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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:678
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: La palabra que nadie debía decir

Beatrice Montclair descubrió que había palabras capaces de entrar a una habitación antes que las personas.

“Compromiso” era una de ellas.

No necesitaba ser pronunciada en voz alta para instalarse sobre una mesa de té, acomodarse entre los pastelillos y mirar a todos con expresión de importancia. Bastaba con que una dama bajara la voz al decir “pronto”, que otra suspirara mirando hacia Beatrice, o que Lady Harcourt llevara una mano al pecho con demasiada anticipación.

Valdoria no hablaba de compromisos.

Valdoria los olía.

Y, por desgracia, parecía haber olido el suyo antes de que existiera.

—No estoy comprometida —dijo Beatrice.

Lady Agatha no levantó la vista de su taza.

—No he dicho que lo estés.

—Lo pensó.

—Pienso muchas cosas.

—Sí, y últimamente todas usan encaje.

Estaban en el salón Montclair, una mañana demasiado tranquila para ser confiable. Arriba, sobre el tocador de su habitación, la cinta verde descansaba reparada y visible. Beatrice no la llevaba puesta. No ese día. Pero tampoco la había guardado.

Eso, según Clara, era “una decisión intermedia”.

Según Beatrice, era “un asunto textil sin importancia”.

Según Lady Agatha, aunque no lo decía, era una confesión doblada.

—Lady Harcourt preguntó ayer si debía reservar lágrimas para antes o después del anuncio —dijo Lady Agatha.

Beatrice se quedó inmóvil.

—¿Qué anuncio?

Lady Agatha la miró.

—Exactamente.

—No hay anuncio.

—Eso le dije.

—¿Y?

—Respondió: “Todavía.”

Beatrice cerró los ojos.

—Esa mujer usa la palabra “todavía” como arma de asedio.

Clara entró con una bandeja de té.

—También preguntó si la cinta verde formaría parte del ajuar, señorita.

Beatrice abrió los ojos.

—¿El ajuar?

—Sí, señorita.

—¿La cinta ya tiene ajuar?

—No estoy segura de sí ella se refería a la cinta o a usted.

—Ambas opciones son ofensivas.

Lady Agatha tomó una cucharilla.

—Por eso debemos tener cuidado en la reunión de esta tarde.

Beatrice miró hacia ella.

—No.

—Aún no he dicho qué reunión.

—Eso no suele mejorar las cosas.

—Lady Valdoria recibirá a varias damas para organizar la colecta benéfica.

—Eso suena como una batalla con propósitos nobles.

—Lord Ashford estará allí.

Beatrice sintió una reacción pequeña, traidora y ridículamente inmediata.

Clara la notó.

Lady Agatha también.

La cinta verde, si una podía confiar en su silencio, probablemente también.

—Eso no cambia nada —dijo Beatrice.

—No he dicho que lo hiciera.

—Bien.

—Pero quizá deberías usar la cinta.

Beatrice giró hacia su tía.

—¿Para qué Lady Harcourt tenga un colapso lírico?

—Para que decidas si quieres usarla.

—No haga eso.

—¿Qué cosa?

—Convertir mis accesorios en dilemas morales.

Lady Agatha sonrió apenas.

—Querida, tú empezaste.

Beatrice miró hacia la escalera, como si pudiera ver la cinta desde allí. La pequeña marca reparada apenas se veía. Solo si una sabía dónde mirar.

Nathaniel sabría.

Naturalmente.

—No la usaré —dijo.

Clara no se movió.

Lady Agatha tampoco.

—No la usaré —repitió Beatrice—, porque hoy todo el mundo espera que la use.

—Esa es una razón —dijo Lady Agatha.

—Una excelente.

—¿Y si quisieras usarla?

Beatrice no respondió.

Ese era el problema.

Parte de ella quería.

Parte de ella deseaba probar qué sentiría al entrar en una sala llevando aquella pequeña señal que no significaba nada definitivo, pero tampoco nada vacío.

Otra parte de ella se rebelaba contra la idea de complacer a Valdoria. Si la sociedad esperaba una cinta, ella prefería aparecer con una corona de plumas rojas solo por principio.

—No voy a vestirme para confirmar expectativas ajenas —dijo.

Lady Agatha asintió.

—Bien.

