Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 11: El Nuevo Amo
Sebastian Spencer llegó a las oficinas de Lecrec Enterprises como un conquistador entrando en territorio enemigo. Vestía un traje negro impecable y llevaba consigo un aire de autoridad absoluta. Lo acompañaban seis personas de su equipo de confianza: ingenieros, auditores y gerentes que había traído de Spencer Consulting & Construction.
Los empleados de Lecrec los observaban con una mezcla de temor y curiosidad. Sebastian se detuvo en el centro del piso principal y habló con voz alta y clara, sin necesidad de micrófono.
—A partir de hoy, yo soy el jefe aquí. La empresa Lecrec pasará a formar parte de un nuevo esquema de gestión. La forma en que se han administrado las cosas hasta ahora es la razón principal por la que se estaban hundiendo. Cambios drásticos empiezan ahora.
Hizo un gesto a su equipo.
—Traje a mi gente. Ellos supervisarán las áreas clave. Los horarios laborales se flexibilizarán: entrada entre las 7:30 y 9:30 de la mañana, y salida acorde al cumplimiento de objetivos. Quien rinda, tendrá beneficios. Quien no… ya sabe dónde está la puerta.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos empleados parecieron aliviados; otros, preocupados.
Sebastian giró la cabeza y clavó su mirada en Elena, que estaba de pie junto a la puerta de su antiguo despacho.
—Elena. A mi oficina. Ahora. Quiero el empalme completo de todos los proyectos.
Elena apretó la mandíbula, pero obedeció. Entraron al que había sido el despacho de Alfred, ahora ocupado por Sebastian.
—Siéntate —ordenó él de mala manera, casi gruñendo—. Y empieza. No tengo todo el día.
Elena abrió su iPad y su portátil sobre la mesa. Con profesionalismo frío, comenzó a mostrarle los informes, planos digitales, presupuestos y cronogramas.
—Este es el proyecto del complejo residencial sostenible en las afueras. Llevo ocho meses trabajando en los diseños de eficiencia energética y materiales ecológicos. Aquí están los cálculos estructurales, los estudios de impacto ambiental y las propuestas de financiamiento…
Sebastian se inclinó hacia la pantalla. Como ingeniero civil con años de experiencia, no pudo evitar estudiar cada detalle con atención. Los diseños eran impecables. Innovadores. Mucho más avanzados de lo que esperaba de alguien tan joven. Por dentro, quedó impresionado. Elena era realmente buena. Excelente, incluso. Pero no dijo ni una palabra de elogio.
—Sigue —fue todo lo que murmuró, con tono seco.
Elena continuó durante casi dos horas, explicando cada proyecto con detalle. Sebastian hacía preguntas cortantes, señalaba posibles fallos y exigía cambios. La tensión entre ellos era palpable.
Cuando terminaron, Sebastian se recostó en el sillón.
—Esto servirá. Pero todo pasará por mi aprobación final. Ahora volvamos a casa.
Esa noche, en el estudio privado de la mansión, John Anderson esperaba a Sebastian con expresión seria. Elena se había retirado a su habitación sin cenar.
—Tienes que ver esto —dijo John, colocando un portátil sobre el escritorio.
Reprodujo un video. En él se veía a Martín Lecrec en un lugar oscuro, rodeado de varias mujeres jóvenes, claramente en un contexto de explotación. Las imágenes dejaban claro su involucramiento en una red de trata de personas.
Sebastian golpeó el escritorio con el puño cerrado. Su rostro se transformó en pura rabia.
—¡Hijo de puta! —rugió—. Esa familia está podrida hasta la médula. No solo roban dinero… trafican con personas. ¿Cómo es posible que seres humanos hagan esto solo porque tienen algo de poder y dinero?
John asintió con gravedad.
—Hay más evidencias. Podemos destruirlo por completo.
Sebastian se levantó y caminó por el estudio como un animal enjaulado. De pronto, un flashback lo golpeó con fuerza.
Recordó las calles frías de Londres, él siendo apenas un niño, intentando proteger a su hermana Beth de los abusos y las humillaciones. Recordó las veces que gente con dinero los había tratado como basura, los insultos, los golpes, la indiferencia cuando Beth desapareció. Recordó cómo el mundo de los poderosos había permitido que su hermana muriera sin que nadie moviera un dedo.
—Los haré pagar —murmuró Sebastian con voz oscura y peligrosa—. A todos y cada uno de ellos. Alfred, Martín, Victoria… incluso Elena aprenderá lo que significa pagar por los pecados de su sangre. Nadie trata a las personas como objetos y sale impune.
John lo miró con preocupación.
—¿Incluso Elena?
Sebastian apretó los puños.
—Ella es parte del trato. Pero si descubro que sabía algo de esto… no tendré piedad.
Fuera del estudio, Elena, que había bajado por un vaso de agua, escuchó parte de la conversación desde las sombras. Su cuerpo se estremeció. El odio y el miedo se mezclaron en su interior.
La noche se volvió más oscura que nunca en la mansión.