Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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EL VACÍO EN EL ALMA.
Pero no solo ellos. Caelan y Layla, la pareja que había vencido a la muerte, eran iguales o peores en su entrega. Su amor era una leyenda, sí, pero su pasión era un secreto a voces que todos conocían. Layla, la Princesa Guerrera, la mujer que empuñaba la espada con más fuerza que cualquier soldado, se convertía en una gata en celo cuando estaba con su esposo. Y Caelan, el Rey de Velarion, el hombre de luz y magia, se transformaba en un depredador hambriento cada vez que sus ojos se posaban en ella.
Amir recordaba muy bien una noche de verano, en el jardín, bajo la luz de la luna. Él estaba de guardia, vigilando los alrededores, cuando vio a su hermana y a su cuñado cerca de la fuente. Layla vestía una túnica ligera, fina y transparente que dejaba ver la silueta de su cuerpo perfecto, y Caelan no podía apartar las manos de ella. La había empujado contra el tronco de un árbol frondoso, y sus manos recorrían sin descanso sus caderas, su espalda, sus pech*s, a través de la tela.
—Te dese desde que desperté —le había dicho Caelan, besando su garganta, mordiendo su piel suave y salada—. Te dese cuando entreno, cuando gobierno, cuando duermo. Te dese* tanto que me duele, Layla. Me duele aquí, en el pecho, y aquí —y le tomó la mano de ella y se la puso sobre su entrepierna, donde su deseo era evidente, duro y enorme bajo la tela de sus ropas.
Layla soltó una risa ronca y llena de promesas, y se inclinó hacia él, susurrándole al oído con esa voz que podía mandar ejércitos o destruir reyes:
—Entonces tómame, mi amor. Tómame aquí mismo, donde la luna nos ve. Hazme tuy° hasta que olvide mi propio nombre. Porque yo también te necesito. Necesito sentir tu fuerza rompiéndome, necesito que te pierdas en mí.
Y Amir, escondido en las sombras, había visto cómo su hermana se abría para él, cómo Caelan levantaba su túnica sin ningún pudor, cómo desnudaba su dureza y la hundía en ella con una fuerza que hizo arquear la espalda a Layla y soltar un grito de placer que resonó en todo el jardín. Se amaron allí, contra el árbol, salvajes y profundos, moviéndose al ritmo de sus respiraciones agitadas, besándose con hambre, apretándose hasta dejar marcas en la piel, demostrando que su unión no era solo de almas, sino de cuerpos que estaban hechos para encajar a la perfección.
De esa unión feroz había nacido Elion, el heredero, pero no fue el único. Su pasión dio luego a Thalia, una niña guerrera como su madre, y a Eren, un niño de luz y sabiduría. Y aun con tres hijos, seguían siendo incapaces de mantenerse separados mucho tiempo. Cada mirada era un fuego, cada roce una promesa de noches largas y agitadas.
Amir veía todo esto, y la soledad en su corazón crecía, al igual que el deseo en su cuerpo. Él también quería eso. Él también quería encontrar a alguien con quien el amor fuera una guerra y una paz a la vez, alguien que lo mirara y lo deseara con esa intensidad que le quitaba el aire. Sus padres, Elena y Zayn, le habían dicho que su destino era especial, que su amor vendría de lejos, de otro tiempo, de otra magia, pero la espera se le hacía eterna.
Él sabía controlarse, sabía esperar, era el Guardián. Pero cada noche, cuando se quitaba la armadura y se quedaba desnudo frente al espejo, viendo su cuerpo fuerte, viril, lleno de vida, sentía la necesidad de que alguien más lo viera, lo tocara, lo poseyera y se dejara poseer por él. Se tocaba a sí mismo, imaginando una piel suave bajo sus manos, imaginando gemidos en sus oídos, imaginando una figura femenina perfecta envuelta en luz y magia, pero era solo su propia mano, y el placer era vacío, porque no era ella.
No sabía que esa misma noche, algo había cambiado en el destino. Que más allá de los límites, en el Bosque de los Ecos, las barreras del tiempo se estaban desgastando, y que una presencia antigua, poderosa y tan hambrienta de amor y placer como él, estaba cruzando las dimensiones solo para encontrarlo. Su vida de soledad estaba a punto de terminar, y el fuego que siempre había llevado dentro estaba a punto de encontrar su combustible perfecto, en una mujer que no solo sería su reina, sino su igual, su desafío y su perdición más dulce.
Esa noche, Amir durmió con una mano bajo su cabeza y la otra apretada contra su propia dureza, soñando con ojos verdes como bosques eternos y una voz que le decía: "Por fin te encuentro, mi guardián. Prepárate, porque yo no vengo a darte paz... vengo a darte todo lo que siempre has deseado, y mucho más de lo que puedes soportar".