Lucía tiene 8 años, pero su corazón y su mente crecen despacio, muy despacio. En un mundo que todo lo apura, ella vive a su propio ritmo, con la inocencia de una niña que ve flores en cada rincón y amor en cada sonrisa. Su vida cambia cuando conoce a Julián, un chico que aprenderá a ver el mundo con sus ojos. Juntos, descubrirán que lo más importante no es llegar primero, sino disfrutar del camino… y que el amor, por muy lento que sea, siempre llega.
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CAPÍTULO 14 Bajo las estrellas
El atardecer de ese sábado fue de esos que parecen pintados con dedos de miel.
El sol se ocultó lento, muy lento, detrás de las montañas que cerraban el pueblo, tiñendo todo el cielo de naranja quemado, de rosa viejo, de violeta suave que se iba haciendo más oscuro minuto a minuto. En la casita de la puerta amarilla, el olor a palomitas de maíz recién hechas con azúcar y canela salía por la ventana de la cocina, mezclándose con el perfume de los jazmines que crecían enredados en la cerca del jardín.
La abuela Rosa ya estaba casi del todo bien. Podía caminar por la casa sin cansarse, podía cocinar cosas sencillas, podía reír fuerte sin que le diera la tos. Esa tarde había puesto a hervir maíz en una olla grande de hierro, revolviendo despacio con una cuchara de madera, mientras Lucía estaba de pie en una silla junto a ella, mirando cómo los granos explotaban uno por uno con un sonido seco y alegre, riendo cada vez que uno saltaba fuera de la olla.
—¡Mira, abuela! —gritaba, señalando una palomita que había caído en la mesa—. Esa… voló.
—Sí, mi vida —reía la abuela, limpiándole un poco de azúcar de la mejilla con el dorso de la mano—. Son muy traviesas, las palomitas. Les gusta volar.
En el jardín, Julián terminaba el último regalo que le había hecho a Lucía: un caballito de madera, tallado por él mismo con sus herramientas de carpintero, de color castaño claro, con las patas cortas y fuertes, una crin hecha con hilo de lana negra y ojos de dos pequeños clavos brillantes. Lo había lijado una y otra vez, hasta que no tuviera ni una sola astilla, hasta que quedara suave como la piel de un durazno. Lo alzó contra la luz del atardecer, mirándolo de frente, de lado, de arriba abajo, asegurándose de que fuera perfecto. Para ella, todo tenía que ser perfecto.
—¡Ju-lián! —lo llamó Lucía desde el porche, saltando en el sitio con las manos llenas de palomitas—. ¡Listas! ¡Calientitas!
Él sonrió, guardó el caballito detrás de la espalda para que no lo viera todavía, y caminó hacia ella.
—Ya voy, cielo. No te comas todas, que queden algunas para después.
—Sí —prometió ella, muy seria, aunque ya se había metido tres en la boca de una sola vez.
Cenaron juntos los tres en la mesa de la cocina: sopa caliente de verduras, pan tostado con mantequilla y, de postre, las palomitas azucaradas. Lucía contaba entre dientes cada una que se comía, muy despacio: *una… dos… tres…*, como si cada una fuera un tesoro que no se podía gastar deprisa. La abuela y Julián la miraban, riendo por lo bajo, sin que ella se diera cuenta. Afuera, el día terminaba de morir, y el cielo se volvía azul oscuro, profundo, como el fondo del mar.
Cuando terminaron de cenar, Julián se levantó, agarró una manta grande de lana gris del sofá, y le hizo un gesto a Lucía con la mano.
—Ven —le dijo, muy suave—. Te quiero mostrar algo. Afuera. Está bonito hoy.
Lucía miró a la abuela, preguntando sin palabras si podía ir. La anciana asintió, sonriendo.
—Ve, mi vida. Pero abrígate bien, que ya hace fresquito. No te alejes mucho. No pasamos del claro del árbol grande, ¿sí?
—Sí, abuela —dijo la niña, y agarró la mano de Julián fuerte, fuerte, como siempre.
Mota y Chispa se levantaron de un salto también, moviendo la cola, listos para acompañarlos.
