Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 18
La habitación se sentía distinta de pronto. Más pequeña, más cargada, como si el aire mismo hubiera decidido espesarse alrededor de nosotros mientras la conversación, poco a poco, se fue quedando sin palabras.
Kael dio un paso más cerca. Y luego otro.
Yo no me aparté.
Quedamos a una distancia que ya no tenía nada de prudente, lo suficientemente cerca como para notar cómo su respiración había cambiado, más lenta, más deliberada, como si estuviera conteniendo algo que llevaba luchando por contener durante semanas.
Ninguno de los dos dijo nada.
Se inclinó ligeramente, sus ojos verdes recorriendo mi rostro con una atención que ya no intentaba disimular como simple curiosidad. Sentí el corazón latiéndome con una fuerza que se me antojó casi ridícula, considerando todas las veces que había jurado, desde el primer día, que jamás dejaría que ese hombre arrogante e insufrible significara algo para mí.
Y sin embargo, ahí estaba, sin moverme, sin decir una palabra, esperando.
Su mano se levantó despacio, y sentí sus dedos rozar mi mejilla antes de deslizarse con suavidad hacia mi cuello, dejando una estela cálida sobre mi piel que se sintió completamente distinta a cualquier roce que hubiera experimentado antes. El silencio entre nosotros se volvió casi insoportable, cargado de algo que ninguno de los dos parecía dispuesto, todavía, a nombrar en voz alta.
Cuando finalmente cerró la distancia entre nosotros, lo hizo despacio, casi con cautela, como si esperara que yo me apartara en cualquier momento.
No lo hice.
El beso comenzó suave, casi tentativo, como una pregunta silenciosa que ninguno de los dos necesitaba responder con palabras. Sentí su mano todavía en mi cuello, sus dedos rozando con delicadeza la línea de mi mandíbula, y por un momento, todo lo demás —la corte, las indirectas, los meses de pullas y desafíos— pareció disolverse completamente.
Pero la suavidad no duró.
Lo que comenzó como algo tentativo se volvió, poco a poco, más profundo, más seguro, como si ambos hubiéramos dejado finalmente de fingir que esto no era exactamente lo que ambos habíamos estado evitando admitir desde el primer encuentro en aquel salón del consejo. Su mano se deslizó hasta mi cintura, atrayéndome hacia él con una firmeza que contrastaba completamente con la cautela inicial, y yo, sin pensarlo, llevé mis manos hasta su pecho, no para alejarlo, sino para sostenerme de algo en medio de todo lo que sentía.
El mundo entero pareció reducirse a ese instante: la luz plateada de la luna entrando por el balcón, el silencio de la habitación roto solo por nuestra respiración, y la certeza creciente de que ya no había manera de fingir indiferencia después de esto.
Cuando finalmente nos separamos, ninguno de los dos se alejó del todo. Kael mantuvo su frente apoyada contra la mía, sus ojos todavía cerrados, su respiración tan irregular como la mía propia.
—Esto —dijo finalmente, con voz baja, casi ronca— no estaba en mis planes.
—Tampoco en los míos —admití, todavía sin alejarme.
—¿Te arrepientes? —preguntó, abriendo los ojos para mirarme directamente, con una vulnerabilidad que jamás le había visto antes.
Lo pensé un momento, sintiendo todavía el calor de su mano en mi cintura, el recuerdo del beso instalándose en cada parte de mí con una intensidad que me costaba procesar del todo.
—No —respondí finalmente, con una honestidad que me sorprendió a mí misma—. No me arrepiento.
Algo en su expresión se suavizó completamente ante esa respuesta, una sonrisa lenta y genuina apareciendo en su rostro, tan distinta a cualquier expresión calculada que le hubiera visto en la corte.
—Bien —dijo, con esa media sonrisa que ya empezaba a sentir como algo profundamente familiar—. Porque yo tampoco.
Nos quedamos así un momento más, todavía cerca, todavía sintiendo esa tensión que ya no era la de antes, llena de indirectas y desafíos verbales, sino algo más cálido, más real, más aterrador en su honestidad.
—Deberías irte —dije finalmente, aunque mi voz no sonaba del todo convencida de esas palabras—. Antes de que alguien note que el rey de Varken entra a habitaciones ajenas por el balcón a estas horas.
—Probablemente tengas razón —concordó él, aunque no hizo ningún movimiento inmediato para alejarse.
—Kael.
—Evelyn —respondió, con esa sonrisa torcida que ya no escondía nada—. Un minuto más.
Y aunque sabía que debía insistir, que la prudencia exigía que lo dejara marchar antes de que la situación se complicara más de lo que ya estaba, no pude evitar quedarme exactamente donde estaba, disfrutando de ese minuto robado, consciente de que algo entre nosotros acababa de cambiar de una manera que ya no tenía vuelta atrás.