«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 2: La aparición de Vanessa
El pulso de Leónidas no recuperó su ritmo habitual incluso varios minutos después de que Mía se reincorporara al grupo de su hermano en la pista de baile. Desde su posición estratégica junto a la barra de tragos, observaba cómo las luces de color violeta y carmesí bañaban la piel dorada de la muchacha. Mía reía a mandíbula doliente, girando sobre sí misma con una desenvoltura que parecía electrificar el aire a su alrededor. Cada movimiento de sus caderas marcaba el compás de la música con una fluidez natural, haciendo que la tela roja de su vestido destellara y se ceñiera a sus curvas en un espectáculo que a Leónidas le resultaba tan fascinante como exasperante.
Él apretó los dedos alrededor de su vaso de agua tónica con hielo. A sus treinta años, Leónidas Benavídez se jactaba de ser un hombre cerebral, pragmático y absolutamente dueño de sus impulsos. Había levantado junto a sus socios una de las firmas de arquitectura y desarrollo urbano más cotizadas de la región a fuerza de disciplina férrea, jornadas extenuantes y un control emocional implacable. Sin embargo, bastaba una sola mirada de Mía del Campo, una sola de sus sonrisas cargadas de picardía e insolencia, para que toda esa estructura lógica amenazara con venirse abajo como un castillo de naipes en medio de un vendaval.
—Cálmate, Benavídez —se dijo a sí mismo en un susurro áspero, apurando el trago amargo para enfriar la garganta—. Es solo la hija de la mejor amiga de mamá. La enana con la que te criaste. La consentida que te hacía dibujos con crayones en los planos de la facultad.
Pero por más que intentara repetirse ese mantra protector, la realidad física le gritaba algo completamente distinto: la niña había quedado atrás hacía tiempo. La mujer que tenía enfrente poseía una presencia arrolladora, una sensualidad sin filtros y una audacia que lo ponía a prueba a cada segundo. El roce de sus labios en su mejilla todavía le escocía la piel, y la fragancia dulce de su perfume de jazmín y vainilla parecía haberse instalado en sus pulmones, negándose a salir.
—Vaya, no sabía que las fiestas universitarias de hoy en día incluyeran tanto ruido y tan poco gusto estético.
La voz femenina, impostada y con una afinación calculadamente pausada, rompió la burbuja de concentración de Leónidas. Él giró el rostro hacia la izquierda y se encontró con Vanessa Fernández Roldán.
Vanessa vestía un impecable conjunto de dos piezas en tono marfil, de corte sastre impecable, combinado con taconazos de aguja y una cartera de firma internacional sostenida con elegancia sobria. Tenía treinta y dos años, el cabello rubio peinado en un moño pulido sin un solo pelo fuera de lugar y unos ojos claros que escudriñaban el salón con un desdén mal disimulado. Era la socia principal de la firma en el área de finanzas y relaciones públicas; una mujer inteligente, ambiciosa y proveniente de una de las familias de mayor alcurnia de la sociedad local, que llevaba meses intentando transformar su fructífera alianza profesional con Leónidas en algo de corte estrictamente personal.
—Vanessa —saludó Leónidas, alzando una ceja con sorpresa contenida mientras acomodaba su postura—. ¿Qué haces aquí? Pensé que te habías ido a la gala del Colegio de Arquitectos tras la reunión con los inversores.
—Hice una aparición corta, querido —respondió ella, dando un par de pasos sobre el suelo de madera para situarse junto a él, dejando caer una mirada desaprobatoria sobre la multitud de jóvenes que saltaban al ritmo del volumen ensordecedor—. La gala estaba insoportablemente tediosa. Como sabía que vendrías a la casa de tus padres a vigilar a tu hermano, pensé en alcanzarte. Necesitamos revisar los últimos detalles del pliego de condiciones para el proyecto de la torre del río antes de la primera hora de mañana.
—Es el cumpleaños de Joaquín y de Mía, Vanessa. Prometí que estaría presente al menos un rato. Mañana a las ocho en punto podemos revisar los papeles en la oficina.
—Oh, por favor, Leónidas —dijo Vanessa, dibujando una sonrisa condescendiente que no llegaba a iluminarle la mirada—. Sé perfectamente que tenías que cumplir con la cuota familiar, pero no me digas que disfrutas de este ambiente. Esto parece una kermés descontrolada de adolescentes. Mira esa masa de muchachos gritando... Es abrumador.
