Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 20: La mujer que debía estar muerta
Victoria
No podía respirar.
No podía moverme.
Ni siquiera podía parpadear.
La mujer que estaba frente a nosotros me observaba con una tranquilidad que resultaba aterradora.
Cabello oscuro.
La misma mirada.
La misma pequeña cicatriz junto al ojo.
El mismo lunar debajo de la mandíbula.
Y esa voz...
Esa voz que había escuchado durante toda mi infancia.
—Mamá...
La palabra salió de mis labios convertida en un susurro.
Ella sonrió.
No fue una sonrisa alegre.
Fue una sonrisa triste.
—Hola, Victoria.
Las piernas me fallaron.
Fernando me sostuvo antes de que pudiera caer.
—Tranquila.
Aparté su mano.
No porque no quisiera que me ayudara.
Sino porque necesitaba saber que aquello era real.
Di un paso hacia ella.
—Estás muerta.
Mi madre bajó la mirada.
—Eso era lo que necesitaban que creyeras.
—Te enterramos.
—Lo sé.
—Yo estuve en tu funeral.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo sé.
—¡Entonces dime cómo!
Mi voz rebotó contra las paredes del túnel.
—¿Cómo pudiste hacerme esto?
Mi madre respiró profundamente.
—Porque si sabías que estaba viva, te mataban.
Me quedé paralizada.
—¿Quiénes?
Ella miró a Alexander.
—Ellos.
Después miró a Fernando.
—Y algunos de los que trabajaron para ellos.
Fernando frunció el ceño.
—¿Me estás acusando?
Mi madre lo observó durante unos segundos.
—No.
Se acercó lentamente.
—Te estoy diciendo que fuiste utilizado.
Fernando apretó la mandíbula.
—¿Para qué?
Mi madre no respondió.
Alexander sí.
—Para encontrar a Nicholas.
Fernando lo miró.
—¿Qué?
Alexander continuó:
—La Operación 17-B tenía dos objetivos.
—¿Cuáles?
—Encontrar a Nicholas Bennett.
Hizo una pausa.
—Y encontrar a tu madre.
Miré a mi madre.
—¿Por qué?
Ella cerró los ojos.
—Porque yo tenía la información que podía destruir al Círculo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué información?
—Los nombres.
—¿Los nombres de quién?
—De todos.
Fernando
Todo empezaba a encajar.
Pero cuanto más encajaba, más preguntas aparecían.
—¿Por qué estaba yo allí?
La madre de Victoria me miró.
—Porque eras uno de los mejores.
—Eso no responde mi pregunta.
—Te eligieron porque confiaban en ti.
—¿Quién?
Ella guardó silencio.
—¿Quién me dio la orden?
Alexander respondió:
—Yo.
Lo miré.
—¿Tú?
—Sí.
Sentí que la sangre me hervía.
—¿Y sabías que ella estaba viva?
—Sí.
—¿Sabías quién era?
Alexander negó.
—No.
Mi madre intervino:
—Él no sabía que yo era la mujer que buscaban.
—Entonces ¿quién lo sabía?
Mi madre miró directamente a mis ojos.
—Nicholas.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Mi hermano?
Victoria habló.
—¿Por qué Nicholas sabía que Fernando iba a buscarte?
Mi madre respiró profundamente.
—Porque fue Nicholas quien pidió que lo enviaran.
Fernando quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Nicholas sabía que la operación estaba comprometida.
Mi madre continuó:
—Sabía que si enviaban a alguien del Círculo, yo moriría.
—Entonces me eligió a mí.
—Sí.
—¿Por qué?
Ella respondió con una frase que me dejó helado.
—Porque eras el único hombre que Nicholas creía que todavía tenía conciencia.
No supe qué decir.
***
Victoria
Me acerqué a mi madre.
—¿Y qué pasó esa noche?
Ella bajó la mirada.
—Fernando llegó al lugar.
Miré a Fernando.
—¿Y?
Mi madre continuó:
—Encontró a Nicholas.
Fernando cerró los ojos.
Algo estaba despertando en su memoria.
—Había fuego...
Su voz era apenas audible.
—Un vehículo volcado.
Mi madre asintió.
