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Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Status: En proceso
Genre:Romance paranormal / Romance / Vampiro
Popularitas:484
Nilai: 5
nombre de autor: Liz Eliana Cera

Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.

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T3 Capítulo 17- El regreso a casa

—Eso no es cierto, Elena —replicó Melissa de inmediato, manteniendo la voz firme a pesar de la acusación.

—¡Claro que lo es! —insistió Elena, dando un paso al frente con una sonrisa de suficiencia—. Puede que logres engañar a mi padre y a mi hermano, pero a mí no. Yo sé perfectamente que estás ocultando algo sobre mi hermana, algo que no te atreves a decirles en la cara.

Ignacio, cansado de las discusiones y con el corazón roto por las noticias, intervino con tono severo:

—Elena, ya basta. Deja en paz a Melissa.

—¡Papá, lo que estoy diciendo es la pura verdad! —exclamó la joven, frustrada al ver que no le creían—. Estoy segura de que esta vampira no les está contando toda la verdad sobre mi hermana. Algo se trae entre manos.

Las palabras de Elena finalmente hicieron eco en la habitación. Diego guardó silencio por un segundo, mirando a su novia con una ligera sombra de duda en los ojos.

—Melissa... ¿de verdad no nos estás ocultando nada? —preguntó en voz baja.

Melissa sostuvo la mirada de Diego, tragando saliva para ocultar los nervios que amenazaban con traicionarla.

—No, Diego... Te he dicho todo lo que sé —mintió, obligándose a forzar una expresión de total sinceridad.

Elena soltó una carcajada amarga, cruzándose de brazos.

—Por favor... No serás tan tonto como para creerle a una de sus criaturas, hermanito.

—Confío en ella muchísimo más que en ti, Elena —sentenció Diego, fulminándola con la mirada—. Tú lo único que sabes hacer en esta casa es destilar veneno.

Elena apretó los puños y la mandíbula, con el rostro encendido de rabia al verse ignorada y despreciada por su propio hermano.

Mientras la tensión familiar estallaba en la sala, Melissa bajó la vista, sintiendo cómo la culpa le oprimía el pecho. Su mente era un torbellino de preocupación mientras recordaba la promesa que le había hecho a su amiga en Alaska.

«Perdóname por mentirte, Diego...», suplicó Melissa en el silencio de sus pensamientos. «No puedo decirte que tu hermana ya se casó con Adam. Bibiana me rogó que no les contara nada todavía... Ella quiere decírselos en persona cuando regrese».

El viento gélido del pueblo finlandés les dio la bienvenida, pero el verdadero frío estaba en el corazón de Bibiana mientras caminaban tomados de la mano por las calles adoquinadas. Estar de vuelta en el pueblo; solo revivía la amargura de la verdad. Se detuvo en una esquina y miró a su esposo, tragándose el nudo que se le formaba en la garganta.

—Mi amor, voy a ir ahora mismo a la casa de mi familia —anunció, intentando mantener la voz firme.

Adam la observó con evidente preocupación, conociendo el tormento que ella cargaba desde que Marcelo le reveló el oscuro secreto.

—¿Quieres que te acompañe? No tienes que hacer esto sola.

—No, es mejor que vaya sola esta vez —respondió ella, forzando una débil sonrisa para tranquilizarlo—. Necesito verlos a la cara. Necesito que me miren a los ojos sabiendo que ya lo sé todo. Espérame en nuestra cabaña, ¿sí?

Adam la miró con absoluta devoción, comprendiendo que este era un dolor que ella debía cerrar por su cuenta.

—Está bien, no te demores tanto.

—No te preocupes, no demorare—prometió Bibiana.

Se unieron en un tierno beso de despedida. Para Bibiana, los labios de Adam eran su único refugio seguro en el mundo. Al separarse, se dio la vuelta y caminó hacia la casa de los Anderson, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada.

