NovelToon NovelToon
Renacer En Tu Piel: La Esposa Del Magnate

Renacer En Tu Piel: La Esposa Del Magnate

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Venganza / CEO / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: El Naufragio de los Traidores y la Tormenta en la Sombra

La revelación de Elena resonó como un detonante en medio de la plaza. El enjambre de periodistas se abalanzó hacia Julián y Valeria con una voracidad casi salvaje, buscando captar cada microgesto de terror en sus rostros. Los flashes de las cámaras parpadeaban incesantemente, iluminando la palidez cadavérica que había transformado la falsa arrogancia de Julián en una máscara de pánico helado.

—¡Esto es absurdo! —titubeó Julián, alzando la voz por encima del caos mientras trataba desesperadamente de mantener una fachada de compostura—. ¡Elena está siendo manipulada! ¡No hay ninguna prueba de lo que dice! ¡Señor Valenti, usted está siendo utilizado para un golpe corporativo ilegítimo!

Dante ni siquiera se inmutó. Mantuvo su postura erguida, dominando el espacio como una estatua esculpida en granito. Su mano permanecía firme alrededor de la cintura de Elena, posesiva y protectora, apretándola contra su costado para que la presión de la prensa no rozara ni un milímetro de su vestido.

—Usted no está en posición de dar lecciones sobre legitimidad, Señor —respondió Dante. La potencia de su barítono rasgó el aire con una frialdad lacerante que dejó mudos a los reporteros cercanos—. Las evidencias de sus transferencias hacia cuentas bancarias ficticias en el extranjero fueron entregadas a la fiscalía especial de delitos económicos hace exactamente cuarenta minutos. Si desea dar explicaciones, le sugiero que las reserve para su abogado.

Antes de que Julián pudiera articular una palabra más, las sirenas de dos patrullas policiales comenzaron a aullar al final de la avenida. El sonido agudo cortó el tráfico matutino, acercándose con rapidez hasta detenerse al pie de la escalinata de Rossi Design. Cuatro agentes uniformados y un oficial vestido de civil descendieron con carpetas en mano.

Valeria dejó escapar un chillido agudo de horror, dando dos pasos hacia atrás mientras agarraba compulsivamente el brazo de Julián.

—¡Julián, haz algo! —chilló en un susurro desesperado, con los ojos desorbitados—. ¡Nos dijeron que todo estaba cubierto! ¡Dijiste que ella no se enteraría de las firmas!

—¡Cállate, Valeria! —siseó Julián entre dientes, intentando soltarse del agarre de la joven mientras la sudoración fría le cubría la frente.

El oficial de policía subió los escalones con paso firme, ignorando los micrófonos que se le interponían en el camino. Se detuvo directamente frente a Julián.

—¿Señor Julián Sola? —preguntó el oficial con monotonía burocrática.

—Esto es un error trágico... Yo soy el director ejecutivo en funciones...

—Tenemos una orden de detención preventiva y registro en su contra por presunta malversación de fondos, fraude corporativo y falsificación de documentos mercantiles —lo interrumpió el oficial sin rodeos, mostrando la orden firmada por un juez de instrucción—. Por favor, acompáñenos sin oponer resistencia.

Ante las miradas atónitas de toda la élite empresarial que observaba las pantallas de televisión en directo, un agente le sujetó las muñecas a Julián y le colocó las esposas de metal. El chasquido del acero resonó en los oídos de Elena como la música de una victoria largamente esperada.

Julián alzó la vista, encontrándose con la mirada de Elena. Buscó desesperadamente en sus ojos algún rastro de la mujer sumisa, insegura y maleable a la que creía haber dominado en el pasado. Pero solo encontró dos pozos de obsidiana helada, una compostura majestuosa y un desprecio absoluto.

—Elena... por favor... hablemos en privado —suplicó él en un susurro patético mientras los agentes lo obligaban a descender los escalones.

Elena inclinó ligeramente la cabeza, sosteniendo su postura erguida. Sus curvas prominentes y su presencia imponente destacaban bajo la luz del sol, transmitiendo el aura de una reina que acaba de reclamar su trono robado.

—El tiempo de hablar se terminó el día que intentaste destruir mi vida, Julián —respondió ella con calma matemática—. Ahora solo te queda pagar la cuenta.