—Sí.
—Daniel estaba allí.
—Sí.
—Y tú...
—Yo también.
Fernando se llevó una mano a la cabeza.
—Había alguien más.
Mi madre no respondió.
—Una mujer.
—Sí.
—¿Quién era?
Mi madre miró a Alexander.
Él apartó la mirada.
Fernando insistió:
—¿Quién era?
Mi madre finalmente respondió:
—La persona que dirigía el operativo.
—¿Quién?
—Tu padre.
El silencio fue absoluto.
Fernando quedó completamente inmóvil.
—Mi padre murió cuando yo tenía dieciséis años.
—Eso es lo que te dijeron.
—No.
—Fernando...
—¡No!
Su voz resonó por el túnel.
—Mi padre murió.
Mi madre negó lentamente.
—Tu padre no murió.
Fernando retrocedió.
—¿Dónde está?
Ella lo miró.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Hace seis años que nadie sabe dónde está.
Victoria intervino:
—¿Quién es tu padre?
Fernando tragó saliva.
—Gabriel Ferrara.
Mi madre cerró los ojos.
—El hombre que creó la estructura que después se convirtió en el Círculo.
Sentí un escalofrío.
Fernando parecía destrozado.
—Mi padre...
Mi madre asintió.
—Sí.
—Entonces yo...
—No eres responsable de lo que hizo.
Fernando levantó la mirada.
—Pero participé.
—Sin saberlo.
—¡Participé!
Victoria se acercó.
—Fernando.
Él negó con la cabeza.
—Tu hermano me pidió que te encontrara.
Mi madre corrigió:
—No.
Fernando la miró.
—¿Qué?
—Nicholas no quería que te encontrara.
—Pero dijiste...
—Quería que encontraras a Victoria.
Fernando frunció el ceño.
—¿Qué diferencia hay?
Mi madre respondió:
—Toda.
Sacó algo del bolsillo de su abrigo.
Una pequeña fotografía.
Me la entregó.
Era una imagen antigua.
Yo aparecía de niña.
Al lado estaba Nicholas.
Y detrás...
Fernando.
Pero había algo más.
Una mujer joven estaba junto a él.
Una mujer que yo nunca había visto.
Mi madre señaló la fotografía.
—Ella fue quien te entregó a Nicholas aquella noche.
Fernando tomó la fotografía.
—¿Quién es?
Mi madre miró hacia el túnel.
—La única persona que todavía puede explicar por qué tu memoria fue borrada.
Entonces escuchamos pasos.
Varios.
Mi madre se giró.
—Ya vienen.
Alexander sacó su arma.
—Tenemos que movernos.
Fernando no se movió.
—¿Quién viene?
Mi madre lo miró.
—El hombre que lleva años buscándote.
—¿Mi padre?
Ella negó.
—No.
—Entonces ¿quién?
Mi madre miró a Victoria.
Y pronunció un nombre que jamás había escuchado.
—Samuel Ferrara.
Fernando palideció.
—Ese es mi nombre.
Mi madre negó.
—No.
Se acercó.
—Ese era el nombre de tu hermano.
Fernando dejó caer la fotografía.
—¿Qué?
Mi madre señaló el reverso.
Había una inscripción.
FERNANDO FERRARA — IDENTIDAD ASIGNADA.
Debajo:
NOMBRE REAL: SAMUEL FERRARA.
Victoria dejó de respirar.
—¿Ferrara?
Mi madre asintió.
—Sí.
Miré a Fernando.
—¿Eres...s
Fernando levantó lentamente la cabeza.
—Eso es imposible.
Mi madre dio un paso atrás.
—Ojalá lo fuera.
En ese instante, las luces del túnel comenzaron a apagarse una por una.
Una.
Dos.
Tres.
Hasta que solo quedó encendida la que estaba sobre nosotros.
Mi madre susurró:
—No dejes que te encuentre, Samuel.
Una sombra apareció al final del túnel.
Y una voz masculina habló desde la oscuridad:
—Demasiado tarde.
Fernando levantó el arma.
La voz volvió a sonar.
—Hermano.
Fernando dejó de respirar.
Porque esa voz...
Era idéntica a la suya.