Valentina Montes de Oca tenia veintiun anos, un apellido respetable y toda una vida por delante. Hasta que el hombre del que estaba enamorada decidio destruirla.
Sebastian Arellano —heredero del grupo empresarial mas poderoso de Ciudad de Mexico— la acuso de un crimen que no cometio. Soborno jueces, fabrico pruebas, compro testigos. Y la envio a pudrirse tres anos en una celda de Santa Martha Acatitla.
En prision, Valentina perdio todo. Su voz, marcada para siempre. Su cuerpo, con cicatrices que ninguna explicacion puede justificar. Una persona que la amaba y que murio entre esos muros por protegerla. Y un rinon, arrancado en una clinica clandestina mientras el mundo miraba hacia otro lado.
Salio con quinientos pesos en el bolsillo, sin trabajo, sin familia —su propio padre la desconocio en un comunicado publico— y con una sola certeza: nunca mas se arrodillaria ante nadie.
Pero Sebastian no habia terminado con ella. La quiere cerca. La quiere bajo su control. Le ofrece dinero, le cierra todas las puertas, la obliga a trabajar en su club nocturno. Dice que la odia. Pero la forma en que la mira cuando cree que nadie lo ve cuenta una historia diferente.
Y Valentina descubre algo peor que el odio de Sebastian: la sospecha de que su condena fue una trampa mucho mas grande de lo que ambos imaginaban. Alguien mas movio las piezas. Alguien dentro de la propia familia Arellano.
Mientras la verdad se desentierra pieza por pieza, otros hombres aparecen en su camino: Nico, que le ofrece la ternura que nunca tuvo; Cain, un inversionista europeo que colecciona secretos ajenos; y Rodrigo, cuya culpa esconde mas de lo que confiesa.
Valentina ya no es la chica ingenua que entro a prision. Ahora tiene las cicatrices para demostrarlo. Y esta vez, si alguien va a caer... no sera ella.
¿Podra reconstruirse sin repetir el ciclo que casi la destruye? ¿Y que hara cuando descubra que el hombre que la condeno es tambien el unico dispuesto a morir por ella?
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Capítulo 7
Capítulo 7: El beso robado
Nico no pidió permiso para entrar. No tocó. No esperó. Empujó la puerta del Salón Zeus con la palma abierta y cruzó el umbral con tres zancadas largas, como un hombre que sabe exactamente adónde va y no tiene la costumbre de que nadie le cierre el paso.
Lo primero que vio fue a Valentina de pie frente a Ramón, a veinte centímetros de su cara, inmóvil, con una expresión que no era miedo ni sumisión ni resignación, sino algo peor: la ausencia total de expresión de alguien que ha aprendido a desconectarse de su propio cuerpo para sobrevivir lo que viene.
Lo segundo que vio fue a Sebastián, de pie junto a la barra, con los ojos clavados en la escena y las manos convertidas en puños a los costados del cuerpo.
Nico entendió todo en un segundo. No necesitó que nadie se lo explicara. Llevaba años en los círculos de la élite mexicana; había visto a hombres como Sebastián jugar con personas como se juega con piezas de ajedrez: sin tocarlas, moviéndolas con instrucciones, mirando cómo se destruyen.
Pero lo que lo movió no fue la indignación. Fue algo más primitivo, más urgente: la necesidad de que Valentina no besara a ese hombre. A ningún hombre. No así. No obligada. No con esa cara de muerta viviente.
Antes de que Valentina tocara a Ramón, Nico la tomó por los hombros, la giró hacia él, y la besó.
Fue un beso rápido. Firme. Sin violencia pero sin duda. Le tomó la cara con ambas manos —con cuidado, como quien sostiene algo que podría romperse— y presionó sus labios contra los de ella durante tres segundos que duraron una eternidad.
Valentina no cerró los ojos. No respondió al beso. No se movió. Se quedó congelada, con las pupilas dilatadas y los labios ligeramente abiertos, procesando algo que su cerebro no tenía categoría para clasificar: nadie la había besado antes. Nunca. En veinticuatro años de vida, con todos los horrores que había atravesado, con todo lo que le habían quitado, eso —un beso— era algo que nunca le habían dado ni le habían robado.