Beatrice la miró con sospecha.

—¿Bien?

—Bien.

—No me gusta cuando está de acuerdo.

—Estoy de acuerdo con que no debes usarla por ellos.

Beatrice observó hacia la escalera otra vez.

Lady Agatha añadió:

—Solo asegúrate de no dejar de usarla por ellos.

Aquello fue muy injusto.

Beatrice se levantó.

—Voy a cambiarme.

—Naturalmente.

—Y no usaré la cinta.

—Como quieras.

—No la usaré.

—Ya lo dijiste.

—Lo repito por claridad.

Clara tomó la bandeja vacía.

—¿Desea que la deje visible, señorita?

Beatrice se detuvo en la puerta.

—Sí.

Clara no sonrió.

Fue un acto heroico.

La reunión de Lady Valdoria tenía todos los elementos necesarios para una catástrofe social: damas con tiempo libre, una causa benéfica, demasiados canapés y el rumor de que Lord Ashford estaba a punto de formalizar algo que nadie había autorizado a formalizar.

Beatrice entró junto a Lady Agatha con el cabello recogido sin la cinta verde.

Lo primero que sintió fue alivio.

Lo segundo, decepción.

Lo tercero, irritación consigo misma por sentir las dos cosas a la vez.

Nathaniel estaba cerca de una ventana, conversando con Lady Ashford. Cuando Beatrice entró, levantó la vista.

Sus ojos fueron a su rostro.

Luego, de forma breve y exacta, a su cabello.

No encontró la cinta.

No cambió su expresión.

No mostró decepción.

No mostró alivio.

Solo la miró a ella.

Eso la desarmó más que cualquier reacción visible.

—Señorita Montclair —saludó cuando se acercó.

—Lord Ashford.

—Lady Agatha.

—Lord Ashford.

Sebastián apareció desde algún rincón con un plato pequeño.

—Señorita Montclair. Ha venido sin la cinta famosa. Decisión audaz o estrategia avanzada.

Beatrice lo miró.

—Señor Ashford, si mi cabello empieza a ser discutido como asunto público, empezaré a cobrar entrada.

—Me parece justo. Yo pagaría por la primera fila.

Nathaniel le quitó el plato.

—Sebastián.

—Era mío.

—Ahora no.

—Esta familia reprime el arte.

Lady Ashford se acercó con una sonrisa tranquila.

—Beatrice, qué gusto verte.

—Lady Ashford.

—Espero que sobrevivas a la reunión.

—Tengo experiencia reciente en supervivencia poética, textil y frutal.

Sebastián levantó un dedo.

—La manzana no ha recibido suficiente reconocimiento histórico.

—Y no lo recibirá —dijo Nathaniel.

Antes de que Beatrice pudiera responder, Lady Harcourt llegó con una rapidez alarmante.

—Querida señorita Montclair. Lord Ashford. Qué imagen tan encantadora.

—Estamos de pie —dijo Beatrice.

—A veces estar de pie basta.

—No debería.

Lady Harcourt miró el cabello de Beatrice.

Beatrice sintió el gesto como si le hubieran tocado una hebra.

—Oh —dijo Lady Harcourt—. No lleva la cinta.

—Qué observación tan completa.

—Pensé que quizá…

—No.

—No he terminado.

—Eso rara vez me tranquiliza.

Lady Harcourt bajó la voz, lo cual hizo que tres damas cercanas se inclinaran un poco.

—Se dice que pronto habrá un anuncio.

Nathaniel se quedó muy quieto.

Beatrice sonrió.

No porque estuviera tranquila.

Sino porque, cuando la furia no podía gritar, se volvía extraordinariamente educada.

—Lady Harcourt, Valdoria lleva anunciando mi vida desde antes de que yo terminara de decidir si quería otro canapé.

—Querida, nadie desea apresurarla.

—Entonces todos podrían practicar no hacerlo.

Sebastián murmuró:

—Excelente. Directo al corazón del enemigo con una cuchara de plata.

Lady Harcourt parpadeó, herida solo en la superficie.

—Es natural que la sociedad se interese.

—La sociedad debería buscar pasatiempos menos invasivos.

Nathaniel habló entonces.

Su voz fue baja, pero clara.

—No habrá anuncio.

Los abanicos cercanos se detuvieron.

