Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.
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CAPÍTULO 11 EL PRIMER RESPIRO (Y LA SOMBRA QUE VUELVE)
Tres meses después de aquella noche en el almacén del puerto.
El sol de primavera entraba por las ventanas grandes de la cocina, iluminando el polvo dorado que bailaba en el aire. El olor a pan recién horneado y café con leche llenaba toda la planta baja. Elisa estaba de pie junto a la estufa, con un delantal de flores que Doña Carmen le había regalado, moviendo una sartén con huevos revueltos mientras tarareaba una canción que su madre le había enseñado de niña. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, no tenía que fingir ser nadie. No tenía que medir cada palabra, cada paso, cada mirada. Simplemente era ella.
—¡Mamá Elisa! ¡Lucas se comió toda la mermelada de frambuesa solo! —gritó Sofía desde la mesa, con los cachetes rojos de la indignación.
—¡No es cierto! —replicó el pequeño, con la boca llena y los labios rosados por el dulce—. ¡Solo me comí la mitad! ¡Tú te comiste la otra!
Elisa se giró, riendo, y les señaló con la espátula:
—Bueno, bueno, los dos son culpables. Pero está bien: hoy hice pan de más, así que hay para todos. Ahora siéntense bien que el desayuno se enfría.
Los dos obedecieron de inmediato, riendo y empujándose el uno al otro con los codos. Elisa los miró con el corazón a punto de salírsele del pecho. Todavía le costaba creer que todo aquello era real: la casa, la calma, los niños que la llamaban mamá sin dudar, sin miedo, sin mirarla como si fuera una extraña. Habían pasado tres meses desde que Ramiro se llevó a Valeria, desde que la deuda se canceló para siempre, desde que todo el infierno terminó. Tres meses de paz. De verdadera paz.
—Huele delicioso —dijo una voz suave a su espalda.
Eduardo la rodeó por la cintura con sus brazos y le dio un beso largo y suave en el cuello. Elisa se recostó contra su pecho, cerrando los ojos un segundo, disfrutando de su calor, de su olor a jabón de cedro y café. Ya no había secretos entre ellos, ya no había mentiras, ya no había miedo a que descubriera quién era realmente. Él la amaba a ella. A Elisa. A la mujer que había salvado a su familia cuando nadie más lo hizo.
—¿Y tú ya desayunaste, señor mío? —le preguntó ella, girándose en sus brazos para darle un beso rápido en los labios.
—Aún no —respondió él, sonriendo mientras le pasaba un mechón de pelo por detrás de la oreja—. Estaba esperando a que la chef me sirva su plato especial.
—¡Qué exquisito eres! —se rió ella, dándole un empujoncito juguetón en el pecho—. Ahí va. Con extra de queso, como te gusta.
Mateo fue el último en bajar. Iba con el uniforme del colegio impecable, la mochila colgada de un hombro, un libro de aventuras bajo el brazo. Tenía ya trece años cumplidos, se estaba haciendo alto, sus rasgos empezaban a parecerse cada vez más a los de Eduardo. Ya no era aquel niño callado y encogido que temía a todo y a todos. Ahora caminaba derecho, miraba a los ojos al hablar, reía a carcajadas con sus amigos, sacaba las mejores notas de la clase. Se sentó en su lugar de siempre, saludó a todos con una sonrisa y le dio a Elisa un apretón rápido y cariñoso en la mano cuando ella le puso el plato delante.
—Hoy tengo examen de matemáticas —dijo, mientras untaba mantequilla en una tostada.
—¿Y estás preparado? —preguntó ella, sentándose a su lado.
—Más que preparado —respondió él, con una chispa de orgullo en los ojos oscuros—. Me ayudaste tú a estudiar anoche, ¿te acuerdas? Voy a sacar un siete seguro.
—¡Claro que sí! —exclamó Elisa, muy contenta—. Yo confío en ti. Y si no sale perfecto, tampoco pasa nada. Lo importante es que lo intentaste.
Doña Carmen entró en ese momento por la puerta de la cocina, con su abrigo gris, su bolso de cuero negro y una bolsa de papel en la mano. Venía todas las mañanas a desayunar con ellos, desde que vivían todos juntos.
—¡Buenos días, mi gente querida! —gritó, con esa voz fuerte y cálida que siempre llenaba la casa—. Traje medialunas de manteca recién hechas, las de la panadería de la esquina que tanto les gustan. Y además, traje noticias.
Todos levantaron la cabeza al mismo tiempo. Doña Carmen sonrió, satisfecha por haber captado su atención, y se sentó en la cabecera de la mesa.
—¿Qué noticias, abuela? —preguntó Lucas, con la boca medio llena.
