Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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El hombre que no conocia sus propios limites
Las horas pasaron rápido.
Ailén siguió trabajando mientras Arlen recorría los pasillos del supermercado.
Aprendió que las personas compraban comida.
Que existían cientos de sabores.
Que había máquinas capaces de conservar alimentos durante semanas.
Y que las torres de latas no eran consideradas obras maestras por la mayoría de la población.
Aquello último le resultó especialmente decepcionante.
Cuando llegó el momento de irse, encontró nuevamente a Ailén acomodando mercadería.
—Creo que debo marcharme.
—¿Ya?
—Sí.
Ella apoyó una caja en una estantería.
—Bueno... fue divertido tenerte de visita.
Arlen sonrió.
—También fue divertido para mí.
Ailén dudó unos segundos.
Luego hizo una pregunta sencilla.
—¿Tenés dónde dormir?
Arlen permaneció inmóvil.
Por supuesto que no.
No tenía casa.
No tenía dinero.
No tenía absolutamente nada.
Pero algo dentro de él le decía que no quería preocuparla.
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido.
Ailén entrecerró los ojos.
—¿Seguro?
—Completamente.
—No parecés muy convincente.
—¿Qué significa convincente?
—Olvidalo.
Suspiró.
—Bueno... cuidate.
—Tú también.
Y tras una última sonrisa, Arlen abandonó el supermercado.
La noche llegó poco después.
Las calles comenzaron a vaciarse.
Las luces de la ciudad iluminaban las veredas.
Arlen caminó durante horas.
Sin rumbo.
Simplemente observando.
Hasta que encontró un edificio abandonado.
Las ventanas estaban rotas.
La pintura descascarada.
Y nadie parecía vivir allí.
—Perfecto.
Entró.
El interior estaba cubierto de polvo.
Pero era un refugio.
Buscó un rincón tranquilo.
Se sentó.
Apoyó la espalda contra una pared.
Y observó el techo.
—Qué agradable.
El suelo estaba frío.
Extrañamente frío.
Sintió aquella sensación recorrer su espalda.
Y sonrió.
—Es bueno poder sentir el frío del suelo.
Minutos después se quedó dormido.
Cuando abrió los ojos al día siguiente...
Todo su cuerpo protestó.
—¡Ay!
Se incorporó lentamente.
La espalda le dolía.
El cuello también.
Las piernas estaban rígidas.
Permaneció unos segundos sentado.
Pensando.
Finalmente llegó a una conclusión.
—Es horrible sentir el frío del suelo.
Se quedó observando el lugar.
—Necesito conseguir pronto un lugar para descansar.
Pensó unos segundos más.
Su estómago emitió un sonido extraño.
Arlen bajó la vista.
—Y también un lugar para comer.
El estómago volvió a protestar.
—No parece dispuesto a dejarme olvidar ese detalle.
Se puso de pie.
Estiró los brazos.
Y entonces algo llamó su atención.
No recordaba casi nada.
Pero sí recordaba una cosa.
Entrenar.
No sabía por qué.
No sabía para qué.
Simplemente sentía que debía hacerlo.
—Veamos cuánto puedo hacer.
Se colocó sobre el suelo.
Y comenzó las flexiones.
Una.
Diez.
Cien.
Doscientas.
Quinientas.
Mil.
Cuando terminó ni siquiera estaba agitado.
—Eso fue fácil.
Se quedó pensando.
—Quizás hice pocas.
Continuó con abdominales.
Cien.
Doscientos.
Quinientos.
Mil.
Terminó exactamente igual que antes.
Sin cansancio.
Sin esfuerzo.
Como si su cuerpo apenas hubiera comenzado a moverse.
—Eso es extraño.
Entonces decidió probar algo más.
Sentadillas.
La primera hizo crujir el suelo.
La segunda levantó una pequeña nube de polvo.
La tercera provocó una vibración en todo el edificio.
Arlen se detuvo.
—Hmm...
Pero la curiosidad pudo más.
Continuó.
Cada movimiento parecía despertar algo oculto.
El aire comenzó a moverse alrededor de él.
Una energía invisible surgió lentamente.
Las paredes vibraban.
El suelo temblaba.
Y durante un instante una especie de resplandor rodeó su cuerpo.
Arlen abrió los ojos sorprendido.
—¿Qué es eso?
CRAAASH.
El techo sobre él se desplomó.
Pedazos de concreto cayeron por todas partes.
Arlen saltó hacia atrás.
Cubierto de polvo.
Observó el enorme agujero que acababa de aparecer.
Permaneció unos segundos en silencio.
—Tengo que tener más cuidado con las cosas.
De repente se escuchó un grito.
—¡¡¿Qué fue eso?!!
Un hombre cayó desde el piso superior.
Afortunadamente aterrizó sobre una montaña de colchones viejos.
—¡Ay, mis huesos!
Era un anciano.
Barba blanca.
Ropa desgastada.
Y una expresión de absoluto terror.
Se puso de pie rápidamente.
Y al ver a Arlen retrocedió.
