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El Lado Oscuro De La Pasión

El Lado Oscuro De La Pasión

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amante arrepentido / Reencuentro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...

NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Rebecca seguía mirando la columna del periódico extendido frente a ella. Se veía pálida y vulnerable, tanto que parecía que se rompería en dos si alguien la tocaba.

- ¿Qué vas a hacer? -preguntó Cristina con voz ronca.

Todavía era de mañana. El trabajo del día apenas empezaba. A través de la puerta cerrada de su pequeña oficina, Rebecca podía oír el tradicional ronroneo de varias máquinas de coser, mezclado con la charla de sus cinco empleados, discutiendo los chismes cotidianos.

-No sé -respondió, sin apartar la vista de la columna donde un anunció enmarcado la amenazaba, saltando hacia ella con sus letras oscuras que decían:

¿Puede la señorita Rebecca Shaw, cuyo último domicilio conocido fue en el pueblo de Thornley, en South Yorkshire, ponerse en contacto con este número de teléfono, a la mayor brevedad posible, ya que su madre está enferma de gravedad?

- ¡No! ¡No lo haré! ¡No sé como te atreves a sugerírmelo!

 

Se volvió dé pronto, para contemplar por la ventana el gris paisaje invernal, mientras los gritos agudos de la desesperada y asustada adolescente de dieciséis años resonaban en sus oídos, a pesar de los diez que transcurrieron desde que los emitió.

Hacía un frío espantoso afuera, el cruel viento del norte barría la nieve, convirtiéndola en polvo. Y una mujer anciana, luchando por caminar en la calle, cargada con su canasta del mercado, parecía helada hasta los huesos.

Rebecca permaneció, con la mente en blanco, inmóvil. De pronto un chico apareció en la esquina pedaleando en su bicicleta, con la cara medio, cubierta por el anorak. Sonrió por vez primera desde que Cristina dejara el periódico ante ella.

- ¿Rebecca? Es tu madre -afirmó Cristina, ansiosa-. Y está enferma. Quizá haya pedido verte. No puedes ignorar su llamada.

-Lo harás, Rebecca, o jamás volveré oponerte los ojos encima...

-No -murmuró, ausente-. Supongo que no.

-Y yo te ofrezco telefonearle, si quieres -sugirió Cristina -. Averiguaré qué tan enferma está y si…

-No -Rebecca negó con la cabeza y la masa de cabello castaño oscuro se frotó contra el cuello de su chaqueta tejida. Sabía a quién pertenecía ese número. Aún después de diez largos años lo recordaba de memoria. Era el número del teléfono privado de Thornley Hall. El de Jay.

-Jay no te ama, estúpida. Sólo tomó lo que tú le entregaste con tan poca prudencia. Como la mayoría de los hombres, se aprovecha de las circunstancias y tú te le ofreciste durante todo este largo verano.

Rebecca se balanceó; el terrible dolor que la invadió diez años atrás, ahora la sacudía con igual crueldad. Entonces no le creyó a su madre, como era natural. Apenas tenía dieciséis años y estaba loca, apasionada, ciegamente enamorada... y también tenía miedo. Debió enfrentarse a la prueba que la desgarró para aceptar la evidencia. Y, a partir de ese instante creyó cada palabra dura, fría, vergonzosa.

La puerta de la entrada se cerró y luego se escuchó el ruido de una bicicleta a través del estrecho corredor; Rebecca se volvió justo a tiempo para ver la cara enrojecida del chico, iluminada por una sonrisa, enmarcada por el quicio de la puerta abierta.

- ¡Hola, mamá! -la saludó, excitado-. ¡Rayos! ¿Ya vieron el viento que hace? ¡Casi me tira de la “bici”!

Algo le contrajo el corazón, el amor inconquistable de una madre por su único hijo; sintió que se enfriaba por dentro y un miedo, que no experimentó en diez años, le apretó la esencia misma de su alma.

-Kit -le anunció, en voz baja-, debo irme por unos días. ¿Te importada mucho quedarte con Cristina y con Tom hasta mi regreso?

- ¡Claro que no! -Exclamó él, entrando al cuarto y llenándolo de un soplo de aire fresco-. El tío Tom me llevará a pescar si se lo pido de buen modo -le lanzó una sonrisa confiada a Cristina, que encerraba un encanto fatal... un encanto que su madre reconoció con un dolor distinto. Entonces el niño frunció el ceño al volverse hacia ella-: Pero, ¿a dónde vas? De seguro no a buscar telas, ¿verdad? -Suspiró-: Pensé que ya habías ordenado los trapos para esta primavera.

Rebecca atrapó esa sugerencia al vuelo, agradecida de que le proporcionara una excusa aceptable.

-Sí-le envió a Cristina un mensaje con los ojos-. Sí, eso es. Leí que inauguraron unos telares en Yorkshire y Cristina cree que debo investigar

-Está bien -se encogió de hombros, incorporando esa información a su mente. Durante toda su infancia su madre había viajado, dejándolo con la tía Cristina y el tío Tom para buscar telas, a precios regalados, para fabricar sus propios diseños. Y a sus tíos les gustaba que los visitara, puesto que no tenían niños, ni pensaban adoptar un bebé.

-Como estás de vacaciones-intervino Cristina, en tono alegre-, quizá podríamos ir a un McDonald’s y al cine una noche, si quieres.

- ¡Perfecto! Sí, por favor, tía Chrissy -de un salto se acercó a la tía postiza y la abrazó-. ¿Cuándo te vas? -le preguntó a su madre, haciéndola sonreír ante su prisa por librarse de ella.

-Todavía no lo sé -la sonrisa murió y Rebecca tuvo que volverse para que él no viera la melancolía que la invadía-. Pero quizá lo haga de inmediato. Después de unos cuantos telefonemas.

- ¡Cielos, mira la hora que es! -Exclamó Cristina de repente-. Los trabajadores empezarán a aullar si no les servimos su taza de té. Ven Kit, ayúdame -le ordenó al niño-; planearemos nuestras actividades mientras tu madre se encarga de las suyas.

Rebecca lo observó alejarse, comiéndoselo con los ojos. Veía a Jay, alto y fuerte, al lado de Cristina, en la forma de su hijo, tan parecido a su padre que se asombraba de amarlo con locura, a pesar de que despreciaba al hombre que lo engendró.

1
Alexandra Ortiz Posada
Me enfurece que ella se deje menospreciar de esa manera
Alexandra Ortiz Posada
Cada vez más odioso
Alexandra Ortiz Posada
Demasiado tonta
Alexandra Ortiz Posada
Odioso, y ni siquiera le pide perdón por la haberla golpeado
Alexandra Ortiz Posada
Malvado, egoísta, no se interesa en el sufrimiento de ella
Alexandra Ortiz Posada
Odio como la trata este estupido
Alexandra Ortiz Posada
Desgraciado, como se atreve a pegarle
Alexandra Ortiz Posada
Es odioso este tipo
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