Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Capítulo 018: Lo que vi antes de morir
La lluvia empezó antes de que Valeria pudiera volver a su habitación.
No fue una lluvia suave. Cayó de golpe contra los ventanales de la Casa de la Luna, dura, fría, con ese ruido de grava que volvía más grande cada silencio. Los centinelas cerraron las puertas del ala privada. En los pasillos, las luces bajaron de intensidad por orden de seguridad. Afuera, Silver Moon olía a tierra abierta y electricidad.
Adentro, la habitación de Sebastián olía a cedro negro, tormenta y algo más íntimo que Valeria ya no podía fingir que no reconocía.
Él no le pidió explicaciones en el patio.
No delante de Arturo.
No delante de Isabela.
La dejó caminar hasta el ascensor, subió con ella sin tocarla y esperó a que la puerta de la suite se cerrara. Solo entonces se quitó el saco empapado de los hombros y lo dejó sobre una silla.
—Ahora sí —dijo—. Habla.
Valeria se quedó junto a la ventana.
La ciudad humana brillaba muy lejos, al otro lado de la sierra. Luces amarillas, carreteras mojadas, gente que dormía sin saber que una manada podía destruirse por una copa, una firma o una promesa hecha con sangre.
Qué envidia tan absurda.
Sebastián esperó.
Eso la desarmó más que cualquier amenaza.
—No puedo contártelo todo —dijo ella.
—Eso ya lo entendí.
—No porque no quiera.
Él alzó la mirada.
Valeria tragó. La cicatriz invisible en su garganta se cerró como si una mano vieja volviera a apretarla.
—Hay cosas que mi cuerpo no me deja decir.
El aire cambió.
La presencia de Sebastián, esa presión de Alpha que siempre parecía ocupar más espacio que su cuerpo, se recogió. No desapareció. Se contuvo para no aplastarla.
—¿Quién te hizo eso?
Valeria sonrió sin humor.
—Mucha gente.
El lobo de Sebastián respondió con un gruñido bajo, no del todo humano. Las lámparas parecieron vibrar.
—Nombres.
—Adrián.
La palabra cayó entre los dos con un ruido peor que la lluvia.
Sebastián no se movió, pero sus ojos se volvieron dorados.
Valeria se obligó a seguir.
—Isabela. Beatriz. Hombres de Arturo. Algunos que todavía no conozco en esta vida, o que todavía no se han atrevido a mostrar la cara.
—¿En esta vida?
Ahí estaba.
El borde.
Valeria apoyó la mano en el cristal. Estaba helado. Le ayudó.
—Morí, Sebastián.
Él no dijo nada.
Ni se burló.
Ni la llamó loca.
Solo se quedó tan quieto que el silencio empezó a doler.
—Morí en una noche de luna roja —continuó ella—. No aquí. En el muro norte, donde termina la protección de Silver Moon. Me llevaron como traidora. Me acusaron de vender rutas, de envenenar a mi familia, de romper un juramento que nunca hice. Adrián estaba allí.
Su aroma se quebró.
Jazmín nocturno mojado.
Piedra abierta por el golpe.
Sebastián dio un paso, pero se detuvo antes de tocarla.
—Sigue.
Valeria cerró los ojos.
La lluvia contra el vidrio se volvió metal contra piedra.
—Él me miró como si le diera lástima. Como si yo fuera una cosa que salió mal. Me dijo que todo habría sido más fácil si yo hubiera seguido siendo obediente. Isabela llevaba mi collar de Luna.
Las manos de Sebastián se cerraron.
—¿Tu collar?
—El que tú me diste.
Esa vez sí lo miró.
El daño en su rostro fue breve, brutal, antes de que lo escondiera.
—¿Yo?
—Sí.
La palabra salió con menos fuerza de la que ella quería.
—En esa vida me casé con Adrián por elección mía. O por lo que yo creía elección. Te rechacé. Me burlé de tu contrato. Te llamé jaula. Creí cada mentira que Isabela me puso en la boca.
Sebastián bajó la vista.
—Eso sí suena a ti.
Valeria aceptó el golpe.
—Lo sé.
—No era un reproche.
—Lo sé también.
Otro silencio.
Esta vez fue más humano.
Valeria se abrazó a sí misma.
—Cuando entendí la verdad, ya no tenía voz para pedir perdón. Me habían dado acónito durante semanas. No suficiente para matarme rápido. Solo para quemar mi loba por dentro, para que no pudiera transformarme, para que no pudiera sanar. El juramento de sangre de otros se activaba cerca de mí. Yo escuchaba los gritos y no podía moverme.
Sebastián cruzó la distancia.
No la tocó.
Se quedó a un brazo de ella, con la mandíbula rígida.
—Valeria.
Su nombre en esa voz casi la rompió.
—Mi familia cayó primero —dijo ella—. Papá perdió la defensa de la frontera. Mamá se enfermó con algo que parecía natural. Mateo firmó documentos que lo culparon por rutas que nunca vendió. Diego murió tratando de sacarme de una celda. Y yo... yo todavía creía que Adrián iba a explicarlo.
Una risa mínima se le escapó.
Fea.
Sin aire.
—Qué vergüenza, ¿no?
—No.
—Sí.
