Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?
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CAPITULO 17. CONFESIONES A MEDIANOCHE Y ESPINAS ESMERALDA
El regreso de la jornada de compras se sintió como el preámbulo de una tormenta silenciosa. Dejamos las exclusivas bolsas de las tiendas sobre el sofá de la suite y, tras una breve cena protocolaria abajo en la que apenas cruzamos palabras con los anfitriones, Adrián y yo nos retiramos a nuestro refugio. La advertencia de mi jefe sobre la calefacción y el edredón de plumas había calado en mí, pero el verdadero motor para estrenar la nueva prenda era el deseo inconsciente de dejar atrás a la chica asustadiza del pijama gris.
Me metí en el baño y me desvestí, deslizando el camisón de seda negro azabache sobre mi piel. El tejido era tan liviano y vaporoso que se sentía como una caricia fresca. Al mirarme en el espejo, contuve el aliento: el encaje del escote y el dobladillo que moría a mitad del muslo me devolvían la imagen de una Leonor que no conocía, una mujer sugerente y segura. Con las pulsaciones flotando en el aire, apagué la luz del baño y salí al dormitorio principal.
Adrián ya estaba en la cama, apoyado contra los cojines con la tableta apagada sobre la mesilla. Al verme cruzar el umbral bajo la tenue luz de la luna, se quedó completamente estático. Sus ojos oscuros se dilataron, recorriendo la caída del satén negro sobre mis curvas con una fijeza tan intensa y espesa que el aire de la suite pareció calentarse en un segundo. Perdió por completo su habitual máscara de ironía; lo que brilló en su mirada fue un deseo puro, maduro y contenido.
—Vaya... —pronunció, y su voz sonó más ronca y baja de lo habitual—. Veo que ha seguido mi consejo, Leonor. El polo norte ha quedado oficialmente clausurado.
Me deslicé bajo el edredón de plumas, sintiendo que la seda del camisón apenas oponía resistencia al contacto con las sábanas. Esta vez no me pegué al borde del colchón; me quedé a una distancia corta, mirándolo en la penumbra azulada de la estancia mientras él apagaba la última lámpara de noche. El silencio se volvió elocuente, un espacio íntimo donde la oscuridad propiciaba las verdades que la luz del día solía callar.
—Adrián... gracias por lo de hoy —susurré, rompiendo la solemnidad de la madrugada—. Nadie se había preocupado por mí de esa manera en mucho tiempo.
Adrián se giró sobre el colchón, quedando de costado, apoyando la cabeza sobre su mano y observándome con una suavidad pausada.
—No tiene que agradecer nada, Leo. Me enfurece ver cómo ese entorno intentaba apagarla. Lo que no logro comprender del todo... es cómo una mujer como usted ha pasado cinco años congelada en ese luto romántico. Marcos me arañó la superficie, pero... ¿por qué guardarse de esa manera para alguien que no movía un dedo por regresar?
Un nudo de honestidad se me instaló en la garganta. Miré las vigas del techo antes de sostenerle la mirada en la penumbra.
—No fue por timidez, Adrián. Tampoco por mojigatería. Es que... soy virgen. A mi edad, sigo siéndolo porque en mi cabeza solo existía una promesa implícita. Héctor era mi mundo entero en la universidad. Cuando se marchó, guardé mi intimidad, mi piel y mis sentimientos en una pureza absoluta, custodiando ese tesoro con la tonta ilusión de que, al volver, él se daría cuenta de que nuestro destino era estar juntos. Pensaba que la distancia era una prueba. Qué patética resulta mi lealtad ahora que lo veo organizar su vida con otra, ¿verdad? Guardé un santuario para un hombre que ni siquiera recordaba mi cumpleaños.
Escuché el sutil crujido de las sábanas. Adrián redujo la última distancia que nos separaba, estirando su brazo grande y firme sobre el colchón hasta que sus dedos cálidos rozaron con una delicadeza asombrosa mi mejilla, apartándome un mechón de pelo. El contacto físico me erizó la piel del cuello, haciéndome dar un sutil vuelco al corazón.