La decepción le carcomía el alma. Aún le costaba asimilar que su propio padre hubiera sido capaz de venderla al líder de los Soler como si fuera una mercancía. Pero lo que más le dolía, lo que realmente le partía el pecho, era la traición de sus hermanos. Diego y Elena habían sabido la verdad todo este tiempo y prefirieron callar, dejándola a merced de los vampiros sin mover un dedo para advertirle.

Mientras ella avanzaba decidida a confrontar su pasado, Adam la contempló hasta que se perdió de vista. Con el maletín de su abuela en la mano y la mente fija en proteger a su nueva esposa de cualquier peligro, se giró hacia las afueras del pueblo y se adentró en la espesura del bosque, buscando el camino hacia su cabaña.

En la sala de los Anderson, la tormenta provocada por Elena parecía haber amainado un poco. Diego tomó las manos de su novia, mirándola con sincera gratitud.

—Gracias por traernos noticias de mi hermana, Meli —dijo, soltando un suspiro de alivio.

—Lo hice con todo el gusto del mundo, Diego —respondió Melissa, forzando una sonrisa afectuosa mientras acariciaba su mejilla, intentando ocultar el peso de su mentira.

—Ojalá las cosas cambien... Ojalá volvamos a ver a mi hermana pronto.

—La van a volver a ver, estoy segura —lo consoló ella, tratando de transmitirle una seguridad que rozaba la profecía—. En cualquier momento, Bibi estará aquí con ustedes.

Diego la miró con curiosidad, arqueando una ceja.

—¿Cómo puedes estar tan segura de eso?

—Algo dentro de mí me lo dice —murmuró la vampiresa. Sintiendo que la culpa la carcomía y que el ambiente seguía enrarecido, dio un paso sutil hacia atrás—. Creo que ya tengo que irme, Diego.

—¿Por qué quieres irte tan pronto, Meli? Quédate un poco más.

—Tu hermana Elena me odia demasiado, puedo verlo claramente en su corazón —explicó Melissa, bajando la voz—. Además, lo último que quiero es causarte más problemas con tu familia.

Diego negó con la cabeza, frustrado y decepcionado por la actitud de su propia sangre.

—No sé qué le está pasando a Elena... Se ha vuelto una persona tan venenosa de un tiempo para acá.

—Tiene una envidia profunda hacia Bibiana —sentenció Melissa, desvelando la cruda realidad—. Y esa envidia la está llenando de odio por dentro.

—Me cuesta tanto creer eso de ella... —admitió el joven, bajando la mirada.

De repente, el sonido firme de unos golpes en la puerta principal interrumpió la conversación, resonando con fuerza en la casa.

—Están tocando la puerta, Diego —indicó Melissa, poniéndose alerta.

—Ya voy a abrir. Espérame aquí, no tardo —dijo él, girándose rápidamente para caminar hacia el vestíbulo.

En cuanto se quedó sola en la sala, Melissa se llevó una mano al pecho, sintiendo que el remordimiento le asfixiaba el aire.

—Dios mío... me siento muy mal por mentirle a Diego de esta manera —susurró para sí misma, mirando al techo con profunda preocupación.

Mientras tanto, Diego llegó a la entrada y giró el pomo con entusiasmo.

—¿Quién...? —Su voz se cortó a la mitad en cuanto la puerta se abrió por completo.

Al otro lado del umbral, cubierta por el frío del pueblo, se encontraba la figura que tanto habían extrañado.

—Hola, hermanito —saludó la recién llegada con una voz extrañamente gélida.

—¡¿Bibi?! —exclamó Diego, con el rostro iluminado por una felicidad desbordante, amagando con lanzarse a abrazarla.

Sin embargo, sus brazos se quedaron a medio camino. Bibiana no sonrió. No se movió. Se limitó a sostenerle la mirada, con una expresión seria, distante y cargada de una decepción tan profunda que congeló la alegría de su hermano en un instante.

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