Valeria, acorralada por los flashes y el desprecio visible de los empleados de la compañía que observaban desde los ventanales de la entrada, rompió a llorar de forma histérica. Intentó abalanzarse sobre Elena con las uñas por delante.

—¡Perra descarada! ¡Le vendiste tu alma a este hombre solo para arruinarme! ¡Todo esto era mío! —gritó fuera de sí.

Sin embargo, antes de que Valeria pudiera acercarse a menos de dos metros de Elena, la mano masiva de Dante se interpuso en su trayectoria, sujetándole la muñeca en el aire con una fuerza de prensa hidráulica. La mirada que Dante le dirigió a la joven fue tan brutalmente helada que el llanto de Valeria se congeló al instante en su garganta.

—Si vuelve a intentar agredir o insultar a mi esposa —murmuró Dante en un tono cavernoso que solo ellos tres pudieron escuchar—, me aseguraré de que no le quede un solo centavo ni para pagar la fianza de su amante. Suéltela, Oficial.

Dante soltó la muñeca de Valeria como si fuera un trapo sucio. La joven tropezó hacia atrás, cayendo de rodillas sobre el granito de los escalones mientras los guardias de seguridad del edificio procedían a escoltarla fuera de la propiedad.

Elena contempló el espectáculo sin que le temblara un solo músculo de la cara. Sin embargo, en el fondo de su pecho, sintió que un peso invisible comenzaba a levantarse. La primera fase de su venganza estaba consumada; los traidores habían caído públicamente. Pero mientras observaba la espalda imponente de Dante, supo que el verdadero desafío ahora no estaba en los tribunales, sino en la pasión devoradora que amenazaba con consumir sus defensas cada vez que él la tocaba.

Una hora más tarde, el despacho presidencial del último piso de Rossi Design olía a limpio, aunque el ambiente aún albergaba el recuerdo de las decisiones pasadas.

Elena se encontraba tras el gran escritorio que alguna vez perteneció a su padre. Deslizó sus dedos sobre la madera barnizada, sintiendo una mezcla de nostalgia y triunfo. Había recuperado la empresa. Las firmas falsas habían sido anuladas por la vía cautelar, y la junta directiva, aterrorizada por la presencia de Dante y las posibles consecuencias legales, había ratificado por unanimidad su puesto como presidenta ejecutiva absoluta.

La puerta de caoba del despacho se cerró con un chasquido sordo.

Dante caminó hacia el centro de la estancia. Se había quitado el saco del traje, dejándolo sobre uno de los sofás de cuero. Su camisa blanca de vestir, ligeramente abierta en el cuello, dejaba ver el nacimiento de su pecho esculpido y las clavículas marcadas. Sus hombros anchos y su talle ceñido llenaban la habitación con un magnetismo abrumador.

—Se ejecutó todo según lo planificado —dijo él, cruzándose de brazos mientras la observaba con esa mirada gris, penetrante y analítica—. En tres días, la auditoría forense habrá terminado de rastrear los últimos activos. Julián no saldrá de prisión preventiva en meses.

Elena se levantó de su sillón. Rodeó el escritorio con elegancia, permitiendo que el vestido crema marcara el contorno voluptuoso de sus caderas a cada paso. Se detuvo a menos de un paso de distancia de Dante, alzando la mirada hacia su rostro perfecto.

—Gracias, Dante —susurró, con la voz cargada de una sinceridad profunda—. Podría haber luchado sola, pero la velocidad y el impacto de esto... solo fueron posibles por tu poder.

Dante bajó los brazos y dio un paso más, acortando cualquier rastro de distancia física. Sus manos grandes encontraron de inmediato la curva pronunciada de la cintura de Elena, amoldándose a sus formas con un dominio instintivo.

—No fue solo mi poder, Elena —respondió él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo rasposo y lleno de deseo—. La forma en que caminaste por esa plaza, la frialdad de tus palabras y la seguridad con la que reclamaste lo tuyo... Me volviste loco.

Elena sintió un temblor de anticipación recorrerle el vientre. La intensidad con la que los ojos grises de Dante recorrían sus labios le erizaba la piel.

—¿Te vuelvo loco, Señor Valenti? —provocó ella, apoyando sus manos suaves sobre el pecho duro de él, sintiendo el latido acelerado de su corazón tras la tela de la camisa.