Lady Harcourt miró a Nathaniel.

—¿No?

—No.

La palabra fue limpia.

Definitiva.

Beatrice sintió alivio.

Y luego, para su propia incomodidad, algo parecido a pérdida.

Nathaniel la miró antes de continuar.

—Si alguna vez hay algo que anunciar, no será porque Valdoria lo haya predicho con suficiente insistencia.

Lady Harcourt llevó una mano al pecho.

—Qué firmeza.

—Qué necesaria —dijo Beatrice.

Nathaniel sostuvo su mirada.

—Y tampoco será una reparación de rumores, accidentes, cintas o expectativas.

Sebastián se inclinó hacia una dama cercana.

—Observen, por favor. Mi hermano acaba de declarar guerra diplomática a las expectativas.

Nathaniel no apartó los ojos de Beatrice.

—Será porque ambos lo quieran.

La habitación pareció contener el aliento.

Beatrice no.

Ella necesitaba respirar.

Pero no pudo hacerlo bien.

Porque la frase no la atrapaba.

La liberaba.

Y aun así la palabra seguía allí, al fondo de la sala, como una puerta demasiado visible.

Compromiso.

No como rumor.

No como amenaza.

No como reparación.

Como posibilidad.

Eso era lo peligroso.

Prudence Vale, que estaba cerca de una mesa con flores blancas, habló por primera vez.

—Qué raro debe parecerle eso a Valdoria.

Todas las miradas fueron hacia ella.

Prudence sostuvo su taza con perfecta precisión.

—Esperar a que una dama quiera algo antes de anunciarlo.

El comentario no fue cálido.

Pero tampoco cruel.

Beatrice la miró con atención.

—Valdoria sobrevivirá al aprendizaje —dijo.

Prudence inclinó la cabeza.

—Con quejas.

—Sin duda.

Lady Harcourt, que parecía dividida entre la decepción y la inspiración, suspiró.

—Entonces no hay anuncio.

—No —dijo Beatrice.

—Todavía —murmuró una dama de vestido malva.

Beatrice giró hacia ella.

—Si alguien vuelve a decir “todavía”, empezaré a usarlo como nombre de perro.

Sebastián soltó una risa.

Lady Agatha cerró los ojos un instante.

Nathaniel hizo algo peor: sonrió.

Pequeño.

Contenido.

Inconveniente.

La tensión se alivió, aunque no desapareció del todo. La reunión continuó con conversaciones sobre donaciones, listas de invitados y la terrible posibilidad de que Lady Harcourt leyera algo durante el evento benéfico. Beatrice evitó la mesa de canapés porque Sebastián la ocupaba con aire de propietario.

En un momento, Nathaniel logró quedar a su lado cerca de una ventana.

No estaban solos.

No completamente.

Pero el murmullo de la sala cubría lo suficiente.

—Lamento si hablé demasiado —dijo él.

Beatrice miró el jardín exterior.

—No habló demasiado.

—No quería decidir por usted.

—No lo hizo.

—Tampoco quería hacer sonar la palabra como una amenaza.

Beatrice no preguntó qué palabra.

No hacía falta.

Compromiso seguía rondando la sala, menos agresivo ahora, pero no menos presente.

—No es la palabra lo que me asusta —dijo ella al fin.

Nathaniel esperó.

Maldito hombre paciente.

—Me asusta que otros la agarren antes que yo. Que la pronuncien hasta gastarla. Que la conviertan en obligación antes de que yo pueda saber si alguna vez quiero decirla.

Nathaniel no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz fue tan baja que apenas rozó el espacio entre ambos.

—Entonces no dejaremos que la tomen.

Beatrice lo miró.

—¿No?

—No.

—Valdoria es insistente.

—Usted también.

Beatrice casi sonrió.

—Eso sonó como cumplido.

—Lo era.

—Peligroso.

—Acepto el riesgo.

Ella bajó la mirada hacia sus manos.

—No usé la cinta.

—Lo noté.

—Naturalmente.

—Pero no supuse nada.

Beatrice levantó la vista.

—¿Nada?

—Supuse que era su decisión.

Aquello fue peor.

Mucho peor.

—Usted vuelve muy difícil ser injusta con usted.

—No era mi intención.

—Nunca lo es. Ese es su mayor defecto.

