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Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Romance / Fantasía LGBT
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: La verdad detrás de la discordia

La luna brillaba sobre el acantilado donde Atenea y Eris permanecían frente a frente.

El viento agitaba los cabellos plateados de la diosa de la sabiduría mientras su mirada permanecía fija en el antiguo medallón que Eris sostenía entre sus dedos.

—Devuélvelo —dijo Atenea con serenidad.

Eris dejó escapar una risa burlona.

—¿Después de todo el esfuerzo que hice para recuperarlo? No.

—Sabes que ese artefacto está prohibido.

—¿Prohibido? —respondió Eris mientras daba unos pasos por el borde del acantilado—. Qué palabra tan curiosa. Los dioses siempre prohíben aquello que no pueden controlar.

Atenea no respondió de inmediato.

Conocía demasiado bien a Eris. Si había algo que disfrutaba más que sembrar el caos, era provocar discusiones interminables.

—Esto ya no es una simple travesura.

—Nunca lo fue.

Los ojos de Eris perdieron por un instante su habitual brillo juguetón.

—¿De verdad crees que hago todo esto solo por diversión?

Aquella pregunta sorprendió a Atenea.

Durante siglos, todos habían asumido que Eris actuaba únicamente porque disfrutaba creando conflictos.

Pero la expresión de la diosa revelaba algo diferente.

Algo mucho más profundo.

En el pueblo, Sara apenas había podido dormir.

Los sueños seguían persiguiéndola.

Cada vez eran más intensos.

Cada vez parecían más reales.

Se levantó antes del amanecer y salió a caminar para despejar la mente.

El aire fresco normalmente conseguía tranquilizarla.

Aquella mañana, no.

Mientras cruzaba el puente, recordó el sueño de la noche anterior.

Ares alejándose.

Afrodita llorando.

Las palabras seguían resonando en su cabeza.

"Nunca confiaste en mí."

Sacudió la cabeza con fuerza.

—No...

Eso no ocurrió.

Pero una pequeña voz respondió desde el fondo de su mente.

"¿Estás segura?"

Sara se llevó ambas manos a las sienes.

Cada vez le costaba más ignorar aquellos pensamientos.

A varios kilómetros de allí, Hades atravesaba un antiguo portal que comunicaba el Inframundo con el Olimpo.

No perdió tiempo.

Entró directamente en la sala del consejo.

Zeus, Hera, Hermes, Atenea y los demás dioses ya lo esperaban.

Solo faltaban Ares y Afrodita, quienes seguían cumpliendo su castigo.

Hades colocó el medallón... o, mejor dicho, una ilusión exacta de su apariencia creada con magia para explicar la situación sin quitarle el verdadero a Sara.

—No tengo dudas.

Es el Medallón de la Discordia.

Hermes tragó saliva.

—Entonces Atenea tenía razón.

Zeus observó la ilusión durante unos segundos.

—¿Dónde está el verdadero?

—En poder de Sara.

Un pesado silencio llenó la sala.

Hera fue la primera en hablar.

—¿Lo sabe?

Hades negó.

—No.

Y temo decirle la verdad demasiado pronto.

Si el medallón percibe que intentamos arrebatárselo, fortalecerá su influencia.

Zeus golpeó suavemente el brazo de su trono.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Hades respondió con sinceridad.

—No lo sé.

Depende de la fuerza mental de Sara.

Pero tarde o temprano...

Comenzará a desconfiar incluso de quienes más aprecia.

Mientras tanto, Atenea seguía frente a Eris.

—¿Por qué haces esto? —preguntó finalmente.

Eris permaneció en silencio.

Después levantó la vista hacia el cielo.

—Porque estoy cansada.

Atenea frunció ligeramente el ceño.

—¿Cansada?

—Todos hablan de amor.

De amistad.

De esperanza.

Pero nadie habla de mí.

La diosa dejó escapar una sonrisa amarga.

—Solo aparezco cuando algo sale mal.

Nadie celebra mi llegada.

Nadie me invita.

Nadie me espera.

Atenea comprendió que aquellas palabras no eran una mentira.

Desde la antigüedad, Eris había sido rechazada por casi todos los dioses.

Incluso el famoso conflicto de la manzana dorada había comenzado porque no fue invitada a una celebración.

—Eso no justifica hacer sufrir a otros.

—Lo sé.

Pero explícale eso a alguien que lleva miles de años siendo recordada únicamente como el problema.