Caminaron despacio por el sendero de tierra que iba desde la casa hasta el claro donde crecía el eucalipto más grande de todo el pueblo, el mismo donde habían estado mirando las nubes semanas atrás. El pasto todavía estaba tibio por el sol del día, pero el aire ya tenía ese frío suave de las noches de verano que te hace meter las manos en los bolsillos y encoger los hombros un poco. Julián extendió la manta sobre el pasto seco, la acomodó bien para que no tuviera arrugas, y se sentó primero, abriendo los brazos para que Lucía se sentara entre ellos. Ella lo hizo de inmediato, pegándose fuerte a su costado, y Mota se acurrucó a un lado, Chispa al otro, haciendo de dos almohaditas de pelo caliente.
Y entonces, levantaron la vista.
Y se quedaron sin aliento.
Esa noche no había ni una sola nube en todo el cielo. Nada. Solo un negro azulado profundo, infinito, lleno de estrellas. Tantas, tantísimas, que parecía que alguien hubiera agarrado un puñado enorme de diamantes brillantes y los hubiera tirado por todos lados, sin orden, sin cuidado, solo para que fueran muchas, muchísimas. Algunas brillaban fuerte, otras eran chiquitas y suaves, otras parpadeaban como si les hicieran señas a los que estaban abajo mirando. Y cruzando todo el cielo, de lado a lado, estaba la Vía Láctea, esa fruma blanquecina y brillante que parece un río de luz hecho de millones de estrellas chiquitas juntas.
Lucía abrió mucho los ojos. Tanto que casi se le salen de las órbitas. Se quedó callada, muy callada, con la boca entreabierta, sin respirar casi, como si temiera que si hacía el más mínimo ruido, todas las estrellas se asustarían y se irían corriendo.
Julián la miró de reojo. Verla así, maravillada, le hizo sentir un cosquilleo dulce en el pecho, como si él mismo estuviera viendo las estrellas por primera vez también.
—¿Bonito, verdad? —le susurró, muy bajito, para no romper el silencio de la noche.
Lucía asintió tres veces, muy fuerte, sin quitar la vista del cielo. Señaló con un dedito tembloroso hacia arriba, hacia la parte más brillante de todas, y dijo, con la voz tan suave que casi se la lleva el viento:
—Luz… —dijo—. Muy… bonita.
—Sí —dijo Julián, y sin que ella lo viera, sonrió—. La más bonita que he visto en mi vida.
Se quedaron así un buen rato. Mucho rato. Sin hablar. Solo mirando. Escuchando los grillos que cantaban en la hierba alta, escuchando el viento que movía las hojas del eucalipto con un sonido suave, como un susurro, escuchando los latidos del corazón del otro, que eran los únicos ruidos que importaban ahí, en ese claro, bajo todo ese cielo inmenso.
De vez en cuando, una estrella caía. Una línea brillante y rápida que cruzaba todo el cielo en un segundo y desaparecía. Cada vez que pasaba, Lucía apretaba más fuerte la mano de Julián, y soltaba una risita chiquita, emocionada, como si hubiera visto un secreto que solo ellos dos sabían.
Luego, de repente, ella se giró hacia él. Lo miró a los ojos, muy seria, muy concentrada, y le preguntó, despacio, armando la frase con todo el cuidado del mundo:
—¿Las estrellas… se apagan… alguna vez?
Julián pensó un momento. Buscó las palabras correctas, como siempre hacía con ella. No quería mentirle, pero tampoco quería darle miedo.
—Algunas, sí —dijo, muy suave—. Pero se demoran muchísimo, muchísimo tiempo en apagarse. Tanto, que nosotros ni siquiera nos daremos cuenta. Mientras estemos aquí, mirándolas, ellas van a seguir brillando. Siempre.
Lucía asintió, conforme. Pareció que esa respuesta le gustaba. Volvió a mirar hacia arriba, y señaló una estrella que brillaba más que todas las demás, justo arriba de sus cabezas, quieta, firme, como si estuviera plantada ahí solo para ellos.
—Esa… —dijo, muy segura—. Esa… es abuela.
Julián sintió que se le apretaba la garganta. Tragó saliva, para que no se le notara que se le iban a salir las lágrimas.
—¿Sí? —preguntó, con la voz un poquito ronca.
—Sí —confirmó ella, muy seria—. Brilla… mucho. Fuerte. Cuida… de nosotros.
Luego señaló otra, un poquito más abajo, más chiquita pero igual de brillante.
—Esa… eres tú.
