Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.
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CAPITULO 2. ¡BIENVENIDOS AL PARAISO! ¡O NO!
El vuelo fue exactamente la tortura que Samanta había vaticinado. Samuel no era un hombre maleducado, pero su humor alegre, jovial y sus ganas de entablar conversación chocaban de frente con la barrera de seriedad que ella intentaba mantener. Cada vez que Samanta se ponía los auriculares para ignorarlo, él encontraba una excusa para llamar su atención: que si el menú del avión era incomible, que si la turbulencia de hace diez minutos era perfecta para despertar a los pasajeros, o que si las islas a las que viajaban eran el mejor lugar del mundo para olvidar las malditas pantallas táctiles. Para cuando las ruedas del avión tocaron tierra, Samanta sentía que le iba a estallar la cabeza.
Recogió su maleta de la cinta de equipajes a la velocidad del rayo, dispuesta a perder de vista a su pesado compañero de fila.
—¡Buen viaje, jefa! —le gritó Samuel a lo lejos, despidiéndose con la mano y una sonrisa burlona mientras caminaba hacia los taxis—. ¡A ver si aprendes a sonreír un poco en vacaciones!
Samanta lo ignoró olímpicamente, subió al transporte que la esperaba y respiró hondo. Por fin se había librado de él. El trayecto hasta el hotel disipó su mal humor; el paisaje era espectacular, lleno de palmeras, acantilados y un mar de un azul tan intenso que parecía retocado con Photoshop. Cuando el coche se detuvo ante la entrada del hotel con spa, se quedó maravillada. Era un complejo precioso, de estilo colonial y vegetación tropical, situado literalmente a pie de playa. El aroma a jazmín y salitre lo inundaba todo.
Caminó hacia la recepción arrastrando su maleta, sintiéndose una mujer nueva. Se quitó las gafas de sol y le dedicó su mejor sonrisa a la recepcionista.
—Buenas tardes, tengo una reserva a nombre de Samanta Ruiz —dijo, entregando su documentación.
—Buenas tardes, señorita Ruiz. Déjeme revisar en el sistema... —La chica tecleó en el ordenador durante unos segundos, frunciendo el ceño—. Un apartamento de lujo con vistas al mar y acceso privado al spa, quince días. Sí, aquí está. El problema es que el sistema me marca una alerta de duplicidad. Un segundo, por favor.
Justo en ese momento, una voz demasiado familiar resonó a la espalda de Samanta.
—Buenas tardes. Vengo a hacer el check-in. La reserva está a nombre de Samuel Vargas.
Samanta se giró lentamente, como en una película de terror. Ahí estaba él. Samuel lucía unas gafas de sol de espejo, la camisa de lino un poco más desabrochada y la misma sonrisa radiante que la había desquiciado durante horas. Al verla, sus ojos se iluminaron con auténtica diversión.
—¡Pero bueno! ¿El destino nos vuelve a juntar tan pronto? —bromeó Samuel, apoyándose en el mostrador de la recepción—. Te lo juro, jefa, que yo no te estoy siguiendo.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Samanta, entrecerrando los ojos, sintiendo que el universo se estaba burlando de ella.
—Disfrutar de mis quince días de vacaciones en el mejor hotel de la isla, igual que tú, supongo.
La recepcionista interrumpió la incipiente disputa con una palidez que no auguraba nada bueno. Miraba la pantalla y luego a ambos clientes con evidente nerviosismo.
—Verán... tenemos un problema muy grave —explicó la empleada, tragando saliva—. Ha habido un error informático masivo con las agencias de viajes esta mañana. El apartamento de lujo número 204, que es el único libre de esa categoría, ha sido reservado y pagado simultáneamente por la agencia de la señorita Ruiz y por la del señor Vargas.
—Pues supongo que habrá que reubicar a uno de los dos en otra habitación —dijo Samanta con naturalidad, cruzándose de brazos—. Yo no tengo problema en que le den a él otra estancia, siempre que mantengan mis condiciones.
