Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.
La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.
Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.
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Capítulo 2. El accidente
Cuando el auto de Adrián ya se había perdido de vista, Renata seguía inmóvil, apretando contra el pecho la caja con la prueba de embarazo. Todavía no se le habían secado las lágrimas cuando una voz chillona y áspera rompió de golpe el silencio del comedor.
—¡Oye! ¿Hasta cuándo piensas quedarte ahí parada como una estatua?
Renata se sobresaltó. Al girarse, encontró a Yolanda, el ama de llaves de la casa, de pie con las manos en la cintura y una mueca de absoluto desprecio.
—¡Recoge esta mesa! ¡Los platos del desayuno de la señora y de la niña Priscila siguen ahí, hechos un desastre! —ordenó, señalando la mesa con la barbilla de la manera más grosera.
Renata se secó las lágrimas con el dorso de la mano, tratando de conservar el poco amor propio que le quedaba.
—Esa es tarea suya y del resto del personal. ¿Por qué me lo ordena a mí? Yo soy...
—¿Tú eres qué? —la cortó Yolanda con brutalidad—. ¿Vas a decir que eres la esposa del señor Adrián? ¡Ni lo sueñes! ¡Si hasta él prefirió llevar a la niña Priscila al hospital antes que mirarte a ti! ¡Ubícate, que hasta la señora te considera un parásito que solo estorba en esta casa!
Renata abrió los ojos de par en par. El corazón le retumbaba conteniendo la rabia que empezaba a desbordarse.
—¡Cuide esa boca! —le respondió, tratando de plantarle cara—. ¡Pase lo que pase, soy la nuera de esta casa! ¡Soy la esposa legítima de Adrián! ¡Usted no tiene ningún derecho a gritarme!
Lejos de asustarse, Yolanda soltó una risa sarcástica, burlona y soberbia. La mujer, ya entrada en años, dio un paso adelante y la repasó de pies a cabeza con una mirada de asco, como si fuera ella la dueña de la casa.
—¡Una esposa legítima a la que nadie toma en cuenta es lo mismo que una sirvienta gratis! ¡Ya, cállate la boca! La señora dejó órdenes antes de irse a su reunión: hoy tienes que trapear todo el primer piso. ¡Que no quede ni una mota de polvo!
Renata la miró, incrédula.
—¡El primer piso es enorme! Y yo no me siento bien —dijo débilmente. Por instinto se llevó la mano al vientre, pensando en la pequeña vida que acababa de germinar en él. No podía hacer un trabajo tan pesado ese día.
—¡Bah, puras excusas! ¡No te hagas la enferma! Y cuando termines de trapear, tienes la montaña de ropa sucia esperándote en el canasto de atrás. ¡La lavas toda, bien lavada! —ordenó Yolanda a su antojo.
—La lavo en la lavadora más tarde —respondió Renata, sin fuerzas ya para discutir.
—¡Ni se te ocurra! —Yolanda estrelló una servilleta sucia contra la mesa con un golpe seco—. ¡La señora te tiene prohibido usar la lavadora! ¡Esa máquina es solo para la ropa de seda de la señora y las camisas caras del señor Adrián! El resto de la ropa sucia, incluidos los trapos, los tallas a mano en el piso del baño. ¿Entendido?
A Renata se le cortó la respiración en la garganta. ¿Lavar una pila de ropa sucia a mano? ¿Restregar y tallar en un piso encharcado, con el vientre acalambrado y el cuerpo revuelto de náuseas?
—Pero de verdad no voy a aguantar si lavo todo a mano. Se lo ruego, solo por esta vez. —Renata empezó a suplicar, con la voz ronca de tanto contener el llanto.
—¡Ese es tu problema! ¿Quién te manda venir a vivir de arrimada? —siseó Yolanda, cortante, sin una pizca de compasión.
Y con total brutalidad, le dio una patada al balde de agua sucia que estaba a los pies de Renata, salpicándole con agua a desinfectante el borde de la bata.
—¡Apúrate! ¡Si el señor Adrián vuelve y la casa no está reluciente, yo misma te acuso con la señora para que te echen a la calle! —la amenazó.
El ama de llaves se marchó como si nada, dejando a Renata, que poco a poco se fue deslizando hasta caer sobre el piso frío. Sus defensas se derrumbaron de golpe. Las lágrimas que hasta entonces había contenido se desbordaron sin freno.
Con las dos manos temblando, Renata se abrazó el vientre con fuerza. Protegía a la criatura diminuta que nada sabía de todo aquello, mientras lloraba a lágrima viva, lamentando una suerte que ni siquiera valía más que la de una sirvienta en la casa de su propio marido.
