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EL RUIDO QUE DEJASTE

EL RUIDO QUE DEJASTE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Escuela / My Hero Academia / Completas
Popularitas:520
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: RUIDO

Ganar el juicio simulado fue lo mejor y lo peor que me pudo haber pasado.

Lo mejor, porque por un día me sentí invencible. Lo peor, porque en Derecho nadie perdona que una becada le gane a los apellidos.

El lunes siguiente, todo volvió. Pero peor. Más sucio.

No fueron insultos en voz alta. Fueron cosas chiquitas, de esas que si las contás suenan exageradas, pero que cuando te pasan todos los días te van rompiendo de a poco.

Primero fue mi carpeta. La dejé cinco minutos en el banco para ir al baño y cuando volví, alguien le había volcado café adentro. Todo mi resumen de Obligaciones, manchado, ilegible. Veinte días de trabajo.

Le dije a Luz, con ganas de llorar.

"No llores acá", me dijo bajito. "Si llorás acá, ganan".

Después fue el drive. El drive compartido donde todo el curso subía resúmenes. De un día para el otro, mi acceso desapareció. "Usuario eliminado", decía. Cuando le pregunté al chico que administraba, me dijo: "Uh, se ve que se borró solo, Eli. Después me fijo", y nunca se fijó.

Y después vino lo más feo.

Alguien creó una cuenta falsa de Instagram. @elena_rivas_abogada_trucha. Subieron una foto mía del juicio, pero editada. Me pusieron la boca abierta como si estuviera gritando y abajo escribieron: "Así alega la que se acuesta con Valdez para aprobar. ¿Cuánto vale tu 9.50, Rivas?".

Me enteré porque me lo mandó Flor, con un audio de tres minutos llorando de la bronca.

En dos horas tenía ochenta seguidores. Toda la facultad.

Me quedé congelada en el medio del pasillo, mirando el celular. Sentí que me volvía a El Trébol. Que me volvía a los diecinueve años. Que todo lo que había construido en dos meses no valía nada.

Luz me sacó el celular de la mano.

"No lo mires más. Vamos a hablar con Valdez".

"No", le dije. "No lo voy a meter. Justo van a decir que es verdad".

"¡Elena, te están difamando! ¡Esto es acoso!"

"Si le digo, lo hundo a él también".

Ese día no fui a cursar. Me volví a mi departamento y apagué el celular. Me metí en la cama con la ropa puesta. La Doctrina, la gata de Luz, que me la había dejado para que no me sintiera sola, se me subió al pecho y me miró fijo, como diciendo: ¿otra vez?

A las seis de la tarde sonó el timbre. Era Luz. Con Santi, Flor, Mica y Joaco. Todos con facturas y con cara de guerra.

"Levantate, abogada. Tenemos un caso", dijo Joaco.

"¿Qué caso?"

"El tuyo. ¿O te pensás que estudiamos Derecho para dejar que te hagan esto?".

Me mostraron lo que habían hecho. Flor había hecho captura de todo, con fecha y hora. Mica, que trabaja en una fiscalía, había averiguado de quién era la cuenta por el mail vinculado. Santi había hablado con tres chicas más a las que les habían hecho lo mismo el año pasado y que nunca se habían animado a denunciar.

"Son Camila y Marcos. Siempre son ellos", dijo Luz.

Yo no quería creer que fuera Camila. Después del abrazo, después del perdón a medias, no quería creerlo.

"¿Están seguros?"

Flor me mostró la captura del mail. camila.alderete.rivera@gmail.com.

Sí. Era ella.

Esa noche hicimos algo que nunca había hecho. No me defendí sola. Dejé que me defiendan.

Fuimos juntos a hablar con Valdez. No como profesor y alumna. Como grupo.

Valdez estaba en su oficina, corrigiendo parciales. Cuando nos vio entrar a todos, se paró.

"¿Qué pasó?"

Luz le mostró todo. El café en la carpeta, el drive, la cuenta falsa.

Valdez se puso blanco. No de miedo. De bronca. Una bronca contenida, de adulto.

"¿Esto está pasando en mi comisión?", preguntó, en voz baja.

"Sí, profesor. Y no es la primera vez que lo hacen", dijo Santi.

Valdez respiró hondo. Se sentó. Me miró.

"Elena, ¿usted quiere hacer la denuncia formal? Yo la acompaño a Secretaría Académica. Esto es una falta gravísima. Es violencia de género y acoso académico. Pueden llegar a suspenderlos".

Yo temblaba. Toda mi vida me habían dicho que si denunciaba era una buchona. Que si decía algo, era peor.

Pero miré a mis amigos. A los que sobraban. Que estaban ahí, parados, por mí.

"Sí", dije. "Quiero hacerla".

Valdez asintió. Y por primera vez, no me miró como profesor que mira a alumna. Me miró como un abogado que mira a otra abogada.

"Entonces vamos a defenderte. Como se debe".

Al día siguiente, presentamos la denuncia. Con pruebas, con testigos, con todo. La facultad, por primera vez en años, tuvo que activar el protocolo contra la violencia.

A Camila y a Marcos los citaron. Les suspendieron el acceso al campus por treinta días y les pusieron una sanción en el legajo. No era mucho. Pero era algo. Era la primera vez que alguien les decía: hasta acá.

Camila me mandó un audio de cuatro minutos llorando, diciendo que no había sido ella, que había sido Marcos, que ella solo le había pasado la foto. No lo escuché entero. Lo borré.

No porque no me importara. Sino porque por primera vez entendí que su perdón no me servía. Yo no necesitaba que ella me pida perdón. Necesitaba que me deje en paz.

El día que volvimos a cursar, después de la denuncia, nadie nos dejó de lado en la biblioteca. Al contrario. Tres chicas de primer año se nos acercaron.

"¿Podemos sentarnos con ustedes? Nos dijeron que ustedes son las que se bancan".

Luz les hizo lugar, como una vez nos hicieron a nosotros.

"Bienvenidas al grupo de las que sobran", dijo. "Acá sobra lugar".

Y esa tarde, cuando salí de la facultad, Valdez me estaba esperando en la puerta, con dos cafés de los buenos, no de la máquina fea.

"¿Uno? Para festejar que sigue acá".

Lo agarré. Nuestras manos se rozaron. Un segundo.

"Gracias por defenderme, profesor".

"No, Elena. Gracias a vos por enseñarme a mí cómo se defiende alguien que tiene miedo. Me recordaste por qué quise ser abogado".

Y nos quedamos ahí, tomando café en la vereda de la facultad, con el ruido de Rosario de fondo.

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