—Ese es el problema, señora... —añadió la recepcionista con voz temblorosa—. Estamos en plena temporada alta. El hotel está al cien por cien de su capacidad. No nos queda libre ni una sola habitación individual, ni una suite, ni un bungalow. Nada. Y el resto de hoteles de la zona están exactamente igual por el festival de verano.
Un silencio sepulcral cayó sobre el mostrador. Samanta miró a Samuel y luego a la recepcionista.
—¿Me estás diciendo que pretendes que comparta mi apartamento de vacaciones con este desconocido? —la voz de Samanta subió un octavo de tono, perdiendo toda la compostura de CEO.
—Lo lamento muchísimo. Estamos intentando contactar con la central para ver si hay alguna cancelación de última hora en algún hotel asociado, pero hasta que eso ocurra... la única opción legal que tenemos es que compartan la estancia en espera de que quede otro apartamento libre. El apartamento 204 es enorme, tiene dos ambientes, pero... solo una cama de matrimonio king-size y un sofá cama de diseño.
—¡De ninguna de las maneras! —exclamó Samanta, golpeando el mostrador con la palma de la mano—. Yo he pagado por mis vacaciones, necesito descansar de un año entero de estrés y exijo mi apartamento. Que se busque la vida él.
Samuel, que hasta el momento había estado callado asimilando la situación, cambió su gesto divertido por uno mucho más firme. Seguía siendo un tipo jovial, pero también era un hombre de negocios acostumbrado a mandar y a no dejarse pisotear.
—Un momento, jefa —dijo Samuel, cruzándose de brazos y mirándola desde su imponente altura—. Yo también he pagado hasta el último céntimo de esta reserva meses atrás. Mis vacaciones valen exactamente lo mismo que las tuyas, y no tengo ninguna intención de dormir en la playa ni de ceder un apartamento por el que he cotizado. Así que baja un punto el tono de superioridad.
—¿Superioridad? ¡Eres un pesado que me ha estado amargando el vuelo y ahora pretendes invadir mi intimidad! —reprochó Samanta, indignada.
—Yo solo intentaba ser simpático, pero veo que la educación no es tu fuerte cuando las cosas no salen como tú quieres —replicó Samuel, con una calma que a ella le pareció exasperante—. A mí tampoco me hace gracia compartir mi espacio con una mujer que parece que se ha tragado un palo, pero soy pragmático. O compartimos el sitio hasta que estos señores lo solucionen, o nos quedamos los dos en la calle discutiendo. Tú eliges.
Samanta respiró hondo, intentando que el pulso no se le disparara. Analizó la situación con la mente fría de una empresaria. No había plazas en toda la isla. Si se marchaba, perdería el regalo de sus amigas y sus ansiadas vacaciones. Si se quedaba, tendría que soportar al hombre más irritante del planeta bajo su mismo techo. Era una encerrona en toda regla.
—Está bien —dijo Samanta, fulminándolo con la mirada—. Compartiremos el apartamento temporalmente. Pero que quede claro una cosa, Samuel: tú no pasas de la línea del salón. Ese sofá cama va a ser tu nuevo hogar.
Samuel soltó una breve carcajada, recuperando su habitual aire jovial ante la victoria.
—Trato hecho, jefa. Que conste que soy un caballero y te cedo la cama grande. Pero no me llores si por las noches tengo la costumbre de andar descalzo.
La recepcionista, aliviada de que no corriera la sangre en el vestíbulo, les entregó las dos tarjetas electrónicas de la habitación con manos temblorosas. Samanta arrebató la suya con brusquedad, giró sobre sus talones y caminó hacia los ascensores sin esperar a Samuel. El viaje de relax que sus amigas le habían preparado con tanto amor se acababa de transformar en una auténtica guerra de convivencia. Y lo peor de todo era que su enemigo era endiabladamente guapo y sabía perfectamente cómo sacarla de sus casillas.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