—Desde el primer segundo en que entraste a mi oficina —confesó Dante sin dudarlo.

Sin pedir permiso, la atrajo con un movimiento seco y decidido, pegando la parte frontal de su cuerpo contra la de ella. El contacto de la musculatura de Dante contra la plenitud de sus pechos hizo que Elena ahogara un gemido. La mano de él subió por la espalda de la joven, hundiendo los dedos en su tupida melena castaña para inclinarle la cabeza hacia atrás.

Sus labios se encontraron en un beso hambriento, salvaje y cargado de una adrenalina contenida. Dante la devoró con una posesividad feroz, reclamando su boca con la lengua en una danza dominante que le arrancó todo el aire a Elena. Ella respondió con la misma desesperación, aferrándose a sus hombros anchos y pegando sus caderas al torso del magnate.

Dante la levantó ligeramente en vilo, sentándola sobre el borde del enorme escritorio de caoba. Los papeles y las carpetas de la junta directiva cayeron al suelo con un estruendo que a ninguno de los dos les importó.

Él se acomodó entre los muslos de ella, abriéndolos con suavidad mientras sus manos descendían por la tela del vestido para sujetar la carne firme y voluptuosa de sus piernas. El calor que emanaba del cuerpo de Dante era un fuego directo que derretía cualquier intento de contención.

—Dante... estamos en mi oficina... los empleados... —alcanzó a musitar Elena entre besos febriles, aunque sus manos no dejaban de desabrochar los botones superiores de la camisa de él para sentir la piel desnuda de sus pectorales.

—Que intenten interrumpirnos si se atreven —repuso Dante contra su cuello, mordisqueando con delicadeza la zona sensible donde el cuello se unía al hombro, haciéndola estremecer de placer—. Eres mi esposa, Elena. Y ahora mismo no hay nada en este mundo que me importe más que sentir cómo te entregas a mí.

Sus dedos diestros buscaron la cremallera trasera del vestido de Elena. Con un deslizamiento rápido, la tela se abrió, dejando al descubierto la espalda dorada de la mujer y las tiras de encaje de su lencería. Dante deslizó sus manos por la piel desnuda de su columna, atrayéndola con una fuerza que hizo que la intimidad de ambos chocara febrilmente.

Elena dejó caer la cabeza hacia atrás, entregada por completo a la tormenta de sensaciones. En ese escritorio, donde los traidores habían planeado su ruina, ella estaba renaciendo en los brazos de un hombre que no solo la defendía ante el mundo, sino que veneraba cada centímetro de su cuerpo con una devoción devoradora.

El sol comenzaba a caer sobre la ciudad cuando el vehículo blindado de los Valenti regresó a la propiedad. La atmósfera en el interior del automóvil era densa, impregnada de una intimidad cómplice y del perfume ahumado que ambos compartían tras las horas transcurridas en el despacho.

Al entrar al vestíbulo de la mansión, el llanto bajo y constante del pequeño Leo rompió la serenidad del lugar.

Elena se despojó de sus tacones de inmediato, caminando descalza sobre el mármol hacia la sala de estar principal. La niñera se encontraba paseando al bebé de un lado a otro, visiblemente preocupada mientras intentaba calmarlo con un biberón que el niño rechazaba una y otra vez.

—¿Qué ocurre, Marta? —preguntó Elena con voz suave, acercándose.

—Oh, Señora Valenti —dijo la mujer madura con alivio—. No lo sé. Lleva casi una hora así. No tiene fiebre, pero rechaza la leche y no quiere dormirse. He intentado todo...

—Dámelo, por favor —pidió Elena.

Tomó al pequeño Leo en sus brazos, acomodándolo de inmediato contra el hueco de su hombro y su pecho. El contacto con el calor de Elena y el aroma dulce de su piel tuvieron un efecto instantáneo sobre el bebé. Leo soltó un último sollozo hipado, abrió sus ojitos llorosos y, al reconocer el rostro de Elena, apoyó la mejilla sobre la curva suave de su escote, soltando un suspiro profundo.

Elena comenzó a balancearse suavemente, acariciándole la espalda con movimientos circulares mientras le tarareaba una melodía dulce en un susurro. En menos de cinco minutos, los párpados del niño cayeron pesadamente, quedándose profundamente dormido contra su cuerpo.

