Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 2: Un compromiso accidental y otras desgracias
Beatrice Montclair descubrió, antes de que terminara el primer cuarto de hora en Bellhaven, que la sociedad era perfectamente capaz de convertir un tropiezo en destino.
No necesitaba pruebas.
No necesitaba declaraciones.
No necesitaba siquiera que los involucrados parecieran de acuerdo.
Bastaba un vestido traicionero, un brazo masculino usado sin autorización, un vals demasiado observado, una mano en la cintura y Lady Harcourt respirando cerca de un abanico.
Lady Agatha la encontró junto a una planta demasiado grande, donde Beatrice había intentado refugiarse con poca dignidad y menos éxito.
—Tres damas acaban de preguntarme si hay algo entre tú y Lord Ashford —dijo su tía.
Beatrice parpadeó.
—¿Tres?
—Tres.
—Qué diligente es Valdoria. Una casi pierde el equilibrio y, antes de recuperar el aliento, ya le han bordado iniciales ajenas en el ajuar.
Lady Agatha apretó los labios.
—No ayudes al rumor con frases memorables.
—No estoy ayudando al rumor. Estoy criticando su velocidad.
—La velocidad no es el problema.
—Discrepo. Si un rumor puede ir de una cintura a un compromiso en menos de un vals, deberíamos ponerle riendas.
Lady Agatha suspiró.
—Beatrice.
—¿Qué? Es una observación práctica.
Desde el otro lado del salón, Lady Harcourt hablaba con una dama de vestido lavanda y hacía un gesto con ambas manos que, para desgracia de todos, parecía representar una caída contenida por el destino.
Beatrice la señaló con el mentón.
—Mírela. Ya está componiendo el primer canto de nuestra desgracia.
—No hay desgracia.
—Todavía no. Pero dele diez minutos y una metáfora floral.
Lady Agatha la miró con firmeza.
—Debes tener cuidado.
—¿Con el rumor?
—Con Lord Ashford.
Beatrice miró hacia Nathaniel antes de poder evitarlo.
Él estaba hablando con Sebastián, aunque no parecía del todo atento a su hermano. Su mirada volvió a ella apenas un instante.
Solo uno.
Lo suficiente para que Beatrice recordara la firmeza de su mano en su cintura y lo cerca que habían quedado en medio de la música.
—Él no hizo nada malo —dijo.
—No dije que lo hiciera.
—Me sostuvo para que no cayera.
—Lo sé.
—Fue correcto.
—Muy correcto.
—Entonces no hay problema.
Lady Agatha alzó una ceja.
—Querida, cuando una dama insiste tanto en que no hay problema, generalmente el problema ya está buscando dónde sentarse.
Beatrice miró de nuevo hacia la pista, hacia las damas murmurando, hacia Sebastián sonriendo como si la noche le hubiera entregado un regalo, y hacia Nathaniel Ashford, demasiado serio, demasiado correcto y difícil de ignorar.
—Esto será una catástrofe —murmuró.
Lady Agatha tomó un pastelillo de una bandeja cercana y se lo entregó con solemnidad.
—Entonces será mejor que no la enfrentes con el estómago vacío.
Beatrice aceptó el pastelillo.
—Gracias. Me alegra saber que, aunque mi reputación esté siendo organizada por desconocidas, al menos habrá azúcar.
La noche no mejoró.
Cada intento de desmentir el rumor parecía alimentarlo. Cuando Nathaniel dijo que no había anuncio alguno “esta noche”. Cuando Beatrice explicó que había perdido un paso, la condesa viuda de Everly respondió que algunas damas comenzaban perdiendo un paso y terminaban ganando un apellido.
Sebastián, por supuesto, disfrutó cada segundo.
—He oído “compromiso inexistente” —dijo, apareciendo junto a ellos con una copa—. ¿Es ese el nombre oficial o aún están recibiendo sugerencias?
—Sebastián —dijo Nathaniel.
—Yo propondría “la alianza del estribo”. Tiene fuerza.
—No hubo alianza —dijo Beatrice.
—Entonces “el pacto de la cintura”. Más específico.
Nathaniel le quitó la copa de la mano.
—No necesitas eso.
—Al contrario. Esta noche exige hidratación constante.
Beatrice miró de Nathaniel a Sebastián.
—¿Su hermano siempre es así?
—Peor cuando tiene público.
—Y esta noche tengo público excelente —dijo Sebastián—. Lady Harcourt ya ha informado a dos vizcondesas, un barón con problemas de audición y una señora que no conozco, pero que parecía profundamente agradecida.
Beatrice cerró los ojos.
—Voy a asesinar a mi vestido, mi pie y posiblemente la música.
—Sería difícil probar intención criminal contra la música —dijo Nathaniel.
Ella abrió los ojos y lo miró.
—¿Acaba de hacer una broma?
—No estoy seguro.