Nathaniel miró hacia el salón, donde Lady Harcourt parecía estar explicándole a alguien la diferencia entre “anuncio” y “destino latente”.

—Puedo escribirle —dijo.

—¿Sobre qué?

—Sobre la palabra.

Beatrice lo miró con sospecha.

—¿Piensa enviarme un ensayo?

—No.

—¿Un documento?

—Tampoco.

—¿Una lista?

Nathaniel guardó silencio.

Beatrice entrecerró los ojos.

—Lord Ashford.

—Una nota breve.

—Eso dicen todos los hombres antes de numerar sentimientos.

—No numeraré.

—Prométalo.

—Lo prometo.

—Sin anexos.

—Sin anexos.

Beatrice respiró mejor.

—Entonces puede escribir.

Nathaniel inclinó la cabeza.

—Gracias.

—No se ponga satisfecho.

—Ya no sé si eso sigue siendo una orden o una tradición.

—Ambas.

Cuando la reunión terminó, Lady Harcourt aún parecía insatisfecha por la ausencia de anuncio. Prudence se despidió de Beatrice con una inclinación breve y una frase inesperada.

—A veces no usar algo también es una elección.

Beatrice la miró.

—Está volviéndose filosófica, Lady Prudence.

—No abuse. Ha sido un accidente.

—Los accidentes han hecho demasiado esta temporada.

Prudence casi sonrió.

—Eso parece.

En el carruaje de regreso, Lady Agatha no habló durante un rato.

Beatrice, agotada por la reunión, no la presionó.

Al llegar a casa, no fue al salón ni pidió té. Subió directamente a su habitación, todavía con los guantes puestos y demasiadas frases de Valdoria dando vueltas en la cabeza.

La cinta verde seguía sobre el tocador.

Visible.

Reparada.

Esperando sin exigir nada.

Beatrice cerró la puerta con suavidad y se acercó a ella. La pequeña marca seguía allí, apenas perceptible, terca como todas las cosas que una no lograba dejar de mirar.

La tocó con la punta de los dedos.

—No hoy —dijo en voz baja.

La cinta, por suerte, no respondió.

Clara apareció en la puerta unos minutos después, con una discreción que Beatrice ya había aprendido a desconfiar.

—¿Desea que la guarde, señorita?

Beatrice negó con la cabeza.

—No.

Clara asintió.

—Visible.

—Visible.

La nota de Nathaniel llegó esa noche.

No tenía anexo.

No tenía lista.

Beatrice lo consideró un avance digno de registro.

“Beatrice:

No permitiré que nadie tome esa palabra antes que usted.

Si algún día llega a pronunciarse, deberá llegar caminando, no siendo arrastrada por rumores, damas impacientes ni por mi deseo de oírla.

No tiene que acercarse a ella hoy.

Ni mañana.

Solo quería que supiera que, si alguna vez caminamos hacia ahí, no avanzaré más rápido que usted.

Nathaniel.”

Beatrice leyó la nota de pie.

Luego se sentó.

Luego la leyó otra vez.

No había nada que corregir.

Qué falta de consideración.

Lady Agatha entró y la encontró con la nota sobre el regazo.

—¿Malas noticias?

Beatrice negó con la cabeza.

—Peores.

—¿Peores?

—Escribió bien.

Lady Agatha sonrió apenas.

—Gravísimo.

Beatrice miró hacia la cinta verde.

No la había usado ese día.

Pero la había dejado visible.

Y Nathaniel había entendido la diferencia.

Aquello, decidió, era mucho más peligroso que cualquier anuncio.

Más tarde, guardó la nota en su libro favorito, junto al documento de cortejo, las cartas y la tarjeta de las flores.

Después volvió al tocador.

Tomó la cinta.

No se la puso.

Solo la sostuvo un momento.

La marca reparada seguía allí, pequeña y terca.

Como una prueba de que algo podía ceder, arreglarse y seguir siendo elegido.

—No estoy corriendo —murmuró.

No sabía si se lo decía a la cinta.

A Nathaniel.

O a sí misma.

Pero esa noche, por primera vez, la palabra que nadie debía decir no le pareció una jaula.

Le pareció un camino.

Uno que todavía no pensaba recorrer.

Pero que ya no necesitaba destruir para sentirse libre.

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