Guillermo Lombardi. Heredero único del consorcio naviero más grande de europa, una noche tras un accidente catastrófico fue salvado por alguien que no logro ver su rostro con claridad.
En su desesperación por encontrarla el destino le hizo una mala jugada que no fue capaz de reconocerla cuando la tuvo enfrente.
Acompañe en está nueva obra. Encontrará Guillermo a la chica que lo salvó esa noche, o terminará casándose con la equivocada.
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Por qué está aquí
A la mañana siguiente, durante el brunch posterior a la boda, Isabella observó atentamente cada movimiento de Guillermo.
Notó qué bebía.
Con quién hablaba.
En qué momentos se quedaba solo.
Paciencia.
Eso era lo único que necesitaba.
Esperar el momento adecuado.
Claudine, aunque inquieta, decidió no intervenir más.
Había enseñado a su hija a ganar.
No a retroceder.
El sol brillaba alto sobre la costa francesa, y el murmullo elegante de la sociedad continuaba como si nada oscuro se estuviera gestando bajo la superficie.
Isabella sostuvo su copa de champán.
Sus labios se curvaron lentamente.
Guillermo Lombardi había decidido despreciarla.
Había decidido humillarla.
Pero ella no era una mujer que aceptara derrotas.
Sus planes iban más allá de cualquier simple seducción.
Más allá de cualquier baile.
Más allá de cualquier sonrisa fingida.
Solo tenía que esperar.
El momento correcto.
La distracción adecuada.
La bebida indicada.
Y entonces, el equilibrio de poder cambiaría.
Porque si Guillermo creía que podía manejar el juego…
Isabella estaba decidida a reescribir las reglas.
La mañana del segundo día de celebraciones en Niza amaneció despejada, luminosa, con ese azul impecable que parecía burlarse de cualquier tormenta interior.
La boda de Camille Beaumont y Julien Villeneuve había sido un éxito social absoluto. Las fotografías ya circulaban en portales exclusivos, los comentarios llenaban los desayunos privados de la alta sociedad y el nombre de cada asistente era analizado como si se tratara de una jugada estratégica.
Entre esos nombres estaba, por supuesto, Guillermo Lombardi.
Pero lo que nadie sabía —ni siquiera Isabella— era que Guillermo había hecho una invitación adicional.
Una invitación discreta.
Personal.
En una propiedad modesta en las afueras de la ciudad, Lucía ajustaba el cierre de un vestido sencillo color marfil. No era ostentoso. No era de diseñador exclusivo. Pero realzaba su figura con elegancia natural.
Horas antes, un automóvil negro había llegado hasta la puerta.
El chofer había pronunciado su nombre con respeto.
—El señor Lombardi solicita su presencia esta tarde.
Lucía había sentido el corazón golpearle el pecho.
No sorpresa.
No exactamente.
Había intuido que algo así ocurriría desde que Guillermo regresó a su vida con una mirada distinta, más transparente.
Pero no esperaba que fuera en medio del evento más comentado del verano.
—¿Está seguro? —preguntó ella con cautela.
—Absolutamente.
El trayecto hacia el lugar de la recepción fue silencioso. Lucía miraba el paisaje costero, las fachadas blancas y los balcones con buganvilias, intentando ordenar sus pensamientos.
Guillermo la había buscado.
No por conveniencia.
No por estrategia.
Sino porque quería que estuviera allí.
Mientras tanto, en el elegante salón donde se celebraría el almuerzo privado, Isabella recorría el espacio con mirada evaluadora. Cada mesa estaba decorada con flores blancas y cristalería fina. El mar brillaba a pocos metros, como si fuera parte del decorado.
Su plan estaba intacto.
El pequeño frasco descansaba oculto en su bolso de mano.
Solo necesitaba una oportunidad a solas con Guillermo.
Nada más.
Cuando lo vio entrar al salón, impecable en un traje gris claro, su pulso se aceleró.
Él saludaba con cortesía medida, distante, sin permitir que nadie se acercara demasiado.
Isabella respiró hondo.
Paciencia.
Pero entonces ocurrió algo que no estaba en su cálculo.