—Tienen diecinueve años —comentó Leónidas con tono neutral, volviendo la vista hacia la pista casi de manera involuntaria—. Están celebrando que terminaron los exámenes y que están en la universidad. Es normal.
—Normal para cierta gente, supongo —matizó Vanessa, cruzándose de brazos mientras deslizaba la mirada por el lugar hasta detenerse justo en la figura de Mía, quien en ese momento reía a carcajadas mientras Joaquín le ponía una corona de plástico brillante en la cabeza—. ¿Esa de ahí es la famosa Mía? Tenía años sin verla. La última vez que tu madre la mencionó creo que estaba teniendo problemas para decidir qué carrera estudiar.
—Está en segundo año de Ciencias de la Comunicación —aclaró Leónidas con un matiz seco en la voz—. Y le va bastante bien.
—Mmm, ya veo —Vanessa entornó los ojos, analizando el vestido rojo, los hombros descubiertos y la actitud desenfadada de Mía con un rictus de evidente desprecio elitista—. Se nota que le gusta llamar la atención. Qué criatura tan juguetona. Es ese tipo de chicas que parecen no haber madurado un solo día desde los catorce años, atrapada en esa etapa donde cree que el mundo gira alrededor de su escote y sus berrinches. Una verdadera lástima; a esa edad una mujer ya debería tener algo de elegancia y contención, no andar comportándose como un espectáculo de feria.
Las palabras de Vanessa resonaron en el oído de Leónidas con un chasquido desagradable. Un impulso visceral e inmediato de salir en defensa de Mía le recorrió la espina dorsal, tensándole los músculos de la mandíbula. Mía podía ser impulsiva, caprichosa y exasperante hasta el límite de la paciencia humana, pero jamás dejaría que nadie —y mucho menos Vanessa, con su actitud de superioridad aristocrática— viniera a catalogarla despectivamente en su propia casa.
Sin embargo, antes de que Leónidas pudiera articular una sola palabra de réplica, el destino —o la audacia infinita de Mía del Campo— tomó las riendas de la situación.
Mía, que poseía un radar finísimo para detectar cualquier interferencia en su radio de acción, había notado la llegada de la mujer rubia desde el primer momento. Tras intercambiar una mirada cómplice con Joaquín y dejar su copa vacía en una bandeja, avanzó a pasos firmes y pausados hacia el área de la barra. Su vestido rojo balanceaba con elegancia al ritmo de sus pisadas y sus ojos oscuros brillaban con la chispa inconfundible de quien está a punto de entrar en batalla.
—¡Leónidas! —exclamó Mía al acercarse, ignorando deliberadamente la presencia de Vanessa durante los primeros tres segundos—. Menos mal que no te fuiste. Joaquín está buscando a alguien para la foto oficial del pastel y tu mamá dejó dicho que tenías que salir en el centro, como el hermano mayor aburrido que sostiene la vela.
Leónidas exhaló un suspiro pesado, entre divertido y prevenido.
—Mía, te presento a Vanessa Fernández Roldán, mi socia en la empresa. Vanessa, ella es Mía del Campo.
Vanessa no perdió el tiempo. Adoptó una postura erguida, estiró el cuello y le ofreció a Mía una mano enguantada en una actitud de frialdad impecable, acompañándola de una sonrisa ladina y ensayada.
—Mucho gusto, Mía. Estaba comentándole a Leónidas lo... colorida que resulta tu fiesta. Realmente eres una criatura muy juguetona y entusiasta. Es tierno ver cómo a los diecinueve años todavía disfrutan de estas celebraciones tan... ruidosas y juveniles. En mis tiempos de facultad prefiriéramos reuniones un poco más selectas, pero supongo que cada generación tiene sus propias formas de entretenerse.
El dardo venenoso venía envuelto en celofán diplomático, pero Mía no era de las que se amedrentaban ante un ataque pasivo-agresivo. Al contrario, aquello era exactamente el combustible que necesitaba para encender la mecha.
Mía tomó la mano de Vanessa con un apretón firme y tibio, mirándola fijamente a los ojos sin pestañear un solo segundo. Sostuvo la sonrisa con una frescura desarmante que dejó descolocada a la mujer mayor.
—¡Ay, Vanessa, qué placer conocerte! —dijo Mía con una voz dulce como la miel, aunque impregnada de un sarcasmo fino que hizo que a Leónidas se le erizaran los vellos de los brazos—. Me alegra tanto que hayas podido hacerte un tiempito para venir. Debe ser agotador estar todo el día encerrada entre papeles viejos y reuniones estresantes. Se nota en la piel, ¿sabes? El estrés de la oficina es destructivo.
