SIN ESPOILER
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UN CAFE INESPERADO
La semana transcurrió más rápido de lo que Valeria había imaginado.
Entre sesiones fotográficas, reuniones y entrevistas, apenas había tenido tiempo para descansar.
Sin embargo, había algo que ocupaba ocasionalmente sus pensamientos.
Lorenzo.
Aquel hombre elegante y tranquilo que había conocido después del desfile.
No habían vuelto a verse desde entonces.
Aunque, para su sorpresa, sí habían intercambiado algunos mensajes.
Nada demasiado personal.
Solo conversaciones sencillas que poco a poco se volvieron más frecuentes.
Y, sin darse cuenta, Valeria comenzó a esperar esos mensajes.
Aquella tarde tenía una reunión con una importante marca de joyería.
Cuando terminó, decidió pasar por una cafetería cercana antes de regresar a casa.
Necesitaba unos minutos de tranquilidad.
Pidió un café y se sentó junto a una ventana.
Mientras observaba a la gente caminar por la calle, una voz familiar llamó su atención.
—Parece que el destino insiste en cruzarnos.
Valeria levantó la vista.
Y sonrió.
—Lorenzo.
El hombre estaba de pie frente a ella, vestido con un traje oscuro impecable.
Como siempre.
—¿Puedo sentarme?
—Claro.
Lorenzo tomó asiento.
—¿Cómo ha estado?
—Muy bien.
—Me alegra escuchar eso.
—¿Y usted?
—Trabajando demasiado.
—Entonces estamos igual.
Ambos soltaron una pequeña risa.
La conversación fluyó con la misma facilidad que la primera vez.
Hablaron sobre viajes.
Sobre sus trabajos.
Sobre lugares que deseaban visitar algún día.
Y, como ya comenzaba a ser costumbre, terminaron hablando de sus hijos.
—Victoria me obligó a mostrarle una fotografía suya.
Lorenzo arqueó una ceja.
—¿Obligó?
—Prácticamente.
Él soltó una carcajada.
—Ian haría exactamente lo mismo.
—¿De verdad?
—Claro.
Aunque probablemente fingiría que no le interesa.
—Suena a adolescente.
—Lo es.
—Victoria también.
Lorenzo sacó su teléfono.
—Ya que hablamos de ellos...
Abrió una fotografía.
—Este es Ian.
Valeria observó la imagen.
Un joven alto, de cabello oscuro y ojos intensos miraba directamente a la cámara.
Tenía una apariencia seria, aunque elegante.
—Es muy apuesto.
—Gracias.
—Se parece mucho a usted.
—Eso dicen.
Valeria sonrió.
Entonces mostró una fotografía de Victoria.
Lorenzo la observó unos segundos.
En la imagen, la joven sonreía mientras sostenía un enorme peluche
—Es hermosa.
—Gracias.
—Tiene una sonrisa muy parecida a la suya.
Valeria sintió un pequeño orgullo maternal.
—Es una buena chica.
—Se nota.
Durante un momento guardaron silencio.
Un silencio cómodo.
De esos que no resultan incómodos.
Lorenzo observó su taza de café.
Luego volvió a mirarla.
—Valeria.
—¿Sí?
—Hay algo que quería preguntarle.
Ella levantó una ceja.
—Lo escucho.
—¿Le gustaría cenar conmigo este fin de semana?
Valeria se quedó inmóvil por unos segundos.
Aquello no era una reunión casual.
No era una conversación improvisada.
Era una invitación.
Una cita.
Y ambos lo sabían.
—¿Una cena? —preguntó ella.
—Una cena.
Valeria sonrió.
—Creo que me gustaría.
Por primera vez en toda la conversación, Lorenzo pareció genuinamente aliviado.
—Me alegra escuchar eso.
—Aunque debo advertirle algo.
—¿Qué cosa?
—Mi hija seguramente va a interrogarme cuando llegue a casa.
Lorenzo soltó una carcajada.
—Entonces creo que Ian hará lo mismo conmigo.
—¿También es curioso?
—Muchísimo.
—Pobres de nosotros.
—Definitivamente.
Ambos volvieron a reír.
Y mientras la tarde avanzaba entre conversaciones y sonrisas, ninguno imaginaba que aquella cena sería el comienzo de algo mucho más importante.
Porque mientras Valeria y Lorenzo comenzaban a acercarse poco a poco...
El destino también estaba preparando el momento en que Victoria e Ian Isaac finalmente se conocerían