Por un momento, Atenea sintió compasión.

No porque aprobara sus actos.

Sino porque entendía el dolor que escondían.

Eris volvió a sonreír.

—No me mires con lástima.

La odio más que cualquier otra cosa.

Con un destello de luz oscura desapareció.

Atenea cerró los ojos.

—Todavía hay bondad en ti...

Pero está enterrada bajo demasiados siglos de soledad.

En el pueblo, Daniel encontró a Sara sentada bajo un árbol.

—¿Otra vez pensando?

Ella sonrió con esfuerzo.

—¿Se nota mucho?

—Muchísimo.

El niño se sentó junto a ella.

Durante unos minutos ninguno habló.

Después Daniel rompió el silencio.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—Si Ario y Afro vuelven...

¿Los perdonarás?

Sara tardó varios segundos en responder.

Miró el medallón dentro de su bolsillo.

Sintió nuevamente aquel extraño susurro.

"Te mintieron."

"Volverán a hacerlo."

"No puedes confiar."

Sara cerró los ojos.

Después recordó algo completamente distinto.

La noche en que Ares se interpuso entre ella y Eris.

La forma en que Afrodita había permanecido junto a ella.

Las veces que la ayudaron sin esperar nada a cambio.

Abrió nuevamente los ojos.

—No lo sé.

Daniel sonrió.

—Yo creo que sí.

—¿Por qué?

—Porque cuando alguien se arrepiente de verdad...

Tú siempre le das otra oportunidad.

Sara lo observó con ternura.

Su hermano tenía razón.

Siempre había pensado así.

Entonces...

¿Por qué últimamente le costaba tanto creer en los demás?

Solo quedaban siete días para que terminara el castigo de Ares y Afrodita.

Ambos entrenaban juntos en un jardín del Olimpo.

Ninguno de los dos hablaba demasiado.

Finalmente Afrodita rompió el silencio.

—¿Estás nervioso?

Ares soltó una pequeña risa.

—Mucho.

—Yo también.

Ares apoyó la lanza contra un árbol.

—He luchado contra titanes.

Contra gigantes.

Contra monstruos.

Y aun así...

Creo que hablar con Sara me asusta más que cualquiera de ellos.

Afrodita rió.

—Porque una batalla puede ganarse con fuerza.

Pero recuperar la confianza de alguien...

Es mucho más difícil.

Ares asintió.

—Solo espero que nos escuche.

Esa misma noche, Sara volvió a soñar.

Pero esta vez el sueño era diferente.

No aparecían Ares.

Ni Afrodita.

Ni Hades.

Solo una niña.

Tendría unos ocho años.

Estaba completamente sola en un enorme salón.

Llevaba un vestido negro.

Nadie jugaba con ella.

Nadie la miraba.

Los demás niños se alejaban cada vez que intentaba acercarse.

La pequeña comenzó a llorar.

Entonces una voz adulta dijo:

—No te acerques a ella.

Solo trae problemas.

La niña bajó la cabeza.

Sus lágrimas caían sobre el suelo de mármol.

Sara sintió una inmensa tristeza.

Quiso acercarse.

Consolarla.

Pero el sueño comenzó a desvanecerse.

Antes de despertar, la niña levantó lentamente el rostro.

Sus ojos eran conocidos.

Demasiado conocidos.

Eran los mismos ojos de Eris.

Sara despertó sobresaltada.

Se incorporó en la cama mientras respiraba agitadamente.

—¿Eris... de niña?

No entendía aquel sueño.

Parecía demasiado real para ser una simple pesadilla.

Miró hacia la ventana.

El amanecer comenzaba a iluminar el horizonte.

Por primera vez desde que encontró el medallón...

No sintió miedo.

Sintió compasión.

Y en algún lugar desconocido, Eris abrió los ojos de golpe.

Se llevó una mano al pecho.

—¿Qué...?

Había sentido algo imposible.

Alguien había visto uno de sus recuerdos.

Uno que jamás quiso compartir con nadie.

Su expresión se endureció.

—No...

Eso no debía pasar.

El Medallón de la Discordia debía mostrar únicamente los miedos de su portador.

No los de su creadora.

Sin darse cuenta, el vínculo entre Sara y el medallón había comenzado a cambiar.

Y ese pequeño error podía convertirse en la primera grieta del plan de Eris.

Fin del Capítulo 22.

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