Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 12
Marcus Vance —quien no compartía apellido con Ethan por sangre, sino por una lealtad forjada en los peores vecindarios antes de que el imperio financiero existiera— era un hombre que no se sorprendía con nada. Había lidiado con espionaje industrial, amenazas de secuestro de carteles extranjeros y huelgas violentas en muelles privados. Tenía cicatrices en los nudillos y una mirada de acero que hacía que los hombres armados dieran un paso atrás.
Pero cuando las puertas del ascensor privado del penthouse se abrieron esa tarde, Marcus se quedó congelado en su sitio, con la boca ligeramente abierta.
Ethan Vance, el tiburón de la bolsa de valores, el hombre que hacía temblar los mercados con un solo mensaje de texto, estaba de pie en medio de la cocina con un babero de tela con estampado de jirafas colgado de su hombro izquierdo. Tenía una mancha sospechosamente verde en la mejilla y sostenía un frasco de vidrio pequeño en una mano y una minúscula cuchara de plástico azul en la otra, mirándolos con una concentración tan intensa como si estuviera descifrando códigos de lanzamiento nuclear.
—No entiendo la ingeniería detrás de esto, Marcus —gruñió Ethan sin levantar la vista del frasco—. La etiqueta dice "puré de manzana y espinaca orgánico para etapa uno". ¿Qué demonios significa "etapa uno"? ¿Hay una etapa de combate avanzado? ¿Por qué la consistencia se asemeja al cemento hidráulico?
Marcus parpadeó dos veces, carraspeó y dio un paso adelante, seguido por tres de sus mejores hombres: tres armarios empotrados de dos metros de altura, vestidos con trajes negros tácticos, auriculares inalámbricos y caras de pocos amigos.
—Señor Vance... —comento Marcus, forzando a su voz a mantener la neutralidad profesional—. Me pidió que trajera al equipo de respuesta rápida para un blindaje de nivel cuatro. Esperaba encontrar un equipo de asalto o una filtración de datos masiva, no... un puré de verduras.
Ethan alzó la cabeza, fulminando a su jefe de seguridad con la mirada.
—Esto es más peligroso que un ataque cibernético, Marcus. La mini-persona del piso de arriba se niega a consumir carbohidratos complejos y mis camisas se están agotando —declaró Ethan, dejando el frasco sobre la isla de mármol con un golpe seco—. Olvida las espinacas. ¿Trajeron el equipo de contención perimetral?
Antes de que Marcus pudiera responder, Julia bajó por las escaleras mecánicas. Venía con el cabello recogido en un moño alto, las mangas de su blusa enrolladas y sosteniendo un termo de agua caliente. Al ver a los cuatro gigantes armados parados en medio de la sala, no retrocedió ni un milímetro. Al contrario, se cruzó de brazos y los evaluó con la misma mirada crítica con la que revisaba las fechas de vencimiento de la leche de fórmula.
—Vaya, qué oportunos —dijo Julia, caminando directo hacia ellos—. Justo lo que necesitaba. El servicio de lavandería de pañales está retrasado y la cocina parece una zona de desastre.
—Julia, estos hombres son profesionales de la seguridad táctica de élite —intervino Ethan, inflando el pecho—. No son...
—Me importa un comino lo que sean en sus currículums, señor Vance —lo interrumpió ella con un tono de autoridad que dejó a los guardaespaldas parpadeando—. Aquí adentro, el único enemigo real son las bacterias y los cólicos de Mia. A ver, ustedes tres —apuntó con el dedo a los tres gorilas que venían detrás de Marcus—. Sí, los de las caras de haber masticado clavos. Al fondo a la derecha está el cuarto de lavado. Hay cuatro biberones Dr. Brown que necesitan ser desarmados, lavados con el cepillo especial de silicona y metidos en el esterilizador eléctrico por exactamente doce minutos. Si tocan la tetina con las manos sucias, los hago hacer flexiones hasta que se les caigan los brazos. ¡Múvanse!
Los tres hombres de seguridad se miraron entre sí, completamente desconcertados. Giraron la cabeza lentamente hacia Marcus, buscando una orden de su superior. Marcus, por primera vez en su vida, desvió la mirada hacia el techo, fingiendo demencia. Los guardaespaldas volvieron a mirar a Julia, cuya expresión no admitía réplicas, y luego al imponente CEO, que simplemente asintió con una esquina de la boca torcida.
—Hagan lo que dice —ordenó Ethan, aclarándose la garmanta—. Consideren esto como un ejercicio de precisión manual en entornos hostiles.