Un murmullo diferente comenzó a recorrer el salón.
No era el habitual comentario social.
Era curiosidad.
Las miradas se dirigieron hacia la entrada.
Isabella giró la cabeza.
Y la vio.
Lucía avanzaba con paso sereno, acompañada por un asistente que la guiaba hasta el interior. No llevaba joyas llamativas ni sonrisa ensayada. Solo una dignidad tranquila que contrastaba con la ostentación del lugar.
Isabella sintió cómo el aire se le escapaba por un segundo.
—¿Qué hace ella aquí? —susurró.
Claudine, a su lado, frunció el ceño.
—No estaba en la lista oficial.
Pero Guillermo sí sabía.
Porque fue él quien la había incluido.
Cuando sus ojos encontraron los de Lucía al otro lado del salón, algo cambió en su expresión. No fue exagerado. No fue teatral.
Fue sutil.
Pero inconfundible.
Una suavidad que no había mostrado con nadie más.
Isabella lo notó.
Lo vio.
Y lo entendió.
Lucía no era un accidente.
Era una elección.
Guillermo se excusó del grupo con el que conversaba y caminó hacia ella sin prisa, pero sin titubeos.
—Gracias por venir —dijo con voz baja cuando estuvo frente a Lucía.
—No sabía si debía aceptar —respondió ella con honestidad.
—Quería que estuvieras aquí.
Esa frase fue suficiente para que el murmullo aumentara apenas.
Isabella sintió el golpe en el orgullo.
Claudine la observó con tensión.
—Mantén la compostura —susurró.
Pero por dentro Isabella hervía.
Lucía, la hermanastra silenciosa, la que había sido ignorada tantas veces, estaba allí… invitada por el hombre que ella pretendía volver a conquistar.
No como una acompañante secundaria.
Sino como alguien importante.
Isabella apretó los dedos dentro del bolso donde descansaba el frasco.
El plan no cambiaba.
Solo se ajustaba.
Con la presencia de Lucía lo hacía más urgente.
Guillermo acompañó a Lucía hasta una mesa cercana a la terraza. Conversaban con naturalidad, inclinándose uno hacia el otro como si el resto del salón desapareciera.
Isabella observaba cada gesto.
Cada sonrisa compartida.
Cada momento de cercanía.
Claudine rompió el silencio.
—No reacciones impulsivamente.
Isabella respiró hondo.
—No lo haré.
Porque ahora comprendía algo nuevo.
Si lograba comprometer a Guillermo en medio de ese evento, frente a Lucía, el impacto sería mayor.
Más definitivo.
Más contundente.
El sol avanzaba y las copas de vino comenzaban a circular con mayor frecuencia.
Isabella esperó.
No se acercó de inmediato.
No confrontó.
No interrumpió.
Se limitó a observar.
A calcular.
A medir el momento perfecto.
Lucía, ajena a la tormenta interna de su hermanastra, se sentía fuera de lugar, pero segura junto a Guillermo.
—No tenías que hacer esto —murmuró.
—Sí tenía que hacerlo —respondió él—. No quiero ocultarte más.
Que pensará y hará Isabella porque sus planes se le están escapando de sus manos 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Guillermo termina de una vez en decirle a Lucia que le gustas que estás babeando 🤤🤤🤤 por ella.
Lucia a medida que vas leyendo cada documento te das cuenta que la fortuna que dejo tu madre es mayor de lo que tu imaginabas.
Que paso Isabella tu orgullo está herido porque Guillermo Lombardi termino lo que nunca empezó bien y ahora lo quieres comprometer sutilmente ojalá que se de cuenta y no te siga el juego.
Claudine zorra vieja le estás preparando según tu idea el vestido, las joyas y que es lo que tiene que hacer Isabella para que quede Guillermo comprometido socialmente y no pueda salirse sin armar un escándalo.
Que mentira le dirán a Armand Valois 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
Todos los planes que tenían las víboras se les fue por el caño de casar a sus hijas con magnates para seguir aparentando en sociedad.
Guillermo que harás con esa verdad de que fue Lucia quien te salvó esa noche y no Isabella 🤔🤔🤔❓❓❓❓