Julián no pudo evitarlo. Una lágrima caliente se le escapó por una mejilla, y bajó despacio hasta perderse en el cuello de la camisa. Apretó más fuerte el hombro de la niña, pegándola más a él, sin hacerle daño.
—¿Yo? —susurró.
—Sí —dijo Lucía, sonriendo, esa sonrisa suya que iluminaba todo más que cualquier estrella—. Brillas… para mí. Siempre.
Señaló una tercera, chiquita, suavecita, que parpadeaba lento.
—Esa… soy yo.
Julián miró las tres: la grande y fuerte arriba, la mediana firme al lado, la pequeña suavecita al lado de la otra. Las tres juntas, cerca, ninguna muy lejos de las otras. Sintió que el corazón se le hinchaba de algo tan grande, tan dulce, que casi no cabía en su pecho.
—Estamos juntas —dijo, más para sí mismo que para ella.
—Juntas —repitió Lucía, contenta, y luego agregó, muy bajito, como si fuera el secreto más importante del universo—. Familia.
En ese momento, Julián recordó la promesa que le había hecho a la abuela en la cocina, hacía pocas semanas. Recordó el miedo que sentía a veces, de no ser suficiente, de no saber cuidarla bien, de que Doña Carmen volviera y se la llevara, de que el mundo fuera demasiado cruel y rápido para alguien tan dulce y lenta como ella. Pero ahí, bajo esas estrellas, con su manita caliente en la suya, con Mota y Chispa durmiendo a sus pies, con el olor a jazmín y a pasto seco, todo ese miedo se fue un rato. Se desvaneció, como la niebla cuando sale el sol.
Se giró del todo hacia ella. Le tomó las dos manitas entre las suyas, que eran grandes y fuertes, y las calentó soplándoles un poco, porque ya le estaban heladas por el aire de la noche. La miró a los ojos, muy serio, muy firme, para que ella supiera que cada palabra que iba a decir era verdad, que no se la olvidaría nunca, que no la rompería jamás.
—Escúchame bien, Lucía —le dijo, despacio, claro, separando las palabras como ella lo hacía, para que le entraran todas despacito en la mente y en el corazón—. Quiero que te acuerdes de esto, siempre. Pase lo que pase. Venga quien venga. Digan lo que digan.
Hizo una pausa. Tragó saliva. Siguió:
—Yo siempre voy a estar contigo. Nunca te dejaré sola. Nunca. Si tienes miedo, yo estoy. Si lloras, yo estoy. Si te tarda mucho en entender algo, yo espero. Todo el tiempo que haga falta. Si el mundo corre mucho, yo me quedo caminando a tu lado. Despacio. Como te gusta. Si alguien quiere hacerte daño, yo me pongo delante. Si alguien quiere llevarte lejos, yo peleo. Con todo lo que tengo. Siempre. Hasta que esas estrellas de allá arriba se apaguen. Y aun después. ¿Me entiendes?
Lucía lo miró. Parpadeó lento. Procesó cada frase, una por una, muy despacio, como siempre. No entendió todas las palabras grandes. No entendió qué era “pelear con todo lo que tengo” ni qué significaba “hasta que se apaguen las estrellas”. Pero entendió lo importante. Entendió el tono de voz. Entendió la fuerza con que le apretaba las manos. Entendió la mirada. Entendió que era una promesa. Más fuerte que cualquier palabra. Más fuerte que cualquier papel firmado. Más fuerte que Doña Carmen y su libreta negra.
Asintió tres veces, muy fuerte, muy segura.
—Sí —dijo, y luego agregó, con una sonrisa tan dulce que a Julián le dolió el corazón de tanta ternura—. Yo… también… siempre… contigo.
Julián no pudo aguantar más. La abrazó fuerte, con todo el cariño que tenía dentro, pero sin apretar demasiado, siempre con cuidado, como si ella fuera de cristal. Ella le devolvió el abrazo, rodeándole el cuello con sus bracitos pequeños, y escondió la cara en el hueco de su hombro, respirando hondo el olor a madera y a jabón que siempre tenía él.
—¿Te acuerdas de la flor que me diste el primer día? —le preguntó Julián, muy bajito, en su oreja.
Ella asintió contra su camisa.
—La sigo teniendo —le dijo—. La guardé en un libro. Se secó, pero sigue ahí. Como tu promesa. No se rompe. Nunca.
