Durante tres años, Luciana fue utilizada por la familia de su esposo. Casada con Matías, se vio obligada a convertirse en donante de sangre permanente para Sofía, la hermana del mejor amigo fallecido de él. En esa casa no era esposa: cocinaba, limpiaba y obedecía. En la empresa, nadie la tomaba en serio.
Todo terminó cuando Sofía le envió fotos íntimas con Matías. Luciana no discutió. Pidió el divorcio y se fue.
Lo que dejaron atrás fue un error.
Tras regresar a su hogar, Luciana reveló su verdadera identidad: heredera de una familia millonaria. La sumisión no era necesidad, sino elección. Lejos del matrimonio, vuelve al mundo empresarial con capital, poder y memoria.
Esta vez, no será utilizada.
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Capítulo 5
Luciana no logró contenerse cuando Jorge abrió los brazos. En el momento en que sintió el peso firme y conocido del cuerpo de su padre, todo lo que había sostenido durante años se desmoronó. Se aferró a su saco como cuando era niña y rompió a llorar sin reservas, con un llanto profundo, desgarrado, que no buscaba dignidad ni contención. Jorge cerró los brazos alrededor de ella y apoyó la mano en su espalda, dejándola desahogarse sin interrumpirla.
—Ya pasó —dijo al fin, con una voz grave que intentaba ser serena—. Ya estás en casa.
Luciana negó con la cabeza entre sollozos.
—No debí… —murmuró—. No debí haberme quedado tanto tiempo.
Jorge suspiró. Había rabia en su mirada, pero también una resignación cansada.
—Te advertí —dijo, sin dureza—. Te dije que no hacía falta que ocultaras quién eras. Que no necesitabas probar nada.
Luciana cerró los ojos. Sabía a qué se refería. Tres años atrás, cuando había decidido casarse con Matías sin revelar su origen, Jorge había aceptado a regañadientes una única condición: si después de ese tiempo él no la amaba por quien era, no habría más insistencias ni sacrificios. Volvería y asumiría su lugar en el Grupo Rodríguez.
—Te enamoraste de la idea de un amor puro—continuó Jorge—. Y yo te dejé hacerlo.
Luciana alzó la vista, los ojos enrojecidos.
—No voy a ser tan tonta otra vez —dijo—. Lo prometo.
Jorge asintió.
—Bien —respondió—. Entonces vamos a hacer las cosas como corresponde.
Se apartó un poco y habló con claridad, como en una sala de juntas.
—En una semana voy a organizar una cena de bienvenida. Se va a anunciar oficialmente tu regreso al grupo. Ricardo va a acompañarte estos días para que retomes el manejo de los proyectos. No sos una invitada aquí. Esta sigue siendo tu casa.
Luciana respiró hondo. El peso en el pecho, por primera vez, no era asfixiante.
—Gracias, papá.
Jorge le acarició el cabello con un gesto torpe, poco acostumbrado a las demostraciones, pero sincero.
La noticia de su regreso no tardó en circular. Valentina apareció en la residencia esa misma tarde, sin aviso previo, con los ojos brillantes y una mezcla de alivio y enojo mal contenido. Apenas cruzó la puerta, dejó el bolso en el piso y abrazó a Luciana con fuerza.
—Por fin —dijo—.
Luciana la rodeó con los brazos y apoyó la frente en su hombro.
—Pensé que no ibas a venir tan rápido.
—Si tardaba más, iba a aparecer en ese hospital a sacarte yo misma —respondió Valentina.
Se sentaron juntas en el sofá, hablando sin pausa, repasando los últimos años como si quisieran recuperar el tiempo perdido. Valentina nunca había estado de acuerdo con que Luciana ocultara su identidad ni con que se adaptara a una familia que jamás la aceptó. Cuando vio el certificado de divorcio, recién entonces se relajó del todo.
—Ese hombre no sabía lo que tenía —dijo—. Confundió oro con vidrio.
Luciana sonrió con cansancio.
—Tal vez yo también.
—No —replicó Valentina—. Vos apostaste. Él perdió.
Más tarde, mientras revisaba algunos documentos, Luciana recordó que parte de su identificación y algunos papeles personales seguían en la antigua casa familiar de Matías. Dudó apenas unos segundos antes de decidir que debía recuperarlos.
—Voy a ir mañana —dijo.
—Ni loca vas sola —respondió Valentina sin dudar—. Yo voy con vos.
A la mañana siguiente, el auto se detuvo frente a la residencia de los Montoya. Nada había cambiado. La fachada seguía impecable, distante, como siempre. Apenas cruzaron el portón, una voz conocida las detuvo.
—¿Qué hacen acá?
Carmen apareció en el hall, erguida, con la expresión severa de quien cree seguir teniendo autoridad. Al ver a Valentina, frunció el ceño.
—No sabía que ahora traías extraños a esta casa —dijo, con desdén—. Acá hay documentos importantes.
Luciana dio un paso al frente.
—Vine a buscar mis cosas.
—Tus cosas —repitió Carmen—. Ya no pertenecés a esta familia.
Valentina no se contuvo.
—Nunca perteneció —respondió—. Y menos con actitudes como la suya.
Carmen la observó de arriba abajo con una sonrisa torcida.
—¿Y vos quién sos? —preguntó—. ¿Una amiga? ¿O una de esas chicas que se visten de marca falsa creyendo que así entran en sociedad?
Valentina apretó los labios, pero no bajó la mirada.
—Cuide su boca.
Carmen soltó una risa seca.
—No me des órdenes. Ya bastante favor le hicimos a esta —dijo señalando a Luciana—. Una chica sin origen, sin educación de verdad. Que agradezca haber pisado esta casa.
El aire se tensó. Luciana sintió cómo algo dentro de ella, que había soportado humillaciones durante años, se quebraba definitivamente.
—Basta.
Carmen se volvió hacia ella, sorprendida.
—¿Cómo dijiste?
—Respete a mi amiga —repitió Luciana—. Y respéteme a mí.
El silencio fue absoluto. Carmen la miró como si no reconociera a la mujer frente a ella.
no le pongas tanto relleno a las novelas, haz que la mujer se enamore, no tan rápido, ni tan lento, que allá pasión, amor etc..
eso es lo que amarra, a una persona en leer novelas, y con esta son dos novelas que me pasa lo mismo y fatal.
espero que cuando vuelva a leer una de tus obras nuevamente, hayas mejorado.
Me gusta como hablan los argentinos pero leer el vos, tenés, etc. no.