—Qué alarmante. Puede que la noche también haya arruinado su carácter.
Sebastián se llevó una mano al pecho.
—Oh, no. Nathaniel, si empiezas a desarrollar encanto en público, madre se emocionará.
Como si aquello hubiera sido una invocación, Lady Ashford apareció entre los grupos de invitados con una serenidad tan perfecta que Beatrice comprendió de inmediato de quién había heredado Nathaniel su capacidad para parecer compuesto durante un desastre.
Lady Ashford no caminaba.
Administraba el espacio.
A su lado venía Lady Agatha, que no parecía alterada. Eso, en opinión de Beatrice, era peor que si hubiera parecido furiosa.
—Beatrice —dijo Lady Agatha.
—Tía, antes de que Lady Harcourt le informe, debo aclarar que no estoy comprometida.
—Eso he oído.
—¿Que no lo estoy?
—Que lo estás.
—Entonces ha oído mal.
Lady Ashford miró a Nathaniel.
—Hijo.
—Madre.
—¿Deseas explicar?
Nathaniel respiró como un hombre que había enfrentado ciertos documentos legales con menos resistencia.
—La señorita Montclair tuvo un accidente menor durante el vals.
—Mi pie tuvo una crisis moral —corrigió Beatrice.
—La sujeté para evitar que cayera.
—Con eficacia desafortunada.
—Luego terminamos el baile.
—Y Valdoria decidió escribir invitaciones.
Lady Agatha cerró los ojos un instante.
Lady Ashford miró hacia el salón. Varios invitados fingieron apartar la vista. Uno lo hizo tan tarde que casi tropezó con una planta.
—El problema —dijo Lady Ashford— es que ya han sido vistos.
—Todos somos vistos en los bailes —dijo Beatrice—. Es uno de sus defectos fundamentales.
—Han sido vistos juntos —aclaró Lady Agatha—. Primero en la entrada. Luego en el vals. Luego discutiendo con visible familiaridad.
—No discutíamos con familiaridad —dijo Nathaniel.
—Discutíamos con indignación —añadió Beatrice—. Hay una diferencia.
Sebastián sonrió.
—Una diferencia romántica, si se mira con suficiente mala intención.
Nathaniel le devolvió la copa.
—Ve a beber agua.
—Esto es agua, si uno tiene imaginación.
Lady Ashford ignoró a Sebastián con la elegancia de una mujer practicada.
—Desmentiremos el rumor.
Beatrice sintió una oleada de alivio.
—Excelente.
—Con cuidado —añadió Lady Agatha.
El alivio murió joven.
—¿Qué significa “con cuidado”?
—Significa que no puedes subirte a una silla y anunciar que no aceptarías a Lord Ashford ni bajo amenaza de incendio.
Beatrice miró a Nathaniel.
—Yo no habría dicho incendio.
—Qué consideración.
—Habría dicho inundación. Es menos personal.
Nathaniel abrió la boca. La cerró. Sebastián hizo un sonido que podría haber sido tos o alegría pura.
Lady Ashford juntó las manos.
—Si se desmiente con demasiada fuerza, parecerá que hay algo que esconder.
—Pero si no se desmiente, parecerá que hay algo que anunciar —dijo Nathaniel.
—Exactamente —respondió Lady Ashford.
Beatrice miró a Lady Agatha.
—¿Hay una tercera opción en la que todos olvidan la noche porque alguien derrama ponche sobre un duque?
—No mientras yo pueda impedirlo.
—Qué falta de ambición.
El acuerdo, decidido principalmente por las matriarcas y tolerado con horror por los afectados, fue permitir que el rumor sobreviviera unos días sin alimentarlo. Visitas formales. Presencia pública correcta. Nada íntimo. Nada excesivo. Nada que pareciera huida.
—Y nada de frases ambiguas —dijo Lady Ashford.
Todos miraron a Nathaniel.
—¿Por qué me miran a mí? —preguntó él.
—Por la gramática —dijo Beatrice.
Lady Agatha tocó suavemente el brazo de su sobrina.
—Y tú, querida, nada de ironías cerca de personas con abanicos activos.
—Eso elimina a la mitad del salón.
—Precisamente.
Cuando las madres se alejaron a reorganizar el destino de varias personas sin solicitar autorización, quedaron Beatrice, Nathaniel y Sebastián.
Durante unos segundos ninguno habló.
Luego Beatrice dijo:
—Bien. Ha sido un placer comprometerme accidentalmente con usted durante aproximadamente veintisiete minutos.
—No estamos comprometidos.
—Eso he dicho. Accidentalmente.
Nathaniel la miró con tal seriedad que Beatrice sintió el impulso absurdo de sonreír.
—Lamento esto —dijo él.
Aquello la desarmó un poco.
—No lo causó usted.
—Tampoco lo evitó mi brazo.
—Su brazo fue víctima de las circunstancias.
—Usted también, según parece.
