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El Último Partido De La Tierra

El Último Partido De La Tierra

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Aventura / Héroes
Popularitas:54
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL REGRESO A CASA

Habían pasado varias semanas desde que Marcus abandonó la Tierra.

Cuando la nave de Omicron volvió a entrar en la órbita terrestre, nadie dijo una palabra.

Los motores se apagaron con un suave zumbido.

Las luces de la cabina se atenuaron.

Y entonces, a través del enorme ventanal principal, apareció.

Un pequeño planeta.

Azul.

Hermoso.

Silencioso.

Todos los jugadores se acercaron al cristal.

Para muchos, era la primera vez que lo veían.

No como esclavos mirando hacia arriba y soñando con la libertad.

Sino como hombres que sabían que iban a jugar por él.

Vex rompió el silencio.

—¿Ese es el Sistema Solar?

Marcus sonrió sin apartar la mirada del ventanal.

—No.

Hizo una pausa.

—Eso...

—es mi hogar.

Nadie respondió.

Buffar pensó en su hijo.

En Neptuno.

En las colonias agrícolas donde el cielo era verde y el aire olía a plantas.

¿Volvería a verlo?

¿O estaría contemplando ese mismo planeta desde algún rincón de la galaxia, sin saber que su padre estaba a punto de jugar por él?

Chilavar pensó en los niños del planeta de basura.

En las montañas de chatarra.

En aquella pelota hecha de trapos que había pateado con una precisión imposible.

¿Volvería por ellos?

¿O los había abandonado para siempre?

Cholo Solís sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Este planeta no está nada mal.

Johann no dijo una sola palabra.

Solo observó.

La nave aterrizó en las afueras de la ciudad principal.

Marcus esperaba encontrar una Tierra llena de alegría.

Esperaba banderas.

Carteles.

Personas celebrando que, finalmente, existía un equipo dispuesto a luchar.

Pero no.

Las calles estaban casi vacías.

La gente trabajaba.

Los niños jugaban.

Pero, de vez en cuando, todos levantaban la mirada hacia la enorme pantalla instalada en la plaza principal.

Había una cuenta regresiva.

48 DÍAS PARA EL TORNEO.

Los números cambiaban cada segundo.

Rojos.

Fríos.

Implacables.

Marcus sintió un nudo en el estómago.

Por primera vez comprendió que la Tierra ya lo sabía.

Sabía que podía desaparecer.

Y no sabía cómo procesarlo.

Algunos miraban la pantalla con esperanza.

Otros, con resignación.

Otros, con miedo.

Y algunos...

simplemente con indiferencia.

Como si ya hubieran decidido que no valía la pena esperar.

Johann preguntó:

—¿Dónde está Marado?

Marcus respondió:

—En el barrio donde aprendimos a jugar.

Llegaron a un barrio humilde en las afueras de la ciudad.

Calles estrechas.

Casas sencillas con paredes descascaradas.

Un muro cubierto de grafitis que decía:

RESISTIMOS.

NO ESTAMOS MUERTOS.

Y una pequeña cancha de cemento con las redes rotas y unas líneas blancas apenas visibles.

Desde lejos se escuchó una voz.

—¡¡¡Pásamela!!!

Marcus sonrió.

—Es él.

Marado seguía jugando exactamente como cuando tenía doce años.

Descalzo.

Con un balón viejo y desgastado, cuyos colores habían desaparecido por el uso.

Rodeado de niños.

Dejó que le quitaran el balón.

Le hizo un túnel imposible a un niño de ocho años.

Se rio.

Lo recuperó con un movimiento de capoeira que parecía más una danza que una jugada de fútbol.

El balón rebotó en su hombro.

Luego en su rodilla.

Después en su cabeza.

Y terminó en el suelo, perfectamente controlado.

No parecía el mejor jugador de la Tierra.

Parecía un niño que nunca había dejado de jugar.

Johann no apartó los ojos de él.

—Interesante...

Marcus se acercó.

—Marado.

El jugador se giró.

Lo reconoció inmediatamente.

—¡Marcus!

Se abrazaron.

Los niños los rodearon, curiosos y divertidos, tocando la ropa de aquellos extranjeros que habían llegado con él.

Uno preguntó:

—¿Quiénes son?

Marado sonrió.

—Mis nuevos amigos.

Marcus fue directo al punto.

—Necesito que vengas conmigo.

Marado dejó de sonreír.

—No.

Marcus quedó desconcertado.

—¿Qué?

Marado miró a los niños.

Uno llevaba una camiseta rota demasiado grande para su cuerpo.

Otro jugaba con zapatillas diferentes: una azul y otra roja.

Otro ni siquiera tenía zapatos.

—Si me voy...

¿quién jugará con ellos?

Silencio.

Marcus comprendió.

Otra vez.

No estaba frente a alguien que no quisiera ayudar.

Estaba frente a alguien que ya había encontrado a quién proteger.

—Marado, esto es más importante que...

—¿Más importante que ellos?

Marado señaló a los niños.

—Mira, Marcus. Este barrio... no tiene futuro.

—Las calles están llenas de pandillas.

—Los niños crecen viendo cómo sus hermanos mayores se pierden.

—Algunos terminan en las minas.

—Otros en las fábricas.

—Otros...

simplemente desaparecen.

Hizo una pausa.

—Pero aquí, en esta cancha...

aquí son niños.

Aquí sueñan.

Aquí se ríen.

Aquí creen que pueden ser algo más.

Miró directamente a Marcus.

—Si me voy...

¿quién les enseñará que el fútbol no es solo un juego?

¿Quién les demostrará que pueden ser libres, aunque solo sea durante noventa minutos?

Marcus no respondió.

Porque sabía que Marado tenía razón.

Johann sonrió discretamente.

Miró a Marcus.

Y pensó:

"Parece que el muchacho ha encontrado a otro jugador que piensa primero en los demás y después en sí mismo..."

El anciano se acercó.

Clavó su bastón en el suelo.

Tac.

Miró a Marado.

Y pronunció una sola frase.

—¿Qué harás con ellos...

cuando la Tierra deje de existir?

Marado no respondió.

Miró a los niños.

Uno de ellos todavía intentaba controlar el balón, tropezando con sus propios pies.

Otro dibujaba una portería con dos piedras, marcando cuidadosamente el suelo.

Una niña recogía el balón cada vez que salía de la cancha y corría descalza sobre el cemento caliente.

Todos seguían jugando.

Como si el mundo no estuviera a cuarenta y ocho días de desaparecer.

Entonces...

el más pequeño levantó la mirada.

Debía tener seis años.

Corrió hacia Marado.

Le tomó la mano.

Y preguntó con la inocencia que solo tienen los niños:

—Entrenador...

¿es verdad que el mundo se va a acabar?

...

Silencio.

Marado sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

No encontró una respuesta.

El niño volvió a preguntar:

—¿Es verdad...

que ya no podré jugar aquí?

Ahí...

Marado se quebró.

Porque ya no estaba discutiendo con Marcus.

Ni con Johann.

Estaba escuchando la pregunta de un niño.

Y comprendió que Johann tenía razón.

Si no jugaba...

aquella cancha desaparecería junto con esos niños.

Entonces...

Marado tomó el balón.

Lo apretó contra su pecho.

Levantó lentamente la mirada hacia Marcus.

Y pronunció una sola frase:

—¿Cuándo nos vamos?

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