—¡No te acerques!
Arlen levantó las manos.
—Está bien.
—¿Vos hiciste esto?
—Creo que sí.
—¿Creés?
—Todavía estoy aprendiendo.
El anciano lo observó.
Esperando una amenaza.
Un ataque.
Algo.
Pero Arlen simplemente sonrió.
—Lamento haber roto tu techo.
—No era mío.
—Entonces lamento haber roto el techo de alguien más.
El anciano parpadeó.
Confundido.
Aquella no era la respuesta que esperaba.
Minutos después ambos estaban sentados entre los escombros.
Conversando.
Como si se conocieran desde hacía años.
—Entonces... ¿cómo te llamás?
—Arlen.
—¿Solo Arlen?
—Solo Arlen.
—¿Y tu apellido?
—¿Qué es un apellido?
El anciano soltó una carcajada.
—Sos un caso complicado.
—Eso me dicen seguido.
—¿Y tenés familia?
—No lo sé.
—¿Casa?
—No.
—¿Dinero?
—No.
—¿Comida?
—Tampoco.
El anciano lo observó unos segundos.
Luego sonrió.
Una sonrisa cansada.
Pero amable.
—Entonces estamos bastante parecidos.
Arlen sonrió también.
El anciano se puso de pie.
—Vení.
—¿A dónde?
—A desayunar.
—¿Desayunar?
—Comer.
Los ojos de Arlen se iluminaron.
—Eso me interesa.
—Lo imaginé.
Comenzaron a caminar por las calles.
—¿Y dónde conseguiremos comida?
—Hay una iglesia cerca.
Siempre ayudan a quienes lo necesitan.
Arlen observó al anciano.
—¿Sin pedir nada a cambio?
—A veces la gente simplemente ayuda.
Arlen guardó silencio.
Aquella idea le pareció hermosa.
Y mientras ambos avanzaban hacia la iglesia...
Sin saberlo...
Arlen estaba a punto de descubrir otra de las cosas más importantes del mundo.
La bondad de las personas.
Los ecos de Sijer
La iglesia era más grande de lo que Arlen esperaba.
Las puertas permanecían abiertas.
Varias personas entraban y salían con naturalidad.
Algunas buscaban ayuda.
Otras simplemente iban a rezar.
Genaro caminó hasta la entrada como si conociera el lugar desde hacía años.
Y probablemente así era.
Un hombre de cabello canoso los recibió con una sonrisa amable.
—Genaro. Pensé que hoy no vendrías.
—Todavía no me libré de este mundo, padre.
El sacerdote soltó una pequeña risa.
Luego observó a Arlen.
—¿Y tu amigo?
—Se llama Arlen.
—Encantado.
Arlen inclinó ligeramente la cabeza.
—Yo también.
El sacerdote los observó unos segundos.
Notó el estado de sus ropas.
La suciedad.
El polvo.
Y sonrió.
—Antes de comer, ¿qué les parece una ducha caliente y ropa limpia?
Media hora después...
Arlen permanecía inmóvil bajo el agua.
No quería salir.
El vapor llenaba el pequeño baño.
El agua caliente caía sobre su cuerpo.
Y por primera vez desde que había llegado a la Tierra sintió algo parecido al descanso.
Cerró los ojos.
Simplemente disfrutando.
—Esto es maravilloso.
Murmuró.
No sabía quién había inventado aquello.
Pero merecía una recompensa.
Una muy grande.
Cuando finalmente salió encontró ropa limpia sobre una silla.
Un pantalón sencillo.
Una remera negra.
Un abrigo gris.
Nada especial.
Pero al ponérselos sintió algo extraño.
Comodidad.
Pertenencia.
Como si por primera vez no pareciera un hombre perdido.
Más tarde encontró a Genaro en el comedor.
El anciano también se había aseado.
La diferencia era enorme.
Aunque seguía pareciendo cansado.
—Mirá vos.
—¿Qué?
—Parecés una persona normal.
Arlen sonrió.
—Creo que es un avance.
Ambos comenzaron a comer.
Pan caliente.
Sopa.
Algo de carne.
Fruta.
Para Arlen era un banquete.
Mientras observaba el salón, algo llamó su atención.
Un enorme cuadro colgaba sobre una de las paredes.
Representaba al dios que gobernaba el mundo.
Una figura majestuosa.
Vestida de blanco.
Con una corona dorada.
Los brazos abiertos.
Observando a la humanidad.
Arlen quedó inmóvil.
No apartó la mirada.
Algo se agitó en su interior.
No era ira.
No exactamente.
Pero tampoco simpatía.
Era una sensación incómoda.
Como una piedra dentro del zapato.
Como si algo muy profundo dentro de él rechazara aquella imagen.
Genaro siguió la dirección de su mirada.
Y palideció.
—No lo mires así.
Arlen parpadeó.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras atravesarlo con los ojos.
—¿Lo estoy haciendo?
—Sí.
—No era mi intención.
Genaro bajó la voz.
—Hay personas que podrían sacarte de acá por mucho menos.
