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Volver A Vivir No Está Mal

Volver A Vivir No Está Mal

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Venganza
Popularitas:5.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Yinet Leonor

Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.

NovelToon tiene autorización de Yinet Leonor para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El último respiro

El monitor cardiaco marcaba sesenta y ocho pulsaciones por minuto. Noelia Pérez conocía ese número mejor que su propia fecha de nacimiento. Sesenta y ocho. Ni muy alto ni muy bajo. La cifra exacta que le permitía seguir existiendo en esa habitación blanca que olía a alcohol y a muerte contenida. Había aprendido a leer los sonidos del hospital como quien descifra un idioma extranjero. El silbido intermitente del oxígeno. Los pasos apresurados de las enfermeras cuando alguien en el ala oeste se apagaba para siempre. El carrito de la comida que siempre llegaba tarde, con bandejas de puré verde y gelatina sin sabor, pero su sonido favorito, el que la mantenía anclada a este mundo, era el del televisor encendido.

-¡Y el ucraniano se lleva la medalla de oro en patinaje artístico! -exclamó el locutor con una emoción que Noelia ya no podía sentir.

La pantalla mostraba a un hombre joven, esbelto, girando sobre el hielo como si el mundo no tuviera gravedad. Noelia sonrió. En su juventud, en aquel pueblo perdido de la sierra donde el invierno llegaba a morder los huesos, ella también había patinado. No sobre hielo pulido, sino sobre lagunas congeladas que crujían bajo sus pies. No con vestidos de lentejuelas, sino con el abrigo de lana que su madre le había tejido y que le llegaba hasta las rodillas. Sesenta y ocho.

-¿Lo ves, hijo? -murmuró hacia la puerta vacía. - Eso solía hacer tu madre cuando tenía esa edad.

Nadie respondió. Como casi siempre. Su hijo, Miguel, había venido el domingo pasado. Había estado exactamente veintitrés minutos. Noelia lo sabía porque había contado cada segundo mientras él miraba su teléfono, asentía con la cabeza y repetía frases como "los médicos dicen que estás mejor" y "los niños tienen exámenes". Sus nietos, esos dos adolescentes que apenas recordaban su rostro, brillaban por su ausencia como estrellas apagadas, pero Noelia los justificaba. Siempre los justificaba. Son jóvenes, pensaba. Tienen su propia vida. ¿Qué interés pueden tener en una vieja que apenas si puede sostener una cuchara?

El patinador ucraniano completó su rutina con un salto cuádruple que hizo que el público estallara en aplausos. Noelia sintió una punzada en el pecho. No era dolor, no exactamente. Era más bien un recordatorio, un susurro de su corazón diciéndole que su tiempo en este mundo se medía en latidos cada vez más escasos.

-¡Qué hermoso!

Susurró y sus dedos arrugados trazaron un círculo en el aire, imitando el movimiento del patinador. Entonces ocurrió. El locutor comenzó a hablar de la siguiente competidora, una rusa de diecisiete años que prometía revolucionar el deporte, pero Noelia ya no escuchaba. El mundo se volvió borroso, como si alguien hubiera frotado la pantalla de su realidad con un trapo mojado. Sintió que su corazón se expandía en su pecho, crecía, se hinchaba como un globo a punto de estallar. Sesenta y ocho... sesenta y nueve... setenta y... El número se borró y Noelia Pérez dejó de existir en esa habitación blanca que olía a alcohol, sin un alma a su lado.

El frío fue lo primero. No el frío regulado del hospital, ese frío artificial que salía de los conductos de ventilación, sino un frío verdadero, un frío que mordía. Que se colaba por las rendijas de una ventana que no existía en su habitación. Noelia abrió los ojos y todo su mundo se desmoronó. El techo era de madera. Tablones podridos que dejaban ver la luz del día filtrándose a través de las grietas. No había techo falso, ni luces fluorescentes, no había monitor cardiaco. ¿Dónde estaba el pitido constante que la había acompañado durante los últimos dos años? ¿Dónde estaban sus pastillas? ¿Dónde estaba esa enfermera de nombre impronunciable que siempre le decía "buenos días, doña Noelia" con una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos?

