El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 17
A las siete de la mañana, la bruma sobre el circuito de pruebas comenzaba a disiparse, dejando ver un asfalto oscuro, aún húmedo por la llovizna nocturna. El rugido del motor del *Galván-V12* rompía el silencio de la pista, resonando con una potencia casi feroz.
Fabiola estaba de pie en el garaje principal, ajustándose las correas de los guantes de cuero. Llevaba el traje de piloto ajustado y el cabello recogido en una trenza impecable. Su rostro era una máscara de absoluta serenidad, pero por dentro, la adrenalina quemaba. Después de lo que había presenciado la mañana anterior en el almacén del puerto —la brutalidad, los hombres armados, la revelación de que Alejandro era el verdadero *Don* de la mafia—, cada uno de sus sentidos estaba alerta.
No sentía miedo; sentía una fascinación peligrosa y un deseo ferviente de demostrarle que ella no era una presa fácil.
El sonido de una portezuela al cerrarse la hizo girar la cabeza.
Alejandro avanzaba por el *paddock*. Vestía un abrigo negro sobre un traje gris impecable. Se le veía tan pulcro, sereno y elegante como siempre. Nadie que lo mirara en ese momento podría adivinar que solo unas horas atrás había estrangulado a su mano derecha con sus propias manos a un lado de la autopista.
Pero Fabiola lo sabía. Y Alejandro, al cruzar la mirada con ella, notó algo distinto en sus ojos oscuros: una chispazo de conocimiento calculado que no estaba ahí el día anterior.
—Llegas a tiempo, Santamaría —dijo Fabiola, dando un paso al frente con una sonrisa helada—. Pensé que tus "asuntos privados" te mantendrían ocupado toda la mañana.
Alejandro se detuvo a un metro de ella. Se quitó las gafas de sol, dejando al descubierto una mirada penetrante, oscura y carente de cansancio.
—Mis asuntos están completamente resueltos, Fabiola —respondió él con una voz grave y tranquila—. Cuando hay una manzana podrida en la estructura, lo mejor es cortarla de raíz antes de que contamine el resto.
Fabiola entrecerró los ojos sutilmente. Supo de inmediato a qué se refería: Dominic ya no estaba a su lado. En su lugar, a varios metros de distancia, Koala permanecía de pie junto a los vehículos, intentando disimular su nerviosismo mientras fingía vigilar el perímetro.
—Una filosofía impecable —provocó ella, inclinando la cabeza—. Aunque a veces el problema no es la manzana, sino la mano que maneja el árbol.
Alejandro dibujó una sonrisa lenta, casi imperceptible, dando un paso más hacia ella hasta que la distancia entre ambos se volvió peligrosamente íntima.
—Cuidado, Fabiola —susurró él, bajando el tono para que solo ella pudiera escucharlo—. A veces la curiosidad hace que la gente se acerque demasiado al fuego. Y no querrás quemarte antes de Ginebra.
—No me asusta el fuego, Alejandro —desafió ella en un susurro afilado, sosteniéndole la mirada sin pestañear—. De hecho, me gusta ver cómo se consume todo a mi paso.
En ese momento, Giancarlo se acercó a la pareja sosteniendo una tableta con los tiempos de la pista.
—Fabiola, los sensores indican que la pista está en condiciones óptimas en el sector dos, pero la curva ciega sigue estando resbaladiza —advirtió el financiero, mirando de reojo a Alejandro con cierta cautela—. Si vas a hacer la prueba de velocidad máxima, te sugiero no arriesgar en la tercera vuelta.
—No vine a hacer pruebas a medias, Giancarlo —sentenció ella, tomándola el casco de la mesa—. Preparen el auto. Voy a dar cinco vueltas.
Fabiola se colocó el casco, ajustó la visera y caminó con paso firme hacia el *Galván-V12* que la esperaba en la línea de pits. Se deslizó en el asiento del piloto, abrochó el arnés de seguridad de cinco puntos y encendió el motor. El estruendo del *V12* retumbó en los hangares, un rugido salvaje que aceleró el pulso de todos los presentes.
Desde el muro de boxes, Alejandro la observaba. Sostener la mirada de esa mujer, sabiendo el peligro que ambos representaban, le provocaba una descarga de adrenalina que no había sentido en años. Ella era una heredera sin moral, implacable y hermosa; y él era el rey de un imperio criminal que no dudaba en matar para mantener el control.
El auto de Fabiola salió disparado a la pista, dejando una estela de humo blanco y devorando la primera recta a más de doscientos ochenta kilómetros por hora.
En el box, Koala se acercó a Alejandro por la espalda, hablando en un tono casi inaudible.
—*Don* Alejandro... los hombres de Viena confirmaron que el dinero desviado por Dominic fue congelado a tiempo. Todo el lote de aleación está asegurado en nuestros almacenes clandestinos.
—Bien —respondió Alejandro sin apartar los ojos del vehículo rojo que tomaba la primera curva con una agresividad suicida—. Asegúrate de que el cuerpo de Dominic no sea encontrado jamás. Y mantén a tus hombres lejos de la planta de Galván. A partir de hoy, yo me encargo personalmente de Fabiola.
—Sí, *Don* Alejandro —asintió Koala, retirándose de inmediato.
En la pista, Fabiola cruzó la meta completando la tercera vuelta a una velocidad récord. Al aproximarse a la curva ciega, sintió el deslizamiento del chasis sobre el asfalto frío. En lugar de pisar el freno, apretó los dientes, corrigió el volante con una precisión quirúrgica y aceleró a fondo, rozando el muro de contención por apenas unos milímetros.
En el muro de boxes, los ingenieros ahogaron un grito. Alejandro, en cambio, ni siquiera parpadeó. Una chispa de auténtica fascinación brilló en sus ojos oscuros.
Fabiola completó la quinta vuelta y frenó el prototipo justo frente al box de Alejandro, levantando un leve silbido de los frenos cerámicos. Apagó el motor, abrió la cabina y se quitó el casco, dejando caer su cabello rojo sobre los hombros mientras respiraba con fuerza.
Alejandro caminó hacia el vehículo, se inclinó sobre el chasis y la miró desde arriba.
—Estuviste a un centímetro de estrellarte en la curva tres —dijo él, con la voz cargada de una tensión magnética.
Fabiola sonrió con una arrogancia deslumbrante, mirándolo desde el habitáculo.
—Un centímetro es más que suficiente para ganar, Santamaría —respondió ella—. La pregunta es: ¿tienes el valor de subirte conmigo en la siguiente vuelta, o prefieres seguir mirando desde la seguridad de tus sombras?
Alejandro la miró en silencio, sintiendo cómo el juego de seducción, poder y muerte entre el Don de la mafia y la heredera sin escrúpulos alcanzaba su punto de no retorno.