—Primero: el médico llamó ayer por la tarde —dijo, mirando a Elisa—. Dice que tu madre, doña Marisa, está recuperada de maravilla. La rodilla le funciona casi como nueva. Dentro de una semana le quitan los puntos y puede venir a vivir con nosotros definitivamente. Ya preparé la habitación de abajo, la que da al jardín: le puse una cama cómoda, un armario nuevo y hasta una mecedora para que pueda sentarse a ver las flores.
Elisa sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas de felicidad. Su madre. Después de tantos años de dolor, de esperar la operación, de trabajar doce horas al día para pagarla, por fin iba a estar con ella. En su casa. En su familia. No tendrían que volver a separarse nunca más.
—Gracias —le dijo a Doña Carmen, con la voz quebrada, apretándole la mano por encima de la mesa—. No sé cómo agradecerte todo lo que haces por nosotros.
La anciana le sonrió con ternura y le apretó la mano a su vez.
—No tienes que agradecerme nada, hija —respondió—. Tú me devolviste a mis nietos, le devolviste la vida a mi hijo. Esta familia eres tú ahora. Y lo que hago, lo hago con todo el corazón.
Eduardo pasó un brazo por los hombros de Elisa y la apretó contra sí, dándole un beso en la coronilla. Todos estaban felices. Todo parecía perfecto.
Pero Doña Carmen aún tenía la segunda noticia. Y esa no era tan buena.
—Y lo segundo —siguió ella, y su voz se volvió un poco más seria, más baja—: hablé con mi contacto en la policía, el comisario Herrera, ayer por la tarde. Me dijo que Ramiro Salgado sigue en la cárcel, en máxima seguridad, sin posibilidad de salida. Pero… —hizo una pausa, mirando a Elisa y a Eduardo a los ojos—. No hay rastro de Valeria por ninguna parte. Ni en la ciudad, ni en el país, ni en las fronteras. Desapareció. Como si se la hubiera tragado la tierra.
Un silencio frío cayó de golpe sobre toda la cocina. Las risas de los niños se apagaron. Elisa sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda de arriba abajo, a pesar del calor del sol que entraba por la ventana. Desaparecida. No muerta. No presa. Simplemente… desaparecida.
—¿Y qué significa eso? —preguntó Eduardo, frunciendo el ceño, con la mandíbula apretada.
—Significa que nadie sabe dónde está —respondió Doña Carmen, seria—. Puede estar en otro país, viviendo con otro nombre. O puede estar mucho más cerca de lo que creemos. Ella siempre fue muy lista para esconderse. Mi consejo es el mismo de siempre: mantengan las cámaras encendidas, cierren bien las puertas y las ventanas por la noche, no hablen con extraños. No hay que tener miedo. Pero sí hay que estar alerta. Siempre.
Elisa asintió, aunque por dentro sentía cómo la vieja angustia, aquella que creía haber dejado atrás para siempre, empezaba a apretarle de nuevo el pecho. Valeria libre. Valeria por ahí, en algún lugar, con todo ese odio que sentía por ella, por los niños, por toda esa vida que ella misma había perdido por su culpa. Sabía que su hermana no era capaz de dejarlas en paz. Sabía que, tarde o temprano, volvería. Que la sombra nunca desaparecía del todo.
Pero entonces sintió la mano de Eduardo apretándole el hombro, miró a Mateo que le sonreía con confianza, vio a Sofía y Lucas jugando con una medialuna entre las manos, escuchó a Doña Carmen contándoles un chiste para romper el silencio incómodo… y decidió que no iba a dejar que el miedo volviera a arruinarle la vida. No esta vez. Ahora tenía todo lo que siempre había soñado. Y lo iba a defender con uñas y dientes.
Terminaron de desayunar entre risas y charlas animadas. La noticia de Valeria quedó aparcada en un rincón de sus mentes, olvidada por un rato frente a la alegría del día que empezaba. Elisa ayudó a los niños a abrocharse los abrigos, les dio a cada uno un beso en la frente y les deseó un lindo día en el colegio. Doña Carmen se quedó un rato más para ayudar a ordenar la cocina, luego se despidió y se fue a hacer sus mandados. Eduardo se quedó hasta que llegó el auto que lo llevaría a la oficina, y antes de subir abrazó a Elisa fuerte, largo rato, sin decir nada. Solo se quedaron así, abrazados en el porche, bajo el sol de la mañana.
—No te preocupes —le susurró él al oído—. Estamos juntos. Nada ni nadie nos va a volver a separar. Jamás.
—Lo sé —respondió ella, escondiendo la cara en su cuello—. Solo… a veces me da miedo que todo sea demasiado bueno para ser verdad.