Se incorporó lentamente, esperando la punzada en el pecho, el mareo, la sensación de que su corazón se estaba ahogando en un mar de grasa y arterias obstruidas. Esperó el dolor. No llegó. Tomó aire. No el aire filtrado de un tanque de oxígeno, sino aire verdadero. Aire de montaña, aire de invierno, aire que olía a madera quemada y a tierra congelada. Sintió cómo entraba en sus pulmones, cómo se expandían sin esfuerzo, cómo la vida se filtraba en cada uno de sus alvéolos como si nunca hubiera estado a punto de morir.

-¿Qué...? -su voz sonó extraña.

No era su voz. Era más joven, más firme, con un dejo que no reconocía. Miró sus manos. No eran sus manos. No estaban tan arrugadas, no estaban manchadas de pecas oscuras ni cruzadas por venas azuladas como mapas de ríos. Eran manos más jóvenes. Manos que podían sostenerse sin temblar. Manos que no conocían el dolor de la artritis. Noelia Pérez se rió. Fue una risa loca, histérica, que resonó en la choza de madera como el grito de alguien que acaba de encontrar un tesoro enterrado. Se levantó del camastro maltrecho. Se puso de pie. Sin ayuda. Sin el andador que la había acompañado los últimos tres años. Sin que su rodilla izquierda crujiera como madera vieja. Sin que el mundo se tambaleara a su alrededor.

-¡Estoy viva! -gritó y su voz se quebró. -¡Estoy viva!

Caminó. Dio tres pasos, cuatro, cinco. Sus piernas respondían con una obediencia que no recordaba. Era como aprender a caminar de nuevo, pero al revés, como si alguien le hubiera devuelto un cuerpo que había perdido hacía décadas. Buscó un espejo. Necesitaba ver, necesitaba confirmar. ¿Quién era? ¿Qué era? Sus recuerdos estaban intactos. Recordaba a Miguel, recordaba a sus nietos, recordaba el hospital, recordaba al patinador ucraniano, pero su cuerpo... Ese no lo recordaba, pero sabía que no era el suyo. ¿Era otro? ¿Pero cómo? ¿Por qué?

No encontró el espejo. No había ninguno en aquella choza y entonces, mientras su alegría comenzaba a desinflarse como un globo que pierde aire, Noelia miró a su alrededor y vio por primera vez su entorno. La choza era la más humilde que había visto en sus ochenta y nueve años de vida. El camastro era una tabla con un jergón tan delgado que casi se podía ver la madera a través de la tela. No había sábanas, solo una manta raída que olía a humedad. Las paredes eran de madera sin tratar, con nudos y grietas por donde se colaba el viento. El suelo era tierra apisonada. No había electricidad, no había agua corriente. Una estufa de hierro oxidado ocupaba una esquina, fría y vacía. No había leña. No había comida. No había nada.

La alegría de Noelia se convirtió en un nudo en su garganta. Un nudo que no era físico, no era el infarto que la había matado en aquella habitación de hospital, sino algo más profundo. Un miedo que no conocía, un miedo que no podía nombrar ¿Dónde estoy? ¿Qué soy? Pensó. Se sentó en el camastro y la madera crujió bajo su peso. No era su peso. No era su cuerpo. Pero era ella. Los recuerdos estaban ahí, intactos. Recordaba el sabor del puré de verduras que le daban en el hospital. Recordaba la última vez que Miguel la había visitado, su mirada incómoda, sus dedos jugando con el teléfono. Sus mal disfrazadas ganas de que ella ya dejara de respirar, de ser un compromiso, un obstáculo desagradable e inconveniente. Recordaba a su esposo, muerto hacía veinte años y cómo se reía cuando ella patinaba sobre el hielo y caía de nalgas. Recordaba todo y también recordaba el momento exacto en que su corazón había explotado.