Dante, que había estado observando la escena desde la entrada de la estancia con las manos en los bolsillos de sus pantalones, sintió que un nudo opresivo se formaba en su garganta.

Desde la muerte de su primera esposa en aquel trágico accidente de parto, la mansión había sido un lugar frío, un templo dedicado al deber, a la culpa y a la soledad. Ver a Elena —con el cabello ligeramente desordenado, la piel radiante y ese cuerpo magnífico cargado de una ternura maternal infinita— acunando a su hijo le demostró que su matrimonio de conveniencia había dejado de ser un trato de negocios hacía mucho tiempo.

Se acercó en silencio por detrás. Pasó un brazo fuerte alrededor de los hombros de Elena, atrayéndolos a ambos hacia su pecho. Inclinó la cabeza y besó la mejilla de su esposa, sintiendo la tersura de su piel.

—Eres un milagro para esta casa, Elena —murmuró él, con una vulnerabilidad en la voz que nunca antes le había permitido escuchar a nadie.

Elena alzó la vista hacia los ojos grises del magnate. En ellos ya no solo había el fuego de la pasión física o la frialdad del estratega; había un destello de devoción pura, de un amor incipiente que comenzaba a florecer entre las ruinas de sus pasados.

—Leo necesita una madre, Dante —respondió ella en un susurro emocional—. Y yo necesito una familia a la cual proteger.

—La tienes —sentenció Dante, besando sus labios con una ternura infinita que prometía un futuro eterno—. Nos tienes a los dos.

La noche cayó sobre la finca Valenti envuelta en una niebla espesa.

Mientras Elena descansaba en el dormitorio principal tras haber dejado a Leo en su cuna, Dante se encontraba en su estudio privado del piso inferior. La habitación estaba iluminada únicamente por la luz tenue de un quinqué sobre la mesa de noche y la pantalla de su ordenador corporativo.

Frente a él se encontraba Roberto, su jefe de operaciones de seguridad.

—¿Cuál es el informe de la prisión? —preguntó Dante con voz fría, dando un trago a su vaso de whisky.

—Julián Sola está bajo custodia en la prisión central, Señor Valenti —informó Roberto con voz neutra—. Sin embargo, hace dos horas recibió la visita de un abogado penalista contratado por un tercero. No pudimos rastrear el origen de los fondos de los honorarios, pero vienen de una cuenta bancaria radicada en Suiza.

Dante entrecerró los ojos, y una sombra peligrosa volvió a apoderarse de su rostro.

—¿Un tercero? ¿Quién querría proteger a un estafador de poca monta como Julián?

—Investigamos las llamadas salientes del teléfono de Valeria antes de que fuera escoltada por la seguridad —continuó el agente, entregándole una carpeta roja a Dante—. Ella no solo estaba trabajando con Julián para quitarle la empresa a la Señorita Elena. Estaban recibiendo financiación de la familia Moretti.

Dante se congeló. La mención de los Moretti hizo que los músculos de su mandíbula se tensaran hasta casi crujir. Los Moretti eran el conglomerado rival más despiadado de la ciudad, los mismos que habían intentado sabotear sus operaciones financieras durante años y que guardaban un rencor histórico contra el apellido Valenti.

—Los Moretti querían utilizar las acciones de Rossi Design para filtrar información de nuestros contratos a través del matrimonio de Elena y Julián —explicó Roberto—. Al casarse usted con la Señorita Elena y asumir el control de la empresa, les ha destruido un plan estratégico de años. No van a quedarse de brazos cruzados.

Dante cerró la carpeta con un golpe seco que resonó como un disparo en la habitación. Se levantó de su sillón, dejando ver toda su envergadura imponente.

—Aumenta la seguridad en la mansión al doble —ordenó con una voz que helaba la sangre—. Nadie entra ni sale sin mi autorización directa. Si los Moretti creen que pueden usar a mi esposa o a mi hijo para tocarme, van a descubrir de la peor manera por qué soy el dueño de esta ciudad.

Mientras tanto, en una celda oscura de la prisión central, Julián permanecía sentado sobre la litera de cemento. Tenía el traje arrugado, la corbata hecha pedazos y el rostro surcado por el resentimiento.

