sentado.
Elif se giró lentamente y miró con recelo la comida que aún estaba cubierta por el cloche.
—Vamos, ven aquí. Sé que mueres de hambre. Durante toda la fiesta no probaste nada.
Aunque se había mantenido distante de ella, se percataba de cada paso que daba.
Elif no se rehusó a ir. Se sentó y descubrió su comida. Aunque el hambre la mataba, comió lento, tanto para saborear la deliciosa comida como porque el hombre sentado delante de ella no le quitaba la mirada.
—¿Cuántos años tienes? —inquirió Burak.
—Dieci… dieciocho —respondió y bajó la mirada a su plato.
A Burak se le revolvió el estómago al pensar que su abuelo se había casado con una mujer cinco años menor que él. Solo de imaginarlo junto a esa joven le producía un asco brutal. Fue tanto el asco que sintió, que cubrió su boca, se levantó y corrió al baño. Al estar de rodillas frente a la taza, drenó todo el revuelto que tenía en el estómago.
—No solo fuiste un ser malvado, abuelo. También asqueroso.
Después de drenar el estómago, volvió. Para ese entonces Elif había terminado su comida y se disponía a levantarse para ir a dormir cuando Burak regresó.
—No puedes irte aún. Yo no he terminado. Debes saber que no me gusta comer solo.
Elif se volvió a sentar y se quedó con la mirada clavada en las manos de él. El anillo que hace unas horas atrás le había puesto no estaba. ¿Dónde lo tenía? ¿Sería así por siempre?
—Quiero que firmes esto —empujó el papel hacia ella, también una pluma—. Es un documento donde me das el poder para realizar cualquier gestión sin tu firma.
“No firmes ningún papel, Elif, ¡ninguno!” Recordó el consejo de su abogado. “Si te quieren forzar, solo rehúsate y diles que primero lo tratarás conmigo”.