-¿Estoy muerta? ¿Estoy viva? -susurró al vacío de la choza.

El viento silbó a través de las grietas y en ese silbido Noelia creyó escuchar una respuesta que no pudo entender. Se levantó de nuevo. La desesperación comenzaba a picar en sus extremidades, una hormiga inquieta que subía por su espalda. Abrió la puerta de la choza. La madera cedió con un gemido. El mundo que se abrió ante ella la dejó sin aliento. Montañas. Montañas cubiertas de nieve que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El cielo era de un azul tan intenso que casi dolía mirarlo. El sol brillaba pero no calentaba; el frío era profundo, puro, el frío de los lugares donde la vida solo existe para aquellos que son lo suficientemente fuertes para soportarlo y entonces supo. No era el hospital. No era su ciudad. No era su país. Aquel lugar, con sus montañas y su nieve y su aire cristalino, era el paisaje de su infancia. El pueblo donde había aprendido a patinar. El pueblo que había abandonado hacía sesenta años y al que nunca había regresado.

-Imposible. -susurró.

Pero allí estaba. La montaña que se alzaba al este, la que su padre llamaba "La Dama Dormida". El bosque de pinos que bordeaba el valle. El río que debía estar congelado en esta época del año, listo para ser surcado por patines improvisados y entonces lo entendió. O creyó entenderlo. No era su cuerpo. No era su tiempo, pero era su lugar. La primera lágrima rodó por su mejilla. No era una lágrima de tristeza. Era una lágrima de confusión, de asombro, de una felicidad tan abrumadora que no podía contenerla. Noelia Pérez, la anciana del hospital, la madre olvidada, la abuela ausente, estaba de pie en medio de la nada, con un cuerpo que no le dolía, con pulmones que no se ahogaban, con un corazón que latía fuerte y libre.

-Gracias. -dijo al cielo, aunque no sabía a quién se lo agradecía.

El viento respondió con un aullido que parecía venir de muy lejos. Un aullido que era a la vez un aviso y una bienvenida. Noelia cerró la puerta de la choza y volvió a sentarse en el camastro. Tenía frío. Tenía hambre. Tenía miedo, pero por primera vez en dos años, estaba viva y mientras el sol se ocultaba detrás de las montañas y la temperatura comenzaba a descender hasta niveles que cualquier otro cuerpo no podría soportar, Noelia Pérez supo que aquello no era un sueño. Era su segunda oportunidad y no iba a desperdiciarla.

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Elisa Patico
aaaaaa por que Megan es tan comprensiva 😭 quiero no quererla y le guardo un poco de resentimiento porque yo quería un Andrés x Lian, osea yo sé que no es su culpa y no ha hecho nada malo, pero aaaaaaaaa no lo puedo evitar. Sé que ella no se metió entre ellos dos ni nada, pero aaaaaaaaaaaaa, es tan confuso lo que siento, culpo a la autora 😖
Yinet Leonor: 🤣🤣🤣🤣Culpa aceptada, pero me conoces todos mis finales son felices.🤷
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Elisa Patico
ya lo ves, la vida es así, tu te vas y yo me quedo aquí 🎶😭
Yinet Leonor: Así es. Todas las despedidas duelen.
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Elisa Patico
es que por queeeeee 😞 si se por que pero por queeeeee 😭
Yinet Leonor: Veremos cuánto crece este chico.😊
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Warriorgame
Es por esto que debía aceptar voluntariamente en vez de lo que pasó. No cualquiera soporta eso.
Yinet Leonor: Así es. Ser atleta de alto rendimiento conlleva sacrificios a niveles que los espectadores nunca ven.🤷
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Warriorgame
La verdad, debieron preguntarle primero.
Yinet Leonor: Sí, por suerte a Lían le gusta lo suficientemente como para no resentir esa decisión de los adultos 😊
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Elisa Patico
Cada vez que leo sobre Andrés, me duele un poquito. Gracias a Dios nunca me ha pasado lo de él, de amar a alguien en silencio, desde la distancia y ver cómo es feliz con alguien más, pero si he tenido desamores y si eso ya duele, no me imagino lo que vive él. Ojalá pueda encontrar a alguien que lo ame de la misma manera, con quién no se tenga que esconder y que lo acepte tal y como es ❤️ de pronto en la universidad?
Yinet Leonor: Paciencia 🤣🤣🤣🤣🤣
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Marita Peña
YA LO ENTENDERAN
Yinet Leonor: Claro que sí. Cuando crezcan.
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Marita Peña
EXACTO SON AMORES DIFERENTES
Yinet Leonor: Exactamente y el corazón tiene capacidad ilimitada para amar.
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Marita Peña
ES COMPLEJO SON ADOLESCENTES Y ESTAN CELOSOS HASTA CAPITAN ESTA CELOSO
Yinet Leonor: Así es, los dos han sufrido traumas y ven en Noelia su personas segura.😊
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Marita Peña
CAPITAN ES BRAVO 🤣🤣🤣
Yinet Leonor: 🤣🤣🤣🤣🤣Sí y muy territorial🤣🤣🤣🤣🤣
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Warriorgame
Ya dijo que no lo hará. No parece que tenga malas intenciones.
Yinet Leonor: A esa edad la seguridad es muy importante. Naturalmente los temores salen a flor de piel.🤷
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Elisa Patico
son cosas que van a ir comprendiendo con el tiempo, a medida que crecen y van madurando
Yinet Leonor: Claro.🤷
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Elisa Patico
jajajajaja vaya forma de romper el hielo
Yinet Leonor: Es un hombre con sentido del humor 🤣🤣🤣
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Aniramairos
Es increíble que muchos piensen (no solo los adolescentes), que si ya pasas de cierta edad no puedes amar, tener emociones o lo peor, tener relaciones sexuales, lo que yo puedo decirle a las personas que piensan así es que se ocupen de sus vidas y dejen ser feliz a los demás 🤭.
Yinet Leonor: Exactamente porque el amor no tiene edad 😊
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Aniramairos
En las cosas del amor es normal sentir nervios y mariposas en el estómago, sin importar la edad que tengas 🤭.
Yinet Leonor: Así mismo 😊
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Elisa Patico
pequeños bribones 🤣 y que harán cuando se vayan a la universidad? o formen su propia familia? 🤣 ella más que nadie tiene derecho a volver a darse un chance en el amor, ustedes no siempre van a estar ahí, tarde o temprano se irán y haran su propia vida
Yinet Leonor: Totalmente de acuerdo, pero quién se lo explica a dos adolescentes inseguros 🤣🤣🤣🤣
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Warriorgame
Espero que no busquen enfermarse intencionalmente pensando en que pueden tomar medicinas y que sólo sea una frase romántica.
Yinet Leonor: No, claro que no piensa en enfermar. Solo quiere dejar claro sin romanticismo que estar a su lado implica apreciar cada instante de la vida más allá del pensamiento convencional.
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Elisa Patico
para que periódico 🤣 para que redes sociales 🤣 si te puedes enterar más rápido con Amparo
Yinet Leonor: 🤣🤣🤣🤣🤣 Así mismo. Tiene alma de periodista 🤣🤣🤣🤣🤣
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Warriorgame
Pues con cincuenta ya no es tan joven. Si quiere iniciar algo, que no se demore.
Yinet Leonor: No al contrario con esa edad se valoran las cosas importantes y la prisa se destierra de la lógica.🤷
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Elisa Patico
siempre, sin importar la edad, deberías buscar a alguien con quien compartir la vida, cualquiera te la puede cambiar, pero no cualquiera esta dispuesto a caminar a contigo a tu lado
Yinet Leonor: Así es y un poco de soledad no hace mal, pero mucha nos mata el alma
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