La puerta de hierro de la celda se abrió con un chirrido metálico. El guardia de turno dio paso a un hombre elegantemente vestido con un abrigo de paño oscuro, cuya sombra proyectaba una presencia siniestra sobre el suelo.

Julián alzó la vista, temblando.

—¿Quién es usted? ¿Viene de parte del Señor Moretti?

El hombre del abrigo se sacó los guantes de piel con parsimonia, observando a Julián con un desprecio absoluto.

—El Señor Moretti está muy decepcionado con tu incompetencia, Julián —dijo el hombre con una voz rasposa—. Te dimos los recursos para seducir y destruir a una chica obesa e insignificante, y terminaste entregándole Rossi Design en bandeja de plata a Dante Valenti.

—¡No es la misma mujer! —gritó Julián, desesperado, agarrándose de los barrotes—. ¡Elena cambió! ¡Esa perra renació de la nada! ¡Sabe cosas que no debería saber! ¡Conoce los números de las cuentas, las fechas... todo!

El hombre del abrigo entrecerró los ojos, analizando el pánico real en la voz de Julián.

—No me importa qué demonios haya cambiado en ella —respondió el desconocido, sacando un sobre cerrado de su bolsillo interno—. El Señor Moretti pagará tu fianza mañana por la mañana. Pero no será para que te escondas. Vas a terminar lo que empezaste. Elena Rossi debe desaparecer, y Dante Valenti debe pagar con sangre el haber interferido en nuestros negocios.

Julián tomó el sobre con manos temblorosas. Una sonrisa enferma y deformada por el odio comenzó a dibujarse en su rostro. La oportunidad de vengarse de la mujer que lo había humillado públicamente y del hombre que le había quitado todo acababa de abrirse ante él.

En el dormitorio principal de la mansión, Elena se despertó bruscamente.

Se sentó en la cama, con la respiración entrecortada y una gota de sudor frío recorriéndole la frente. Había tenido una pesadilla: recordaba el olor a antiséptico del hospital, el frío de la anestesia en sus venas y la voz de Julián prometiendo su muerte. Pero esta vez, en el sueño, la sombra de una amenaza mucho más grande se alzaba detrás de Julián, intentando arrebatarle al pequeño Leo y a Dante.

Se llevó una mano al pecho, intentando calmar el ritmo frenético de su corazón.

La puerta del baño privado se abrió y Dante salió con unos pantalones de chándal gris y una toalla sobre los hombros. Al ver a Elena alterada, tiró la toalla a un lado y atravesó la habitación a zancadas, sentándose al borde de la cama para tomarla en sus brazos.

—¿Qué ocurre, mi amor? —preguntó él con urgencia, rodeándola con sus brazos fuertes y cálidos—. ¿Tuviste una pesadilla?

Elena pegó el rostro al pecho desnudo de Dante, respirando su aroma de sándalo y cuero, sintiendo la firmeza de su musculatura que la devolvía a la realidad.

—Sentí... sentí que esto aún no ha terminado, Dante —musitó ella, aferrándose a sus espaldas con fuerza—. Julián no actuaba solo en mi vida pasada. Había alguien más. Alguien que movía los hilos detrás de él.

Dante apretó el agarre alrededor de su cintura, besando su frente con una devoción profunda y posesiva.

—No me importa quién esté detrás de él, Elena —declaró Dante con una firmeza absoluta que no admitía dudas—. Esta vez tienes a tu lado a un hombre que mataría por ti. Nadie va a volver a tocarte. Te lo juro por mi vida.

Elena alzó la cara y buscó la boca de Dante en un beso cargado de desesperación, pasión y un amor indestructible. Sabía que la tormenta se avecinaba en el horizonte, pero en los brazos de su Adonis, renacida y segura de su poder, estaba dispuesta a incendiar el mundo entero para proteger a su familia.

1
Zaida Sanchez
así es imparables indomables🔥
Zaida Sanchez
así es dandole el respaldo a ella con orgullo 😍😍😍
Zaida Sanchez
eso estubo buenísimo 😍😍😍
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
Elena le dio un paro de cucardia😳😳
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
estoy van a encendiar mi pantalla unos capítulos más adelante 😳😳😳😳😳😂😂😂😂
Zaida Sanchez: candela pura 🥵🔥💘😍
total 2 replies
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
😳😳😳😳 eso promete
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play