* * *
Siete de la tarde.
Un mesero de uniforme impecable se acercó a su mesa con una sonrisa amable y le tendió la carta de tapa de cuero grueso.
—Disculpe, señora. ¿Desea ordenar la cena ya? Lleva bastante rato esperando —ofreció con cortesía.
Renata sonrió con incomodidad y negó despacio con la cabeza.
—Más tarde, gracias. Mi esposo debe seguir en camino, atrapado en el tráfico. Por ahora tráigame solo un vaso de agua tibia, por favor.
—Enseguida, señora.
El tiempo siguió pasando. El restaurante, antes lleno, fue quedándose vacío a medida que los clientes se marchaban.
Para las diez de la noche, Renata seguía sentada en la misma silla. El estómago le rugía de hambre porque no había comido desde el mediodía, la cabeza le daba vueltas, pero sus ojos no se despegaban de la pantalla del celular encendido sobre la mesa.
Con la mano temblando por el frío del aire acondicionado, se llevó el teléfono al oído.
«El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de cobertura...».
La voz de la operadora automática se repetía como un casete rayado desde hacía una hora.
—¿Dónde estás, amor? —susurró Renata con los ojos vidriosos—. Dijiste que ibas a intentar venir. Solo un ratito. Solo quiero darte una noticia.
El mesero de antes volvió a acercarse, esta vez con cara de apuro.
—Perdone, señora. Estamos por cerrar en un momento. ¿Desea ordenar algo rápido?
Renata se apresuró a limpiarse la lágrima que le rodó por la mejilla. Levantó la vista y forzó una sonrisa.
—No hace falta, gracias. Tráigame la cuenta, solo del agua. Mi esposo seguro se olvidó y ya se quedó dormido en casa. Disculpe por haber ocupado la mesa tanto tiempo.
Después de pagar, Renata salió del restaurante con paso cansino. El aire de la noche, todavía húmedo de lluvia, se le clavó en la piel hasta los huesos.
La decepción y un dolor sordo se le extendieron por dentro, estrujándole el pecho sin clemencia. Pero ¿qué más podía hacer?
Renata intentó tragarse esa amargura de un solo bocado. Se acarició el vientre, oculto bajo el vestido.
—No pasa nada, mi amor. Tu papá seguro está agotado del trabajo y de cuidar a la tía Priscila. Mejor nos vamos a casa, ¿sí? Allá te doy la sorpresa. Tu papá se va a llevar un buen susto. —Renata se consolaba a sí misma, aunque la voz le salía desesperada y temblorosa.
Se paró en la acera, esperando que el semáforo para peatones se pusiera en verde. La calle lucía desierta esa noche. En cuanto la señal de cruce se encendió, empezó a caminar sobre el paso de cebra. Con las manos apretaba el bolso contra el cuerpo, protegiendo el regalo para su marido que llevaba dentro.
Pero apenas había llegado al centro de la calle, unas luces altas la encandilaron de golpe desde la derecha. Un sedán negro avanzaba a una velocidad demencial, ignorando el semáforo en rojo.
Renata abrió los ojos de par en par. El corazón se le detuvo. Las piernas se le agarrotaron, clavadas al asfalto como si la tierra la sujetara. Estaba demasiado en shock siquiera para correr.
—¡Aaaaah! —gritó con todas sus fuerzas, alzando las dos manos para cubrirse la cara.
¡Pum!
El estruendo del impacto fue ensordecedor. El cuerpo menudo de Renata salió despedido varios metros y se estrelló contra el pavimento.
El auto negro no frenó en ningún momento. En lugar de detenerse a auxiliarla, el conductor pisó el acelerador a fondo y se esfumó, tragado por la oscuridad de la noche.
Renata quedó tendida, sin fuerzas. La cabeza le zumbaba, la vista se le nublaba. Un hilo de sangre fresca le corría por la frente. El bolso que abrazaba se le soltó, y la caja azul salió disparada y se abrió. Un par de calcetincitos de bebé y la prueba de embarazo con las dos líneas rojas quedaron desparramados, bañados en sangre, sobre el asfalto helado.
En medio de una conciencia cada vez más tenue, la mano temblorosa de Renata reptó hasta su vientre, que ahora se retorcía en un calambre atroz. Un dolor que jamás había imaginado le devoraba el cuerpo.
—Adrián... Ayúdame... nuestro... bebé...
La respiración de Renata se cortó, y el mundo a su alrededor se hundió en la más completa oscuridad.