Con pasos pesados que hicieron vibrar los cristales del penthouse, los tres gigantes tácticos caminaron hacia la cocina. En menos de dos minutos, la escena era digna de una comedia de enredos: un hombre capaz de tumbar a un sospechoso en un segundo estaba intentando con dedos torpes meter un cepillo amarillo dentro de un biberón minúsculo, mientras el otro leía las instrucciones del esterilizador con los ojos entrecerrados.
Julia asintió con satisfacción y regresó a la cocina para vigilar el puré de manzana, dejando a Ethan y a Marcus a solas en el área de la oficina privada.
El tono cómico se evaporó en un segundo en cuanto la puerta de roble de la oficina se cerró. La fachada de padre incompetente de Ethan desapareció, reemplazada por la mirada fría del hombre que controlaba un imperio.
—Habla, Marcus —ordenó Ethan, sentándose detrás del escritorio de caoba—. ¿Qué encontraste sobre la tarjeta negra?
Marcus sacó una tableta electrónica de su maletín y la deslizó sobre el escritorio. En la pantalla aparecía el logo del halcón dorado en alta resolución y un desglose de datos del sistema interno del club subterráneo.
—Tenías razón en preocuparte, Ethan. Esa tarjeta no es un pase ordinario —explicó Marcus, bajando la voz—. El número de serie *009-VIP* pertenece a una de las cuentas fundadoras del *Black Falcon*. Es un pase maestro. Permite el acceso a los pisos subterráneos donde se manejan las transacciones privadas de alta gama, el tipo de cosas que nunca dejan rastro en los bancos tradicionales.
Ethan entornó los ojos, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—¿Quién es el titular?
—Ahí está el problema —Marcus suspiró, cruzándose de brazos—. La cuenta fue congelada hace exactamente seis meses por falta de actividad y por una alerta de seguridad interna del club. El titular registrado es una empresa fantasma con sede en las Islas Caimán, pero logramos rastrear la firma física de los últimos accesos. Está vinculada a una mujer. Una mujer llamada Elena Novak.
Ethan se enderezó en la silla, sintiendo que el nombre le golpeaba el cerebro, aunque no lograba ubicarlo en su memoria de fiestas y eventos de gala.
—¿Elena Novak? No me suena de nada. ¿Es alguna de las modelos de la agencia de París?
—No, y por eso es peligroso —respondió Marcus con gravedad—. Elena Novak no pertenece a las revistas de sociedad. Es la hija menor de una de las familias más pesadas de los antiguos sindicatos de transporte del puerto. Hace un año, su familia tuvo una ruptura interna muy violenta. Ella desapareció del mapa por completo hace unos nueve meses. Los rumores en el bajo mundo decían que estaba escapando de su propio círculo familiar porque poseía información que podía destruir toda la operación del club *Black Falcon*.
Ethan se pasó una mano por el rostro, procesando los datos. Nueve meses. El tiempo exacto de un embarazo. La nota de la canasta volvió a resonar en su cabeza: *"Eres el único hombre con el poder y el dinero suficiente para mantenerla a salvo de ellos. No dejes que la encuentren"*.
—Ella me conocía —dedujo Ethan en un susurro—. Sabía quién era yo, sabía que mi seguridad es impenetrable y usó eso para proteger a la bebé. Pero sigo sin entender... ¿por qué yo? ¿Cuándo demonios la conocí?
—Eso es lo que mis analistas están buscando en tus registros de asistencia a eventos privados del año pasado —dijo Marcus—. Pero hay algo más que debes saber, Ethan. Si la gente del *Black Falcon* descubre que la hija de Elena está bajo tu custodia, no les importará tu estatus de CEO ni tus millones. Para ellos, esa bebé es un cabo suelto que deben cortar. La vida de esa niña corre peligro real.
Un silencio espeso se apoderó de la oficina. Ethan miró de reojo a través del cristal hacia la sala de estar, donde los tres guardaespaldas tácticos salían de la cocina con los biberones esterilizados en la mano, luciendo extrañamente orgullosos de su logro doméstico mientras Julia los felicitaba con un tono sarcástico.
Ethan apretó los puños debajo del escritorio. La duda del ADN seguía en el aire, pero la verdad sobre el peligro que rodeaba a la pequeña Mia ya no era una suposición. Era una realidad. Alguien la estaba buscando, y la canasta de mimbre había sido su último bote de salvavidas.
—Marcus —dijo Ethan, con una voz que cortaba como el hielo—. Dobla la seguridad. A partir de hoy, nadie entra ni sale de este edificio sin mi autorización expresa. Y dile a tus hombres que se acostumbren a lavar biberones, porque no pienso dejar que nadie se acerque a esa niña. Ella se queda conmigo.