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DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Autosuperación / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.

Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.

Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.

Pero Abelardo no era aquel hombre.

Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.

Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.

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El retorno de la dignidad

Tres días después de la emotiva conversación telefónica, el sonido metálico y acompasado de un motor ajustado de manera impecable anunció la llegada de un vehículo al patio de la casa materna. Abelardo y Don Mateo salieron de inmediato al porche y contemplaron con asombro el sedán plateado que se detenía frente a ellos, reflejando destellos bajo el sol radiante del mediodía. Del automóvil descendió un chofer uniformado enviado directamente por Samuel, quien saludó con respeto, le entregó a Abelardo las llaves originales, la documentación en regla a su nombre y un sobre blanco que contenía una nota breve pero contundente: "Para que retomes el camino con el impulso que te mereces. Tu lealtad no se olvida. Tu hermano, Samuel".

Abelardo caminó despacio hacia el coche y pasó la mano por la carrocería reluciente. El automóvil no solo lucía impecable por fuera, sin un solo rasguño en la pintura, sino que al abrir la portezuela desprendía ese característico olor a limpio y a tapicería cuidada. Tener de vuelta un medio de transporte propio en el pueblo no representaba un mero lujo ni una vanidad social, sino una herramienta de trabajo fundamental que le permitió optimizar radicalmente sus tiempos. Ya no perdía preciosas horas de la mañana esperando el transporte público para desplazarse hacia las bodegas lejanas, inspeccionar los talleres de mantenimiento o visitar a los clientes más exigentes de Don Hernán. Esto incrementó de inmediato su eficiencia, su capacidad de respuesta y su productividad en la empresa.

Con el vehículo a su entera disposición y su rendimiento profesional en constante ascenso, Don Hernán no dudó en otorgarle mayores responsabilidades, asignándole la supervisión directa de las rutas comerciales más importantes de la flotilla e incrementando su salario mensual de forma sustancial. Abelardo, con una disciplina espartana, no destinó un solo centavo de este nuevo ingreso a caprichos o superficialidades. Por el contrario, canalizó cada excedente a amortizar el saldo restante de sus deudas en la capital. Semana tras semana, acudía puntual a la ventanilla del banco para realizar transferencias directas, observando con alivio cómo los números rojos de las tarjetas de crédito que lo atormentaban en el pasado se reducían drásticamente hasta quedar convertidos en una cifra insignificante.

Una tarde nublada, mientras revisaba los comprobantes de pago en la mesa de la cocina junto a su madre, Abelardo tomó la calculadora y realizó los cómputos finales. La suma del dinero obtenido en el remate del departamento, combinada con el fruto de su trabajo diario y sus ahorros en la empresa de transportes, había cubierto oficialmente casi la totalidad del saldo adeudado a las entidades bancarias.

—Falta muy poco, mamá —dijo Abelardo con la voz firme, mostrando los recibos con una sonrisa serena pero henchida de orgullo—. En un par de meses habré pagado hasta el último centavo de lo que debía. Nadie en la capital podrá decir jamás que me escondí, que fui un estafador o que no cumplí con mi palabra.

Doña Elena contempló a su hijo con los ojos Húmedos de emoción, extendiendo su mano cansada para acariciarle el rostro con ternura maternal.

—Tu padre y yo nunca dudamos de ti, Abelardo —respondió ella con profunda convicción—. El dinero se recupera con trabajo y sudor, pero la satisfacción de haber salido del abismo con la cabeza en alto, sin deberle nada a nadie y con las manos completamente limpias es algo que esa mujer jamás podrá comprar, ni aunque se rodee de toda la riqueza del mundo.

Aquella misma noche, Abelardo salió al patio trasero y levantó la mirada hacia el firmamento estrellado, tal como su padre le había enseñado a hacer en su momento de mayor oscuridad. Sentía que el peso asfixiante del fracaso y la vergüenza se habían disipado por completo de sus hombros. La amargura provocada por la traición y la campaña de difamación de Deborah había cedido su lugar a una paz interior inquebrantable. Con el amor incondicional de su familia, la lealtad recuperada de sus verdaderos amigos y la fuerza indestructible de su propio esfuerzo, Abelardo entendió que ya no era el hombre derrotado que regresó en un autobús con una maleta raída, sino un hombre completamente renovado que había rescatado de las cenizas lo más valioso que un ser humano puede poseer: su absoluta e intachable dignidad.

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