Bajo el cielo de Madrid
Camila viaja a España con su pequeña hija buscando una nueva oportunidad. Lo que nunca imaginó era que su vida cambiaría al conocer a Nicolás Ferrer, uno de los futbolistas más importantes del mundo.
Él lo tiene todo... excepto paz. Ella solo busca empezar de nuevo. Pero cuando el destino insiste en cruzar sus caminos, ambos deberán decidir si están dispuestos a arriesgarlo todo por un amor que nunca debió existir.
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Madrid de noche
Capítulo 18: Madrid de noche
Madrid brillaba de una manera especial cuando caía el sol. Las luces iluminaban las calles, las terrazas se llenaban de gente y el murmullo de la ciudad parecía no detenerse nunca.
Para Camila, sin embargo, aquella noche era como cualquier otra.
Después de cenar, ayudó a Lola con una tarea del colegio y la acostó temprano. La pequeña se quedó dormida abrazando su oso de peluche mientras una suave luz entraba por la ventana de su habitación.
Camila le acarició el cabello.
—Buenas noches, mi amor.
Cerró la puerta con cuidado y se dirigió al salón. Preparó una taza de té y se sentó junto a la ventana.
Madrid se veía hermosa.
Pero, por primera vez desde que había llegado, sintió una extraña soledad.
No extrañaba Argentina como antes.
Extrañaba tener a alguien con quien compartir lo que estaba viviendo.
Negó con la cabeza.
No podía permitirse pensar en eso.
Mucho menos pensar en Nicolás.
A la mañana siguiente, el Grupo Ferrer estaba revolucionado.
El evento benéfico era en apenas unos días y todo el personal trabajaba contra reloj.
Laura reunió al equipo.
—Necesitamos revisar el salón donde será la gala. Quiero que todo quede perfecto.
Camila tomó una carpeta y comenzó a comprobar cada detalle de la lista.
Decoración.
Mesas.
Invitados.
Prensa.
No podía faltar absolutamente nada.
Mientras recorría el gran salón, escuchó una voz detrás de ella.
—Sabía que te iba a encontrar trabajando.
Se dio vuelta.
Era Nicolás.
Vestía un traje gris oscuro y llevaba una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días.
—Buenos días.
Él observó el salón.
—Quedó increíble.
—Todavía faltan algunos detalles.
—Siempre encontrás algo para mejorar.
Camila sonrió.
—Es deformación profesional.
Los dos rieron.
Durante la mañana trabajaron junto al resto del equipo.
Sin embargo, cerca del mediodía comenzaron a retirarse uno por uno.
Quedaron solamente Nicolás y Camila revisando la ubicación de las últimas mesas.
—Creo que ya terminamos —dijo ella cerrando la carpeta.
Nicolás observó el reloj.
—Son casi las dos.
—Ni cuenta me di.
En ese momento, el estómago de Camila hizo un pequeño ruido.
Ella sintió tanta vergüenza que bajó la cabeza.
Nicolás no pudo contener una sonrisa.
—Creo que alguien tiene hambre.
Camila comenzó a reír.
—Un poco...
—Yo también.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Almorzaste?
Ella negó con la cabeza.
—No tuve tiempo.
Nicolás dudó unos instantes antes de hablar.
—¿Te gustaría comer algo? Hay un restaurante muy tranquilo cerca de acá.
Camila quedó inmóvil.
Sabía que aceptar podía interpretarse de otra manera.
Pero también sabía que él ya no estaba con Valentina.
La noticia había recorrido discretamente la empresa.
Aun así, decidió mantener la prudencia.
—Gracias, pero tengo que buscar a Lola más tarde y todavía me queda trabajo.
Nicolás sonrió con comprensión.
—Será otro día.
Ella asintió.
—Será otro día.
No sabían por qué, pero ambos sintieron una pequeña decepción.
Esa misma tarde, Nicolás tuvo entrenamiento.
Mientras corría por el campo, uno de sus compañeros se acercó.
—Hace unos días leí que terminaste con Valentina.
Él asintió.
—Sí.
—¿Estás bien?
Miró hacia el césped unos segundos.
—Todavía estoy acomodando muchas cosas.
Su compañero le dio una palmada en el hombro.
—Ya va a pasar.
Nicolás sonrió agradecido.
Quizás tenía razón.
Pero había algo que no podía ignorar.
Desde que Camila había aparecido en su vida, su manera de mirar el futuro había cambiado.
Y eso lo asustaba.
Al finalizar la jornada laboral, Camila pasó a buscar a Lola.
La pequeña salió corriendo con un dibujo entre las manos.
—¡Mamá, mirá!
Era un dibujo de las dos caminando por una ciudad llena de edificios.
Sobre ellas había escrito con letras grandes:
"Madrid es nuestro hogar."
Camila sintió que los ojos se le humedecían.
—Es precioso.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
Lola tomó su mano.
—¿Sabés qué me dijo la seño?
—¿Qué te dijo?
—Que cuando uno es feliz... sonríe con los ojos.
Camila sonrió.
—¿Y vos sos feliz?
La niña respondió sin dudar.
—Sí... porque estamos juntas.
Camila la abrazó con fuerza.
No necesitaba nada más.
O al menos eso intentaba creer.
Aquella noche, Nicolás salió solo a caminar por el centro de Madrid.
Necesitaba despejar la mente.
Sin periodistas.
Sin fotógrafos.
Sin compromisos.
Solo él y la ciudad.
Al pasar frente a un pequeño café, recordó la tarde en la que había compartido un café con Camila mientras llovía.
Sin darse cuenta, sonrió.
Era un recuerdo simple.
Pero también uno de los más bonitos que había tenido en mucho tiempo.
Levantó la vista hacia el cielo madrileño.
Las estrellas apenas podían verse entre las luces de la ciudad.
Respiró profundamente.
Por primera vez desde su separación, sintió que estaba preparado para empezar una nueva etapa.
No buscaba enamorarse.
Mucho menos tan pronto.
Pero había aprendido que el corazón nunca pregunta si es el momento indicado.
Simplemente... comienza a latir por alguien.
Y el suyo, cada día con más fuerza, parecía pronunciar un solo nombre.
Camila.