Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 13: La pelada que me estaba moviendo el piso
Habían pasado dos meses desde aquella conversación por mensajes con Valeria.
Dos meses donde todo empezó a cambiar poquito a poquito entre nosotros.
Y la verdad…
yo ya no podía negar lo que estaba sintiendo.
Valeria me estaba moviendo el piso demasiado.
Yo siempre había sido el tipo de hombre que intenta hacerse el fuerte, el tranquilo, el que piensa mucho las cosas antes de actuar. Pero cuando uno se enamora de verdad, todo eso se empieza a desordenar.
Y sí…
yo era de esos que se enamoran rápido cuando alguien los trata bonito de verdad.
Ese día estaba en la universidad terminando unas cosas de ingeniería. Había pasado casi toda la tarde haciendo trabajos y revisando unas entregas que me tenían cansado.
El clima en Manzanares estaba frío como siempre. La neblina comenzaba a bajar suave por las montañas y el ambiente se veía gris.
Yo estaba guardando las cosas cuando el celular vibró.
Era Valeria.
Sonreí apenas vi su nombre.
Y eso ya me estaba preocupando un poquito.
Porque antes mi celular sonaba y me daba igual.
Ahora no.
Ahora cuando era ella, automáticamente me cambiaba el ánimo.
Contesté.
—“Hola.”
—“Hola…” —dijo ella con esa voz tranquila que tanto me gustaba.
—“¿Qué haces?”
—“Saliendo de la universidad.”
Ella se rió suave.
—“Tan aplicado.”
—“No me moleste.”
—“Ay, tan serio.”
Yo sonreí solo.
Y ahí fue donde entendí algo.
Ella ya tenía el poder de hacerme sonreír sin esfuerzo.
Nos quedamos hablando normal unos minutos. Cosas simples. Que cómo había estado el día, que qué había almorzado, que cómo iba todo.
Pero yo tenía la cabeza en otra parte.
Porque llevaba días pensando en lo mismo.
En ella.
En cómo me sentía cuando hablábamos.
En cómo me daba tranquilidad.
En cómo sin darme cuenta ya se había vuelto parte importante de mis días.
Respiré hondo.
Y dije:
—“Vale…”
Ella se quedó callada.
—“¿Sí?”
Yo tragué saliva.
Hasta nervioso estaba.
Y eso no me pasaba casi nunca.
—“Quiero decirte algo.”
Ella se rió suave.
—“Me asustó.”
—“No, tranquila.”
Me senté en una silla del salón vacío mientras hablaba con ella.
Miré por la ventana un segundo.
Luego hablé.
—“Estos dos meses contigo han sido diferentes.”
Silencio.
Ella escuchaba atenta.
—“Y la verdad… usted me está moviendo demasiado el piso.”
Ella soltó una risa nerviosa.
—“¿Sí?”
—“Sí.”
Respiré hondo.
—“Yo pensé que no me iba a volver a sentir así por alguien.”
Silencio otra vez.
Pero uno bonito.
Yo seguí:
—“Y pues… soy el tipo de hombre que cuando se enamora, se enamora rápido.”
Ella se quedó callada unos segundos.
Yo hasta sentía el corazón rápido.
Ridículo, porque tenía 23 años y parecía un adolescente nervioso.
Pero así estaba.
—“Valeria…” —dije más suave— “¿usted quiere ser mi novia?”
Silencio.
Largo.
Yo pensé:
“Ya la embarré.”
Pero de repente escuché que ella soltó una pequeña risa.
Y luego…
—“¿Eso es en serio?”
Yo sonreí.
—“Muy en serio.”
Ella se quedó callada otra vez.
Y después escuché algo que jamás voy a olvidar.
Ella lloró poquito.
No fuerte.
Solo ese tipo de llanto suave cuando alguien está feliz y nervioso al mismo tiempo.
—“Ay no…” —dijo riéndose entre lágrimas— “usted no sabe cuánto esperé eso.”
Yo sentí algo raro en el pecho.
Bonito.
Tranquilo.
De esos sentimientos que uno no sabe explicar.
—“Entonces… ¿sí?” —pregunté.
Ella se rió.
—“Pues obvio que sí, bobo.”
Yo me tapé la cara riéndome solo.
—“Menos mal.”
—“¿Estaba nervioso?”
—“Muchísimo.”
Ella soltó una carcajada.
—“No le creo.”
—“Se lo juro.”
Y era verdad.
Con ella yo me sentía diferente.
Más tranquilo.
Más real.
Nos quedamos hablando un buen rato más.
Ella me contaba que estaba sonriendo sola en su cuarto, que sentía el corazón acelerado, que no podía creer que por fin estaba pasando.
Y yo solo la escuchaba sonriendo como un idiota.
Porque sí…
estaba enamorado.
Después de un rato le dije:
—“Voy por usted.”
Ella se quedó callada.
—“¿Cómo así?”
—“Quiero verla.”
Ella soltó una risa suave.
—“Edwin…”
—“¿Qué?”
—“Usted sí se enamora rápido.”
Yo me reí.
—“Le dije.”
Ella seguía riéndose.
—“Bueno… venga.”
Salí rápido de la universidad.
Me subí al carro y manejé por las calles frías de Manzanares con una tranquilidad que no sentía hace años.
Y mientras manejaba entendí algo.
Valeria no había llegado haciendo ruido.
No apareció como algo exagerado.
Ella llegó despacio.
Con paciencia.
Con cariño.
Quedándose incluso cuando yo no estaba bien.
Y tal vez por eso terminó siendo tan importante para mí.
Porque hay personas que llegan a la vida como tormenta…
y otras que llegan como hogar.
Y Valeria…
se estaba convirtiendo exactamente en eso para mí.