—Es verdad —aseguró él, separándose un poco para mirarla a los ojos—. Y se va a quedar así. Te lo prometo.
Se dio un beso largo, lleno de amor y promesas silenciosas, y luego Eduardo se subió al auto y se fue. Elisa se quedó parada en la verja mirándolo hasta que perdió de vista el vehículo por la esquina. Luego suspiró, se sacudió los hombros como para quitarse de encima el último resto de angustia, y entró en la casa para empezar con las tareas del día.
Toda la mañana transcurrió tranquila. Elisa limpió la casa, regó las plantas del jardín, atendió a tres clientas que venían a su taller de costura del garaje —su pequeño negocio, que ya tenía fama en todo el barrio por las cosas tan bonitas que hacía—, cosió tres vestidos y arregló dos pantalones. Se sentía útil, se sentía ella misma, se sentía feliz.
Hacia el mediodía, fue al buzón de la puerta a recoger el correo. Había facturas, una carta de la escuela de Mateo, un catálogo de ropa… y al final, un sobre blanco, liso, sin remitente, sin sello, sin nada escrito más que su nombre en la tapa, con una letra cursiva elegante y conocida que le heló la sangre en las venas de inmediato.
Valeria.
Elisa se quedó parada en el porche, mirando el sobre entre sus dedos, sin atreverse a abrirlo. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho, los oídos le zumbaban, las manos le empezaron a sudar frío. ¿Cómo había llegado ahí? Sin sello significaba que alguien lo había puesto personalmente en el buzón. Alguien había estado en su casa. Alguien había estado a metros de ella, de los niños, de todo lo que amaba… y no se había dado cuenta.
Respiró hondo tres veces, contando hasta diez, como le había enseñado Doña Carmen para controlar el miedo. Miró a ambos lados de la calle: no había nadie. Solo el viento moviendo las hojas de los árboles, el sol brillando, un perro ladrando a lo lejos. Todo normal. Todo en calma. Pero ella sabía que no lo estaba.
Entró en la casa, cerró la puerta con llave y pasó el cerrojo. Se sentó en la mesa de la cocina, con el sobre blanco delante, y con dedos que le temblaban un poco, rompió la tapa con cuidado.
Adentro había solo una hoja de papel, doblada en cuatro. La desplegó despacio.
No había una carta larga. Solo una foto y una sola frase escrita a mano, debajo.
La foto era de ella misma —de Elisa—, tomada sin que ella se diera cuenta, esa misma mañana, mientras estaba parada en el porche despidiendo a Eduardo. Se la veía de espaldas, mirando hacia la calle, con el sol iluminándole el pelo. Estaba tomada desde el otro lado de la verja, desde detrás de los arbustos de la entrada.
Y debajo, con la misma letra elegante y fría de siempre, decía:
*Te ves muy feliz, hermanita. Me alegro. Disfrútalo todo lo que puedas. Porque nada dura para siempre. Ya nos veremos pronto. Con cariño, V.*
Elisa dejó caer el papel sobre la mesa, como si le quemara los dedos. Se tapó la boca con la mano para no gritar. Las lágrimas de miedo se le acumulaban en los ojos, pero no las dejó caer. Tragó saliva, apretó los puños con fuerza, pensó en los niños, en Eduardo, en su madre que pronto vendría a vivir con ellos.
No. No iba a dejar que Valeria volviera a destruirle todo. No esta vez.
Se levantó de la silla, dobló la foto y la carta con cuidado, las metió en un cajón de la alacena donde nadie más las encontraría, y se lavó la cara con agua fría en el fregadero. Cuando se miró al espejo, sus ojos ya no tenían miedo. Tenían esa misma mirada de acero que la había salvado tantas veces antes.
Cogió el teléfono y llamó primero a Doña Carmen. Luego a Eduardo. Les contó todo, con voz firme, sin temblar.
—Está aquí —dijo, cuando terminó—. Está en la ciudad. Nos está vigilando. Pero no voy a tener miedo. Vamos a instalar más cámaras, vamos a poner rejas nuevas en las ventanas de abajo, vamos a hablar con el comisario Herrera. Vamos a estar listos. Porque esta vez, cuando ella aparezca… no nos vamos a esconder. La vamos a esperar de frente.
Colgó el teléfono. Se quedó un rato más mirándose al espejo, respirando hondo, recuperando la calma. Afuera el sol seguía brillando, los pájaros cantaban, la vida seguía su curso normal. Pero ella ya sabía la verdad.
La calma de los últimos tres meses no había sido el final.
Había sido solo la tregua.
Y la guerra, la verdadera guerra contra Valeria, estaba a punto de empezar de nuevo.