Hasta ahora.
El calor le subió por el cuello hasta las orejas. Un cosquilleo eléctrico le recorrió la columna vertebral y aterrizó en algún lugar detrás del esternón, un lugar que Valentina creía muerto, clausurado, sellado con candado. Pero algo se movió ahí adentro, algo pequeño y vivo, como un pájaro enjaulado que de repente descubre que alguien dejó la puerta entreabierta.
Nico la soltó. Se interpuso entre ella y Ramón, de frente a Sebastián, con una sonrisa desafiante que le iluminaba la cara.
—¿Querías que besara a alguien, no? Listo. Ya besó a alguien.
El silencio que siguió fue de los que preceden a las explosiones.
Sebastián no se movió durante cinco segundos. Valentina pudo contarlos porque cada uno le retumbó en los tímpanos como un latido amplificado. Después, algo cambió en la cara de Sebastián. No fue un gesto grande — no gritó, no golpeó la mesa, no rompió nada. Fue algo sutil y terrible: un oscurecimiento de los ojos, una rigidez en los tendones del cuello, una quietud que no era calma sino el preludio de algo peor que la violencia.
Se acercó a Nico en tres pasos. Quedaron cara a cara, tan cerca que Valentina podía ver el pulso latiendo en la sien de Sebastián.
—Cuidado dónde pones las manos, Castellanos.
Nico no retrocedió.
—Cuidado dónde pones a la gente, Arellano.
El músculo de la mandíbula de Sebastián se movió involuntariamente. Sus ojos se desviaron por un instante hacia Valentina — un instante cargado de algo que no era ira, que no era odio, que se parecía espantosamente a otra cosa — y luego volvieron a Nico con una frialdad mineral.
—Ramón —dijo sin apartar la mirada de Nico.
Ramón dio un paso al frente.
—Llévate a Castellanos.
—A mí nadie me lleva —dijo Nico—. Yo me voy cuando quiero. —Miró a Valentina por encima del hombro—. ¿Estás bien?
Valentina no pudo responder. Todavía sentía el fantasma de los labios de Nico sobre los suyos, calientes y reales, y no sabía qué hacer con esa sensación. Se tocó la boca con los dedos, involuntariamente, y ese gesto minúsculo — esos dedos rozando esos labios — encendió algo en los ojos de Sebastián que hizo que Nico diera un paso lateral para bloquearle la vista.
—Te hice una pregunta —insistió Nico con suavidad.
—Vete —susurró Valentina. No a él. A todos. A la escena completa.
Nico la miró un segundo más. Luego asintió y caminó hacia la puerta con la calma de un hombre que sabe que acaba de declarar la guerra y no le importa. En el marco de la puerta, se detuvo.
—Arellano. La próxima vez que quieras ver a una mujer besar a tu guarura, búscate una que quiera hacerlo. Esta no quería.
Salió.
Ramón cerró la puerta.
Y entonces Sebastián se movió.
Lo hizo con una velocidad que contradecía su calma anterior. Agarró a Valentina por la cintura, la levantó en vilo y se la echó al hombro como si no pesara nada —y no pesaba, porque tres años de cárcel y tres meses de dos comidas al día la habían convertido en huesos y piel. Valentina gritó, o lo intentó, pero su voz rota solo produjo un graznido que se perdió en la madera de las paredes.
—¡Suéltame!
Sebastián no respondió. Caminó con ella al hombro hasta el elevador privado que conectaba el Zeus con el penthouse del piso veintiocho. Entró, presionó el botón, y la puerta se cerró.
Valentina le golpeó la espalda con los puños. Lo pateó con la pierna buena. Le arañó el costado a través de la camisa. Sebastián la sujetó con más fuerza, y ella pudo sentir el calor de su mano contra la tela del uniforme, la presión de sus dedos contra su cintura, y debajo de todo eso, algo que la aterró más que cualquier golpe: el temblor. Le temblaba la mano. La mano con la que la sostenía le temblaba.
El elevador subió veintiocho pisos en silencio.
En el penthouse, Sebastián la dejó caer sobre el sofá de cuero. Valentina se incorporó de inmediato, retrocediendo hasta el extremo del sillón, pegada al respaldo como un animal acorralado.