Se quedaron abrazados un buen rato más, hasta que el frío de la noche empezó a calar más fuerte, y Julián notó que Lucía ya no movía tanto los pies, que su respiración se había vuelto más lenta, más profunda. Se estaba durmiendo.
—Vamos, cielo —le dijo, moviéndola suavemente—. A la casa. Que la abuela nos espera.
Se levantó del pasto, sacudió la manta para quitarle las hojas secas, y luego tomó a Lucía en brazos. Ella pesaba poquito, muy poquito, y se acomodó cómoda en su pecho, con la cabeza apoyada en su hombro, medio dormida ya. Julián agarró la manta con una mano, y con la otra la sostenía bien segura. Mota y Chispa se levantaron de un salto, estirándose, y caminaron delante de ellos, olfateando el camino, haciendo de guardias.
Al pasar por el tronco donde había estado trabajando todo el día, recordó el caballito de madera que había escondido detrás de unos arbustos para que no lo viera. Lo agarró también, con la misma mano que la manta, y sonrió. Se lo daría mañana, por la mañana, cuando estuviera despierta y contenta.
Cuando llegaron a la casita de la puerta amarilla, la abuela los esperaba en el porche, envuelta en su chal de lana negra, con una linterna chiquita encendida en la mano. No había dicho nada. No había salido a buscarlos. Había esperado. Porque ella también sabía de ir despacio. Sabía que algunas cosas, las más importantes, no se pueden apurar.
—¿Ya viene mi princesa dormida? —preguntó, muy bajita, sonriendo, cuando Julián subió los escalones.
—Casi —dijo él, también en susurro—. No quería volver. Se le acabaron las estrellas.
La abuela rió suave. Les abrió la puerta. El aire caliente y acogedor de la casa los recibió, con el olor a hierbabuena que siempre quedaba después de la cena. Julián llevó a Lucía hasta su habitación, la acostó en su cama con mucho cuidado, le quitó los zapatos de tela, la arropó bien hasta el cuello con la manta de flores. Mota saltó a los pies de la cama y se hizo una bola, Chispa se acostó en la alfombra al lado, como siempre.
Lucía abrió los ojos un segundo, medio dormida, lo miró sonriendo como en un sueño, y murmuró:
—Estrellas… juntas…
—Sí, cielo —le dijo Julián, inclinándose para darle un beso suave en la frente—. Juntas siempre. Ahora duerme.
Ella cerró los ojos otra vez, y en menos de un minuto ya estaba profundamente dormida, respirando tranquila, sin pesadillas, sin miedos, segura.
Julián se quedó ahí parado al lado de la cama un rato más, mirándola. Luego salió despacio de la habitación, cerrando la puerta con mucho cuidado para que no hiciera ruido.
En la cocina, la abuela lo esperaba con dos tazas de leche tibia con miel sobre la mesa. Se sentaron los dos en silencio, bebiendo despacio. Por la ventana abierta entraba la luz plateada de la luna, y de lejos se oía todavía el canto de los grillos.
—Le prometiste —dijo la abuela al fin, no era una pregunta. Era una afirmación. Había visto la mirada de los dos al volver. Había oído lo suficiente, sin escuchar nada.
Julián asintió, sin levantar la vista de su taza.
—Sí. Se lo prometí. Todo. Siempre.
La abuela sonrió, una sonrisa tranquila, llena de paz. Extendió la mano y le dio un golpecito suave en la suya, encima de la mesa.
—Eso es todo lo que necesitamos —dijo—. El resto… lo veremos. Juntos.
Julián levantó la vista hacia la ventana. Allá afuera, muy alto, las estrellas seguían brillando. Las tres que Lucía había nombrado seguían ahí, juntas, firmes, sin apagarse.
Él sonrió también.
Por un momento, por un rato largo y dulce, todo estaba bien. Todo estaba en su lugar. Doña Carmen, sus papeles, sus libretas negras, el mundo que corría, la gente que juzgaba… nada de eso existía ahí, en esa cocina caliente, con la abuela sonriendo, con Lucía durmiendo tranquila en la otra habitación, con los animales a salvo, con la promesa hecha y guardada, más fuerte que cualquier miedo.
Mañana sería otro día. Mañana podrían volver las sombras. Mañana podría volver el coche oscuro. Mañana podría haber peleas, miedos, dudas.
Pero esa noche no.
Esa noche solo había paz. Solo había estrellas. Solo había una promesa que no se rompería nunca.