Arlen volvió a mirar el cuadro.
Luego regresó a su comida.
—Entendido.
Y siguió comiendo.
Cuando terminaron abandonaron la iglesia.
Caminaron varias cuadras en silencio.
Hasta que Genaro habló.
—¿Qué pasó ahí adentro?
—¿Con qué?
—Con nuestro dios.
Arlen tardó unos segundos en responder.
Finalmente dijo:
—Quería saber cómo es.
—¿Cómo es quién?
—El mundo con ese dios.
Genaro lo observó confundido.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
Arlen caminó unos pasos más.
—Cada cierto tiempo un dios nuevo se sienta en el Trono de los Hombres.
Genaro se detuvo.
—¿Qué?
—Nada.
Arlen sonrió.
—Solo curiosidad.
El anciano permaneció callado.
Luego respondió.
—Mi dios es bueno.
—¿Sí?
—Ayuda a las personas.
Les da esperanza.
Un camino que seguir.
Es justo.
Bondadoso.
Protege a los débiles.
La voz de Genaro se quebró.
Solo por un instante.
Pero Arlen lo notó.
El anciano bajó la mirada.
Respiró hondo.
Y continuó caminando.
Como si nada hubiera ocurrido.
Regresaron al edificio abandonado.
Subieron hasta el piso donde Genaro vivía.
El lugar era sorprendente.
Montañas de libros cubrían las paredes.
Había mapas.
Cuadernos.
Fotografías.
Notas escritas a mano.
Recortes antiguos.
Parecía una biblioteca olvidada por el tiempo.
Arlen observó todo maravillado.
—¿Este es tu refugio?
—Sí.
—Me gusta.
Genaro sonrió.
—Antes era profesor de historia.
—¿Profesor?
—Enseñaba.
Investigaba.
Viajaba.
Buscaba respuestas.
Arlen tomó asiento sobre una pila de libros.
Y escuchó.
—Hace muchos años participé en una expedición.
Buscábamos una ciudad llamada Sijer.
Arlen levantó la vista.
—Nunca escuché ese nombre.
—Casi nadie lo hizo.
Sijer fue enterrada por el tiempo.
Olvidada.
O al menos eso intentaron.
La voz de Genaro comenzó a endurecerse.
—Según la historia oficial allí ocurrió una disputa entre seguidores del dios supremo y quienes se negaban a seguirlo.
—¿Y qué ocurrió?
—La versión oficial dice que alcanzaron la paz.
Arlen no respondió.
Sabía que esa no era la verdad.
Podía verlo en los ojos del anciano.
—Excavamos durante meses.
Y encontramos fosas.
Decenas.
Luego cientos.
Llenas de esqueletos.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Familias enteras.
El silencio llenó la habitación.
—Eso no era una paz.
Era una masacre.
Genaro apretó los puños.
—Cuando intenté hacerlo público comenzaron los problemas.
Los investigadores abandonaron el proyecto.
Los fondos desaparecieron.
Las autoridades dejaron de responder.
Y después...
Llegaron las muertes.
Arlen escuchaba en silencio.
—Éramos veintidós.
Diecisiete hombres.
Cinco mujeres.
Uno por uno fueron muriendo.
Accidentes.
Enfermedades.
Suicidios.
Desapariciones.
Siempre algo diferente.
Siempre demasiado conveniente.
—¿Y tú?
—A mí me dejaron vivo.
Genaro soltó una risa amarga.
—Pero me quitaron todo.
Su voz se volvió apenas un susurro.
—Mi esposa.
Mi hija.
Ambas murieron la misma semana.
Arlen sintió un peso extraño en el pecho.
Genaro continuó.
—Y cuando regresé a casa encontré algo escrito en las paredes.
Palabras antiguas.
Una lengua que solo los historiadores podían leer.
—¿Qué decía?
Genaro levantó la mirada.
Sus ojos estaban húmedos.
—Decía que me detuviera.
Que olvidara Sijer.
O la próxima vez terminarían el trabajo.
El anciano permaneció en silencio durante varios segundos.
Luego se sentó sobre una pila de libros.
Cansado.
Derrotado.
—Desde entonces camino entre sombras.
Esperando el final.
Esperando que algún día vengan por mí.
Arlen observó el refugio.
Los libros.
Los mapas.
La soledad.
Y comprendió que aquel hombre llevaba años cargando un dolor imposible.
Entonces Genaro lo miró directamente a los ojos.
—Pero cuando te vi...
Algo cambió.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
Quizás esperanza.
Quizás locura.
Quizás redención.
El anciano sonrió débilmente.
—Pero por primera vez en mucho tiempo sentí que tal vez no estoy solo.
Arlen permaneció en silencio.
Porque muy dentro de él...
Los recuerdos de los Tres Jueces comenzaron a resonar.
"Ve al mundo de los hombres."
"Descubre la verdad."
"Y cuando llegue el momento..."
"Recuerda quién eres."
Y por primera vez desde su llegada...
Arlen empezó a sospechar que su misión estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.