Vanessa parpadeó dos veces, descolocada por el contrataque directo. Su sonrisa se congeló ligeramente.
—¿Perdón?
—Digo, por lo de la edad y la juventud —continuó Mía con total desparpajo, dándose la vuelta sutilmente para apoyar la espalda contra la barra, quedando peligrosamente cerca del hombro de Leónidas y rozando el brazo de él con el suyo propio—. Entiendo perfectamente que a cierta edad el ruido moleste y que prefieras eventos más... digamos, pausados. De esos donde la gente se sienta a tomar té y a hablar de la jubilación. Pero no te preocupes, si la música te parece ruidosa, puedo pedirle al DJ que ponga algo de los años ochenta o noventa, así te sientes un poco más ambientada y en tu época.
Leónidas tuvo que hacer un esfuerzo monumental de concentración sobrehumana para no soltar una carcajada en la cara de ambas. Tuvo que llevarse la mano a la boca y simular una tos repentina para disimular la mueca de diversión absoluta que amenazaba con romper su rostro adusto. Mía acababa de propinarle un revés magistral a la soberbia de Vanessa sin perder la sonrisa ni romper el tono educado.
El rostro de Vanessa mutó de una palidez impecable a un tono rojizo sutil pero evidente en los pómulos. Sus finos labios se apretaron en una línea recta.
—Qué humor tan... particular tienes, Mía. Se nota que aún te falta ese toque de madurez que da la experiencia en el mundo real, pero supongo que con los años aprenderás a filtrar tus comentarios en sociedad.
—La madurez está sobrevalorada si significa perder la capacidad de divertirse, Vanessa —replicó Mía, inclinando la cabeza con una chispa de picardía pura en la mirada—. Además, como bien dijiste, soy una criatura juguetona. Y los juegos de verdad solo los entiendo cuando hay un buen rival enfrente... o cuando la recompensa vale la pena.
Al decir esto último, Mía deslizó la mirada de manera lenta e inequívoca hacia Leónidas, recorriendo su cuello, su boca firme y sus ojos oscuros, antes de volver a fijar la vista en Vanessa. El mensaje era cristalino, incisivo y transparente: Leónidas no estaba disponible para ella, y Mía no tenía la más mínima intención de ceder terreno.
Vanessa captó la indirecta al vuelo y su postura se volvió rígida como el acero. Giró hacia Leónidas buscando un aliado, esperando que él pusiera un límite a la insolencia de la muchacha.
—Leónidas, me parece que aquí hay demasiado aire viciado y una falta evidente de modales. Si no vas a revisar los documentos ahora, prefiero retirarme. Mi tiempo es sumamente valioso.
Leónidas recuperó la compostura, aunque el destello de diversión en sus ojos no había desaparecido del todo. Mire a su socia con educación impecable pero sin ceder un solo milímetro.
—Te acompaño a la salida, Vanessa. Es tarde y la fiesta va a continuar un par de horas más. Mañana a primera hora estaré en tu despacho con las correcciones del pliego.
—Perfecto —dijo Vanessa fríamente, ajustándose el bolso sobre el hombro sin volver a mirar a Mía—. Buenas noches.
—¡Chau, Vanessa! —despidió Mía con entusiasmo desbordante, agitando la mano como si fuera una anfitriona afectuosa—. ¡Cuidado con los escalones al salir, los tacos altos a veces juegan malas pasadas cuando una no tiene buen equilibrio!
Vanessa aceleró el paso con la barbilla en alto, conteniendo la rabia, mientras Leónidas caminaba a su lado para escoltarla hasta la puerta principal. Al pasar por el marco de la entrada, Leónidas giró levemente la cabeza hacia atrás por encima del hombro.
Mía seguía apoyada en la barra, mirándolo fijamente. Con parsimonia, levantó su copa, se la llevó a los labios sin dejar de sostenerle la mirada y le dedicó un guiño cargado de complicidad y triunfo absoluto.
Leónidas no pudo evitarlo más. Oculto por la sombra del pasillo y fuera del alcance de la vista de Vanessa, una sonrisa inclinada, lenta y profundamente atractiva se dibujó en sus labios. Negó con la cabeza, fascinado y condenado por la audacia sin límites de la mujer en la que Mía del Campo se había convertido.