—No vuelva a decir que su lealtad es patética, Leo —sentenció Adrián con una solemnidad profunda y un matiz de ferocidad protectora que me caló hasta los huesos—. Entregar la pureza de esa manera demuestra una capacidad de amar de una nobleza que un tipo como Héctor jamás alcanzará a comprender. Él no ha tenido la madurez para valorar el santuario que usted le construyó. Pero le juro algo: el hombre que tenga la fortuna de entrar en ese lugar sagrado deberá tratarla como el tesoro más valioso de su vida. No vuelva a esconderse. Mañana bajaremos a esa gala y le enseñaremos a ese cobarde exactamente lo que decidió perder.
Su mano bajó suavemente por mi hombro antes de retirarse, dejándome impregnada de su calor. Esa noche me dormí con el corazón latiendo a un ritmo nuevo, libre por fin de los fantasmas del pasado y arrullada por la imponente certeza de Adrián.
El sol del día siguiente dio paso directo a los preparativos de la gran cena de gala preboda. Cuando el reloj marcó las ocho de la tarde, me miré por última vez en el espejo tríptico de la suite vestida con el diseño de satén esmeralda. El escote asimétrico realzaba la línea de mis clavículas, la lencería bonita esculpía mi silueta a la perfección y la espectacular abertura lateral revelaba la línea de mi pierna con una sensualidad sofisticada. Adrián entró en el dormitorio luciendo un esmoquin negro de sastre que acentuaba su figura atlética y su porte de líder absoluto. Al verme, sus ojos oscuros chispearon con un orgullo feroz. Ofreciéndome el brazo con una caballerosidad impecable, bajamos las escaleras hacia el porche principal de la casa grande.
El impacto de nuestra entrada fue inmediato. El murmullo de los invitados locales y los tintineos de las copas de champán parecieron congelarse cuando Adrián y yo cruzamos la alfombra exterior. Caminaba con la cabeza alta, con mi mano firme sobre el brazo de mi jefe, destilando una seguridad que jamás pensé poseer.
Priscila, que lucía un aparatoso vestido rosa pastel, se giró hacia nosotros y su perfecta sonrisa de anfitriona se desdibujó por completo en una mueca de absoluta sorpresa e indignación contenida. El satén esmeralda eclipsaba por completo su propuesta decorativa y su estatus de novia principal. Sin embargo, el verdadero colapso ocurrió a su lado.
Héctor se quedó petrificado, con la copa de vino a medio camino de los labios, abriendo los ojos de par en par. Su mirada recorrió de manera compulsiva la abertura de mi falda, el escote asimétrico y la forma en que Adrián envolvía sutilmente mi cintura con su mano, marcando un territorio indiscutible ante los presentes. Los celos puros, viscerales y destructivos transformaron el rostro de mi amigo de la infancia en una máscara de pura frustración. Se le tensó la mandíbula de tal forma que los nudillos de su mano derecha se volvieron blancos alrededor del cristal de la copa. Ver a "su Leo", la chica tímida del piso de estudiantes, convertida en una diosa radiante del brazo de un gigante corporativo que la miraba con devoción absoluta, fue el golpe definitivo para su maltrecho orgullo.
Adrián, percatándose del colapso de Héctor, se inclinó ligeramente hacia mi oído ante la mirada de todos, rozando con sus labios mi mejilla en un gesto de calculada y exquisita complicidad.
—Se lo prometí, Leo —me susurró con su voz profunda, sazonada con esa media sonrisa irónica que tanto me fascinaba—. El esmeralda le sienta de maravilla al triunfo de nuestro orgullo. Disfrute de la velada, mi amor.
Le sonreí de verdad, clavando mis ojos en los suyos, y mientras los violines comenzaban a sonar de fondo anunciando el inicio del banquete, me di cuenta de que el pasado ya no tenía ningún poder sobre mí. La mentira se estaba transformando en una verdad vibrante, y el mapa de mi corazón acababa de cambiar de rumbo para siempre en mitad de la gala esmeralda.
Muchas felicidades autora!!!!!