Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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Caminos que se cruzan
El día amaneció tranquilo en el reino, aunque en el palacio las cosas comenzaban a moverse.
El rey Fernando había pasado gran parte de la mañana revisando informes junto al general Andrés. La falsificación de las órdenes seguía siendo un misterio y cada día aparecían nuevas preguntas.
Elizabeth entró en la sala del consejo.
—Padre, necesito pedirte algo.
El rey levantó la mirada.
—¿Qué sucede?
—Quiero ayudar al general Andrés con la investigación.
Fernando frunció ligeramente el ceño.
—Elizabeth, esto puede ser peligroso.
—Lo sé. Precisamente por eso quiero participar. Hay información que solo alguien que conozca el funcionamiento del palacio puede conseguir.
Andrés permaneció en silencio.
El rey lo miró.
—General, ¿qué opina?
—La princesa puede ser de gran ayuda, majestad. Pero tendrá que obedecer las mismas reglas que cualquier persona que participe en la investigación.
Elizabeth sonrió.
—Acepto.
Fernando suspiró.
—Está bien. Desde hoy trabajarás con Andrés.
—Gracias, padre.
Elizabeth se volvió hacia el general.
—Entonces empezamos ahora.
Andrés sonrió.
—Eso parece, alteza.
Mientras salían de la sala, el rey los observó.
No podía evitar cierta preocupación.
Pero también sabía que su hija había demostrado ser inteligente y decidida.
En otra parte del reino, Aurora caminaba hacia el viejo puente.
Había recibido un pequeño mensaje esa misma mañana.
Solo decía:
"Al mediodía. El puente."
No necesitaba preguntar quién lo había enviado.
Cuando llegó, Daniel estaba sentado junto al río.
Sobre una manta había pan, queso, frutas y algunas bebidas.
Aurora sonrió.
—¿Qué es esto?
Daniel levantó la mirada.
—Un almuerzo.
—¿Un almuerzo?
—Sí.
—¿Conmigo?
—Eso esperaba.
Aurora se sentó frente a él.
—Nunca imaginé que un príncipe supiera preparar una comida.
Daniel sonrió.
—No la preparé.
—Ah.
—Pero elegí personalmente todo.
Aurora tomó una manzana.
—Entonces aceptaré que eres un buen príncipe.
Daniel rió.
Durante unos minutos hablaron de cosas sencillas.
No había soldados.
No había persecuciones.
No había documentos secretos.
Solo ellos dos.
—Me gusta este lugar —dijo Daniel.
Aurora miró el río.
—A mí también.
—Aquí parece que el reino está muy lejos.
Aurora sonrió.
—Quizá por eso vengo.
Daniel la observó.
—¿Te arrepientes del beso?
Aurora casi dejó caer la manzana.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque desde entonces intentas evitar hablar del tema.
—No lo evito.
—¿Entonces?
Aurora lo miró.
—Me gustó.
Daniel sonrió.
—A mí también.
Aurora bajó la mirada.
—Pero eso no significa que vaya a confiar en ti completamente.
—Lo sé.
—Y tampoco significa que vaya a entregarte los documentos.
Daniel suspiró.
—También lo sé.
Aurora soltó una pequeña risa.
—Al menos eres paciente.
—Contigo tendré que serlo.
Durante unos segundos se miraron.
Daniel tomó suavemente la mano de Aurora.
Ella no la retiró.
—No quiero que vuelvas a pensar que te traicioné —dijo él.
Aurora lo observó.
—Entonces tendrás que demostrármelo.
—Lo haré.
Mientras tanto, en el palacio, Elizabeth y Andrés revisaban los registros de los últimos meses.
Había órdenes militares, pagos y movimientos de soldados.
Elizabeth señaló una página.
—Mire esto.
Andrés se acercó.
—¿Qué encontraste?
—Aquí aparece una orden de traslado de soldados.
—Sí.
—Pero mi padre nunca autorizó ese movimiento.
Andrés revisó el documento.
Su expresión se volvió seria.
—Tienes razón.
Elizabeth sonrió.
—Entonces tenemos otra falsificación.
—Y esta vez tenemos una fecha.
Andrés tomó el documento.
—Podemos seguir el camino de esta orden.
Elizabeth asintió.
—Hasta descubrir quién la escribió.
Andrés la miró.
—Tiene usted una mente muy aguda, princesa.
Elizabeth sonrió.
—Y usted acaba de llamarme "princesa" otra vez.
Andrés pareció confundido.
—Lo siento.
—No dije que me molestara.
Sus miradas se encontraron.
Durante un instante, ninguno habló.
Después Andrés apartó la vista.
—Será mejor continuar.
Elizabeth sonrió.
—Sí, general.
Muy lejos del palacio, un hombre seguía unas huellas entre los árboles.
Era uno de los hombres de Ricardo.
Había pasado días observando los caminos.
Había visto movimientos extraños.
Carretas que salían de la ciudad.
Personas que llevaban alimentos hacia zonas donde aparentemente no vivía nadie.
Finalmente encontró algo.
Una vieja huella de caballo.
Después otra.
Y otra.
El hombre sonrió.
—Los encontré.
Siguió avanzando hasta llegar a una zona boscosa.
A lo lejos pudo distinguir una pequeña construcción.
La cabaña parecía abandonada.
Pero había humo saliendo de la chimenea.
El hombre se agachó detrás de unos árboles.
Observó durante varios minutos.
Entonces vio salir a Pablo.
Después apareció Lili.
El hombre sonrió.
Ahora estaba seguro.
Había encontrado el escondite de la Banda del Cuervo.
En el puente, Aurora se levantó.
—Tengo que irme.
Daniel la miró.
—¿Ya?
—Sí.
—¿Cuándo volveré a verte?
Aurora sonrió.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si logras encontrarme.
Daniel soltó una carcajada.
—Siempre lo haces difícil.
—Es mi especialidad.
Aurora comenzó a alejarse.
Antes de desaparecer entre los árboles, se volvió.
—Daniel.
—¿Sí?
—El almuerzo estuvo bien.
Él sonrió.
—¿Solo bien?
Aurora fingió pensarlo.
—Muy bien.
Y se marchó.
Daniel la observó hasta perderla de vista.
Pero mientras él sonreía, un peligro se acercaba silenciosamente al escondite de la Banda del Cuervo.
Ricardo finalmente había encontrado el lugar donde se ocultaban.
Y esta vez, no pensaba cometer el error de intentar capturarlos sin conocer primero todos sus movimientos.