Beatrice miró hacia la pista. Las parejas giraban bajo las luces con una elegancia que le pareció ofensiva.
—No soporto que decidan por mí —dijo, más bajo.
Nathaniel no respondió enseguida.
Cuando lo hizo, su voz ya no tuvo el filo seco de la incomodidad.
—Entonces no lo permitiremos.
Beatrice volvió a mirarlo.
—¿Y cómo propone impedirlo? ¿Con otro tratado gramatical?
—Con prudencia.
—Qué palabra tan poco tranquilizadora.
—Y con paciencia.
—Peor.
—Y, si falla todo lo anterior, con una negativa clara.
Beatrice lo estudió.
Lord Nathaniel Ashford, con su corbata perfecta, su reputación impecable y su expresión de hombre que sabía exactamente dónde estaban todos los cubiertos en una cena formal, acababa de ofrecerle algo que no sonaba como rescate, ni como obligación, ni como superioridad.
Sonaba a alianza.
Eso era inaceptablemente interesante.
Sebastián rompió el silencio.
—Debo decir que, para dos personas no comprometidas, están teniendo una conversación muy comprometida.
—Sebastián —dijo Nathaniel.
—Ya me voy. Solo quería presenciar el nacimiento de la prudencia con paciencia. Es un espectáculo raro.
Se marchó antes de que Nathaniel pudiera responder.
Beatrice siguió a Sebastián con la mirada.
—Su hermano es terrible.
—Lo sé.
—¿Puedo decirlo en voz alta?
—Él lo consideraría un elogio.
—Entonces no.
La música comenzó de nuevo.
Beatrice sintió antes de verlo que varias miradas se movían hacia ellos. El salón entero parecía contener la respiración con modales.
Nathaniel lo notó también.
—No tiene que hacerlo —dijo.
—¿Bailar?
—Sí.
—Lady Agatha cree que ayudaría.
—Lady Agatha también cree que el té puede resolver conflictos diplomáticos.
—Y generalmente puede.
Nathaniel le ofreció la mano, pero no se acercó más.
—Solo si usted quiere.
Beatrice miró la mano. La misma seguridad del accidente. El mismo caballero que había dicho que no permitirían que decidieran por ella.
Un vals más no iba a salvarlos.
Pero quizá les permitiría fracasar con dignidad.
—Uno —dijo.
—Uno.
—Correcto.
—Correcto.
—Distante.
—Tanto como permita el baile.
—Eso no fue tranquilizador.
—Era honesto.
Beatrice tomó su mano.
—Muy bien, Lord Ashford. Vamos a aburrir a la sociedad.
Nathaniel la condujo hacia la pista.
—¿Cree que funcionará?
—No.
—Yo tampoco.
—Pero, si vamos a fracasar, tendremos que hacerlo con dignidad.
—Eso sí puedo prometerlo.
El vals empezó.
Esta vez Beatrice no tropezó. Nathaniel no la sostuvo de forma escandalosa. Nadie hizo nada que pudiera transformarse razonablemente en poesía.
Y, aun así, precisamente porque intentaban parecer tranquilos, correctos y ajenos al rumor, el salón pareció convencerse de lo contrario.
—Todos miran —murmuró ella.
—Sí.
—No estamos resultando aburridos.
—No.
—Su plan es pésimo.
—Era el plan de nuestras madres.
—Entonces estamos condenados.
Nathaniel giró con ella, sereno y cercano. Demasiado cercano para la distancia que ambos habían acordado, aunque no más de lo permitido.
Al terminar el vals, Nathaniel la soltó con precisión.
Solo que esta vez sus dedos tardaron apenas un instante más en separarse.
Lo suficiente para que Beatrice lo notara.
Lo suficiente para que Lady Harcourt también lo notara.
—Estamos perdidos —murmuró Beatrice.
Nathaniel miró hacia el salón, donde varias sonrisas parecían haber sido encendidas al mismo tiempo.
—Temporalmente.
—No use palabras optimistas sin autorización.
—Muy bien. Estamos en una situación difícil.
—Eso suena como si pudiera archivarla.
—Podría intentarlo.
—Lord Ashford, si archiva nuestro falso compromiso bajo alguna categoría, le pisaré el pie.
—¿Accidentalmente?
Beatrice sonrió.
—Con considerable decisión.
Nathaniel la miró como si quisiera evitar sonreír y no estuviera seguro de merecer el éxito.
No lo consiguió.
Y mientras Lady Agatha y Lady Ashford observaban desde el borde del salón con expresiones demasiado satisfechas para tratarse de una simple crisis social, Beatrice comprendió dos cosas.
La primera: el rumor no iba a morir esa noche.
La segunda: quizá el verdadero peligro no era que Valdoria creyera que estaba comprometida con Lord Nathaniel Ashford.
El verdadero peligro era que, durante un instante brevísimo, la idea no le había parecido tan ofensiva como debería.