Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
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Capítulo 8 — El Equilibrio Rotundo
Y la cuarta era la promesa de un equilibrio rotundo. Ravenna Shadow no solo guiaba al grupo con su libro; ella era el eje sobre el cual giraba la cordura de la misión. Mientras Lyraka era la fuerza, Xylia la esperanza y Shapira el sacrificio, Ravenna era la arquitectura. Si ella fallaba en comprender la verdadera naturaleza del equilibrio, todo lo que habían pasado —el dolor, las cicatrices, el silencio— no serviría para nada.
Llegaron al Vórtice de la Convergencia, un lugar donde el paisaje desafiaba toda lógica. A la izquierda, la tierra era fértil, llena de flores que nacían y morían en segundos bajo un sol artificial. A la derecha, el suelo era un desierto de hielo negro bajo una luna perpetua. En el centro exacto, donde ellas estaban paradas, no había nada más que un altar de cristal transparente que flotaba sobre un pozo de energía pura.
—Aquí es —susurró Ravenna. Sus manos temblaban al abrir el Tomo de los Equilibrios—. El lugar donde la medianoche se vuelve eterna o donde el tiempo vuelve a fluir.
—¿Y qué debemos hacer? —preguntó Lyraka, mirando el pozo de energía con desconfianza—. No veo enemigos que matar ni puertas que abrir.
Ravenna miró el altar. En su superficie, empezaron a aparecer inscripciones que solo ella podía leer. Su rostro se palideció.
—El equilibrio rotundo no es una balanza —explicó Ravenna, volviéndose hacia sus compañeras—. Nos han enseñado que el equilibrio es mitad luz y mitad sombra. Pero eso es una mentira. Eso es estancamiento. El verdadero equilibrio es el conflicto controlado. Es la tensión entre las dos fuerzas lo que permite que la vida exista.
—¿Conflicto? —Xylia frunció el ceño—. Hemos pasado todo este tiempo tratando de detener el conflicto.
—No —corrigió Ravenna, con una chispa de revelación en sus ojos—. Hemos estado tratando de detener la destrucción. El conflicto es necesario. Sin la sombra, la luz nos quemaría hasta las cenizas. Sin la luz, la sombra nos congelaría en el olvido. La Corona no sirve para elegir un bando. Sirve para asegurar que ninguno de los dos gane jamás.
En ese momento, el pozo de energía comenzó a desbordarse. De él surgieron dos figuras colosales. Eran los Avatares del Origen: uno hecho de fuego solar y otro de vacío absoluto. No eran seres con conciencia, sino fuerzas de la naturaleza que buscaban anularse mutuamente. Si chocaban, la explosión resultante borraría todo en un radio de miles de kilómetros.
—Debemos sostenerlos —dijo Ravenna, dándose cuenta de su papel—. ¡Lyraka, Shapira! ¡Tomen el lado de la Sombra! ¡Xylia, quédate conmigo en el lado de la Luz!
La batalla que siguió no fue física, sino una lucha de voluntades. Lyraka usó sus cuernos para absorber la furia del Avatar de Vacío, mientras que Shapira lanzaba sus cadenas para anclarlo al altar. Del otro lado, Xylia proyectaba toda su energía dorada para contener al Avatar de Fuego, mientras Ravenna usaba su libro para tejer un puente entre ambos.
El dolor era indescriptible. Ravenna sentía como si su mente estuviera siendo estirada entre dos caballos salvajes que corrían en direcciones opuestas. Veía la historia del mundo pasar ante sus ojos: guerras, nacimientos, extinciones. Todo dependía de que ella no soltara el vínculo.
—¡No puedo aguantar mucho más! —gritó Xylia, su armadura comenzando a agrietarse bajo el calor del sol—. ¡Me estoy fundiendo!
—¡Resiste! —rugió Lyraka desde el otro lado, su piel volviéndose gris por el frío del vacío—. ¡Si tú caes, todas caemos!
Shapira, en un acto de pura desesperación, extendió una de sus cadenas hacia Xylia. La cadena de sombra cruzó el altar y se enganchó en el hombro de la elfa de luz. El contraste fue un choque eléctrico que recorrió a todo el grupo. A través de ese vínculo improvisado, la energía comenzó a fluir en círculo. El frío de Lyraka aliviaba el calor de Xylia; la luz de Xylia evitaba que Shapira se desvaneciera en el vacío.
Ravenna, viendo la conexión, entendió el último paso. Cerró el libro con un golpe seco.
—¡Ahora! ¡Hagan el juramento!
—¡Juro por la sombra que protege a los débiles! —gritó Lyraka.
—¡Juro por la luz que revela la verdad! —exclamó Xylia.
Shapira golpeó el altar con sus cadenas, un sonido que resonó como una afirmación absoluta en la mente de todas.
Ravenna se puso de pie, su figura bañada en una mezcla de colores que no tenían nombre.
—¡Y yo juro por el equilibrio que las une a todas! ¡Que la medianoche sea nuestra corona y nuestra carga!
El estallido de energía fue ciego y silencioso. Los avatares se fusionaron en una sola esfera de luz grisácea que descendió lentamente sobre el altar, transformándose en una diadema sencilla de metal líquido. El equilibrio rotundo se había alcanzado, no mediante la eliminación del opuesto, sino mediante la aceptación total de su necesidad.
Ravenna tomó la diadema. Al tocarla, una visión del futuro la golpeó: no era un mundo de paz perfecta, sino un mundo donde el esfuerzo valía la pena, donde el dolor tenía un propósito y donde la oscuridad no era un enemigo, sino un hogar.
Se volvió hacia sus hermanas. Todas estaban exhaustas, heridas y cambiadas para siempre. Pero había algo nuevo en sus ojos: una claridad que solo se obtiene al haber mirado al abismo y haberle devuelto la mirada.
—Está hecho —dijo Ravenna, su voz ahora llena de una autoridad serena—. Pero el precio apenas comienza a cobrarse.
Se tomaron de las manos, formando un círculo alrededor del altar. El mundo a su alrededor comenzó a estabilizarse, las flores salvajes y el hielo negro se mezclaron para crear un valle de un verde profundo bajo un cielo de atardecer eterno.
Había acordado un pacto que sellaría su destino aquella medianoche.