El penthouse era obsceno. Ciento ochenta metros cuadrados de cristal, acero y mármol, con vista a toda la ciudad desde ventanales que iban del piso al techo. La noche de México brillaba abajo como un circuito eléctrico infinito: millones de luces, millones de vidas, y arriba, en el piso veintiocho, dos personas que se miraban como si el mundo se hubiera reducido a esa habitación.
Sebastián caminó hacia la barra. Se sirvió un whisky. Bebió la mitad de un trago. Su mano había dejado de temblar — o la había obligado a dejar de temblar, que no era lo mismo.
Se dio la vuelta y la miró.
—Tú y yo vamos a hablar.
Valentina, acurrucada en la esquina del sofá con la respiración agitada y el pelo cayéndole sobre la cara, lo miró con unos ojos que habían dejado de intentar esconder el miedo.
—Hablar. —Repitió la palabra como si viniera de otro idioma—. Tú no sabes hablar, Sebastián. Solo sabes ordenar.
La frase lo detuvo. Lo detuvo como un muro que aparece de la nada en medio de una carretera. La miró con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquier hombre, pero Valentina no era un hombre y ya no tenía espacio para retroceder más.
Sebastián dejó el vaso sobre la barra. Apoyó ambas manos en el mármol. Y se inclinó hacia ella sin acercarse, como si una fuerza invisible lo frenara.
—¿Quién te besó primero? —preguntó. Y la pregunta no tenía nada que ver con la conversación, y tenía todo que ver con lo único que le importaba en ese momento, aunque se habría arrancado la lengua antes de admitirlo.
—¿Eso es lo que te importa? —Valentina lo miró con incredulidad—. ¿Me mandaste tres años a la cárcel, me destruiste la vida, y lo que te importa es quién me besó?
Sebastián no respondió. Pero Valentina vio la respuesta en su cara: en la vena que le latía en la sien, en la blancura de los nudillos sobre el mármol, en ese músculo traidor de la mandíbula que no podía controlar.
Sí. Eso era exactamente lo que le importaba.
Y eso la aterró más que cualquier amenaza.
Porque significaba algo que Valentina no estaba lista para pensar. Algo que empezaba con una letra que ella había enterrado en una tumba mental hacía tres años y que no pensaba desenterrar por nada del mundo.
Se levantó del sofá.
—¿Puedo irme?
Sebastián la miró durante un latido largo. Luego señaló la puerta con un gesto de la barbilla.
—Camila Ríos. Tu compañera de cuarto. Se quedó callada en el Atenea mientras tú peleabas por ella. —Pausa—. Yo que tú, le cerraba la puerta con llave.
Valentina no supo qué hacer con esa información. Con la advertencia. Con el hecho de que Sebastián hubiera notado que Camila no dijo nada.
Salió del penthouse sin cerrar la puerta. En el elevador, se recargó contra la pared de espejos, se tocó los labios de nuevo, y cerró los ojos.
Un beso. Su primer beso. Robado por un desconocido en un salón VIP para salvarla de besar a un guardaespaldas por orden del hombre que la destruyó.
Algo dentro de ella — la puerta del pájaro enjaulado — se cerró de golpe.
No. No iba a sentir nada. Sentir era un lujo que mataba.
¿ PERO EN REALIDAD QUIÉN LA MATO ?
¿ POR QUÉ VALENTINA NO VIVE CON EL PADRE ?
¿ QUIENES SON SEBASTIAN ARELLANO, RODRIGO LUJAN, NICOLAS CASTELLANOS ?
¿ QUE SIGNIFICA MARIANA EN LA VIDA DE SEBASTIAN ARELLANO ?
¿ POR QUÉ VALENTINA NO QUIERE MOSTRAR LAS HERIDAS QUE LE OCASIONARON EN LA CÁRCEL?
¿ QUIÉN MANDÓ A QUE LE QUITARAN EL RIÑÓN A VALENTINA ?
¿ SERÁ QUE SEBASTIAN SABE DE LOS HORRORES QUE PADECIÓ VALENTINA EN SU ESTADIA EN LA CÁRCEL?