—No —repitió Sebastián, y esta vez la palabra llevaba el peso de una orden de Alpha, aunque no intentaba dominarla—. Te engañaron. Eso no limpia todo, pero tampoco te convierte en culpable de lo que te hicieron.
Valeria abrió los ojos.
Él estaba tan cerca que el calor de su cuerpo peleaba contra el frío del vidrio.
—Tú fuiste —susurró ella.
—¿Qué?
—El último.
La garganta le ardió. El Moon Archive se movió en algún lugar detrás de sus costillas, como una puerta que no quería abrirse del todo.
—Cuando ya estaba muriendo, llegaste tú.
Sebastián dejó de respirar.
Valeria vio la escena superpuesta sobre la habitación: lluvia negra, sangre en la nieve, un lobo enorme atravesando el muro de centinelas. Sus ojos dorados, desquiciados. Sus manos humanas después, calientes, inútiles, sosteniéndole la cara como si pudiera obligarla a quedarse.
—Te habían dicho que yo te traicioné —dijo ella—. Que yo te odiaba. Que yo elegí a Adrián hasta el final. Y aun así viniste.
Sebastián levantó la mano despacio.
Esta vez ella no se apartó.
Sus dedos tocaron la línea de su mandíbula con cuidado, apenas.
El vínculo respondió con una descarga tibia que le bajó por la espalda. No fue deseo solamente. Fue algo peor, más peligroso: alivio.
—¿Llegué tarde? —preguntó él.
Valeria cerró los ojos.
—No para mí.
La mano de Sebastián tembló.
—Eso no es una respuesta justa.
—Es la única que tengo.
Él retiró la mano como si tocarla le hubiera quemado.
Caminó hasta la mesa, apoyó ambos puños en la madera y bajó la cabeza. Valeria sintió el esfuerzo que hacía por no romper nada. El aroma de cedro se llenó de furia, pero no iba hacia ella.
Nunca hacia ella.
—Entonces el Archivo existe —dijo él.
Valeria se tensó.
—¿Qué sabes del Moon Archive?
—Mi madre hablaba de él como de una leyenda familiar. Una memoria de Luna. Una herencia que no se abre por curiosidad, solo por pérdida.
Lucía.
El nombre cruzó la habitación sin ser dicho.
Valeria sintió una punzada detrás del ojo izquierdo.
—No sé controlarlo. A veces me muestra cosas. A veces me quita fuerza. Y hay recuerdos que se cierran cuando intento decirlos.
—¿Quién más lo sabe?
—Nadie.
Sebastián levantó la cabeza.
—Que siga así.
—Sebastián...
—No por controlarte. Por mantenerte viva.
La frase habría sonado a jaula en otra boca.
En la suya sonó a una puerta cerrada contra el incendio.
Valeria miró la mesa. Había un vaso de agua que nadie había tocado. Recordó otra mesa, otra copa, Adrián empujándola hacia sus dedos con esa suavidad que antes la hacía sentirse elegida.
El estómago se le cerró.
Sebastián siguió su mirada.
—No tienes que beber nada aquí.
—Es agua.
—Puede ser agua mañana también.
La simpleza de la respuesta le hizo arder los ojos.
En la vida anterior, cada cuidado venía con una factura escondida. Adrián la cubría del frío para que olvidara quién había abierto la ventana. Isabela le secaba las lágrimas y luego le decía a todos que Valeria era inestable. Sebastián, en cambio, no le pedía gratitud por apartar un vaso.
Eso también dolía.
Porque lo volvía real.
—Hay algo más —dijo ella—. Antes de morir, cuando me tocaste, no sentí miedo.
Sebastián se quedó quieto.
—Sentí... vergüenza. Mucha. Pero no miedo.
—Valeria.
—Necesito que lo sepas. Porque yo sí hice cosas terribles por ceguera, por orgullo, por creerle al hombre equivocado. Pero cuando todo terminó, mi cuerpo supo algo que mi cabeza no quiso aceptar en años.
Él tragó.
—¿Qué supo?
Valeria se tocó el centro del pecho.
—Que eras casa.
Valeria respiró hondo.
—No puedo volver a ser la mujer que fui.
—No te lo estoy pidiendo.
—Tampoco puedo ser la Luna que todos quieren.
—Bien. Esa no me interesa.
Ella casi sonrió.
Casi.
—¿Y qué te interesa?
Sebastián la miró con una seriedad que le bajó el pulso hasta dejarla desnuda por dentro.
—La que volvió del infierno y todavía intenta salvar a los suyos.
Valeria no supo qué hacer con eso.
Con la fe.
Con la rabia.
Con esa forma suya de creer en ella cuando ella acababa de confesarle que en otra vida lo había destruido.
—Yo te elegí mal —dijo.
—Sí.
La honestidad dolió. También limpió.
—Y no sé si tengo derecho a pedirte...
—No me pidas derecho. Pídeme verdad.
Valeria se quedó mirándolo.
Él se acercó otra vez, más lento.
—En esa otra vida —dijo Sebastián—, cuando me rechazaste, cuando elegiste a Adrián, cuando usaste mi nombre como si fuera una cadena...
La voz se le quebró apenas.
Apenas, pero ella lo oyó.
—¿Alguna vez me amaste de verdad?
La lluvia golpeó más fuerte.
Y Valeria descubrió que esa pregunta la asustaba más que la muerte.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho