Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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CAPÍTULO 18: Tensión en el umbral
Aria guardó el teléfono satelital en el fondo del tanque, colocó la tapa de cerámica con un movimiento milimétrico para no hacer ruido y se aseguró de que no quedara una sola gota de agua ni huella delatadora sobre la superficie. Se miró al espejo, se alisó el vestido de seda y abrió la puerta del baño con la cabeza en alto, luciendo la serenidad de una mujer sin un solo secreto.
Sin embargo, al cruzar el pasillo e ingresar a su oficina privada, la calma fingida estuvo a punto de resquebrajarse.
Dante estaba allí.
Apoyado contra el borde de su escritorio de madera, vestía un traje oscuro impecable, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. La luz de la tarde iluminaba sus facciones marcadas y sus ojos grises, que se clavaron en ella con una intensidad que casi se sentía física. El jefe de escoltas que custodiaba la entrada dio un paso atrás y cerró la puerta, dejándolos completamente solos.
Aria no se acobardó. Cerró la puerta de la oficina tras de sí y cruzó los brazos, soltando una risa corta llena de sarcasmo.
—¿Acaso no tienes nada mejor que hacer además de estar pendiente de mis faldas? —escupió ella con voz helada—. ¿Tu imperio se maneja solo o es que ahora tu única ocupación es ser mi sombra?
Dante no se movió. La escudriñó de arriba abajo, deteniéndose en el ligero rubor de sus mejillas y en la postura desafiante que ella adoptaba siempre que lo tenía cerca.
—¿Te gusta ponerme al límite, Aria? ¿No? —preguntó él en un tono bajo, rasposo y cargado de una frustración peligrosa.
Aria alzó la barbilla, sosteniéndole la mirada con absoluta indiferencia.
—No sé de qué hablas.
Dante soltó una risa amarga y dio un paso lento hacia ella, acortando la distancia.
—¿No tienes nada más que decir que no sea "no sé de qué hablas"? —ironizó él, inclinándose levemente—. Llevas dos semanas usando la misma frase cada vez que te descubro una jugada.
—¿Qué haces aquí, Dante? —exigió ella, dando un paso decidido hacia él para encararlo—. ¿Qué quieres? ¿No puedo tener ni un solo respiro sin que aparezcas a controlar lo que respiro? Esto es un restaurante, mi lugar de trabajo, no tu sala de interrogatorios.
—Este es el lugar donde te me escapaste la última vez —corrigió él, deteniéndose a escasos centímetros de su rostro—. Vine a asegurarme personalmente de que no estuvieras planeando otro acto de magia.
—Pues ya me viste. Estoy aquí, trabajando, como prometí —contraatacó Aria, sintiendo el calor del cuerpo de Dante envolverla por completo—. Así que ya puedes volverte a tu mansión a seguir jugando al tirano.
La discusión escaló en segundos. Las palabras volaban entre los dos como dardos envenenados: reproches sobre el encierro, acusaciones sobre el contrato, desafíos a la autoridad del otro. Ninguno cedía un solo milímetro. La fricción, la rabia contenida y la necesidad mutua de doblegar al rival convirtieron la atmósfera de la oficina en una tormenta eléctrica a punto de estallar.
—Ese es tu problema, Aria —murmuró Dante con la voz gruesa, dando un paso más hasta arrinconarla suavemente contra la puerta cerrada—. Crees que puedes desafiarme, provocarme y luego pretender que no pasa nada.
—Yo no te provoco, Volkov —susurró ella, con la respiración agitada y los ojos fijos en sus labios a pesar de la rabia que sentía—. Eres tú el que no soporta que una mujer no se arrodille ante ti.
—Quizá no quiero que te arrodilles —espetó él, llevando una mano a la cintura de ella y tirando de su cuerpo hacia el suyo con una fuerza inquebrantable—. Quizá lo único que quiero es quitarte esa maldita sonrisa de superioridad.
—Inténtalo —retó ella en un aliento.
Dante no esperó más.
Atrapó sus labios en un beso voraz, violento y sofocante. No hubo espacio para la dulzura ni la vacilación; fue una colisión pura de rabia, atracción y deseo reprimido durante semanas. La mano de Dante se enredó en el cabello de Aria, sujetándola con firmeza, mientras la otra la presionaba contra su pecho para no dejar aire entre los dos.
Aria ahogó un gemido contra su boca. Intentó mantener la cordura, recordarse a sí misma que este hombre era su carcelero y su enemigo en los negocios, pero la corriente eléctrica que la recorrió de pies a cabeza fue insoportable. En lugar de empujarlo, sus dedos se enterraron instintivamente en la solapa del saco de Dante, devolviéndole el beso con la misma furia y pasión contenida.
El mundo exterior, la guardia en el pasillo, los secretos de la terminal y los teléfonos ocultos desaparecieron por unos segundos en el calor abrasador de la oficina, consumidos por un fuego que ninguno de los dos podía seguir negando.