Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
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Capítulo 18
Candela entendió que Sebastián no estaba marcando un límite.
La estaba cortando de raíz.
No.
No podía.
Antes de conocer a Sebastián, los Rivas apenas tenían una fábrica de ropa. Fue el rumor de que ella era la mujer de Sebastián Ferrer lo que atrajo inversiones, favores, puertas abiertas.
Su carrera también se sostuvo sobre eso.
En el medio nadie se atrevía a tocarla porque todos creían que detrás estaba la familia Ferrer.
Si Sebastián decía públicamente que no tenía nada que ver con ella, todo se caía.
Todo.
—Mateo —dijo, casi arrastrándose hacia él—. Todavía está Mateo. Soy su mamá. Cuando crezca y sepa que me trataste así...
Sebastián retrocedió para que no lo tocara.
—No sos digna.
—Sebastián...
Él se fue.
Candela lo llamó varias veces.
No volvió la cabeza.
Esa misma noche, al regresar a la residencia, Sebastián reunió al personal.
—Candela Rivas no entra más. Si aparece, la sacan.
Nadie preguntó.
Todos asintieron.
—¿Mateo?
Marta respondió:
—En su cuarto. No quiso cenar.
Sebastián subió.
Mateo estaba sentado en la cama con una tablet sobre las rodillas. En la pantalla se veía la grabación de seguridad del jardín: Lara enfrentando a Martina.
El video terminaba.
Mateo lo arrastraba al principio.
Otra vez.
Y otra.
Sebastián se quedó a su lado.
Mateo pausó justo en la cara de Lara y agrandó la imagen.
—¿Te gusta? —preguntó Sebastián.
Mateo asintió sin dudar.
Era raro.
Mateo no dejaba entrar a casi nadie. Dulce ya había sido una sorpresa. Lara, a quien apenas había visto de lejos, era otra.
Sebastián probó:
—¿Querés que sea tu mamá?
Mateo giró de golpe.
Por primera vez en horas, sus ojos tuvieron vida.
Tomó la tablet, abrió el chat de Sebastián y escribió:
¿Se puede?
Levantó la pantalla, lleno de expectativa.
Sebastián sonrió apenas.
—Si vos querés, se puede.
Mateo apretó la tablet contra el pecho.
Después recordó a Candela y el ceño se le frunció.
Marta llegó con la comida.
Sebastián dejó la bandeja junto a la cama.
—Primero comé.
Mateo miró el plato como si acabaran de pedirle algo imposible.
En Torres del Río, Lara y Dulce se quedaron un buen rato frente a la puerta del departamento.
Ninguna quería tocar el timbre.
—Tocá vos —dijo Lara.
—No. Benja se va a enojar más si ve mi frente.
—Yo estoy en ropa de hospital.
—Por eso.
La puerta se abrió.
Benja apareció.
Primero sonrió.
Después vio la ropa de hospital de Lara.
La gasa en la frente de Dulce.
La sonrisa murió.
Sus ojos se congelaron.
—¿Quién lo hizo?
Diez minutos después, Lara contó una versión corta. Dulce se había golpeado, ella había peleado con Martina, cayó a la pileta, la policía ya había tomado denuncia.
—No fue tan grave.
Benja la miró.
—Estás vestida como paciente.
Lara se quedó sin argumento.
—Voy a cocinar algo.
Cuando entró a la cocina, Benja se acercó a Dulce.
—¿Te duele?
—Ya no.
—Mentira.
Dulce buscó en el bolsillo y sacó un pañuelito.
—Pero hice la misión.
Dentro estaban los pelos de Mateo.
Benja los tomó.
Los ojos se le humedecieron.
—Sos una tonta.
—¿Por qué?
—Porque te lastimaron y seguís pensando en esto.
—Mateo puede ser nuestro hermano.
Benja cerró el puño sobre el pañuelo.
—Y yo te voy a vengar.
Entró a su cuarto, abrió la notebook y empezó a trabajar.
No fue contra bancos.
No fue contra cuentas.
Fue contra rumores.
Encontró campañas pagadas, capturas, notas plantadas, cuentas que sostenían desde hacía años que Candela era la mujer de Sebastián Ferrer.
Guardó todo.
Esa misma noche, el Grupo Ferrer publicó un comunicado oficial:
Sebastián Ferrer y Candela Rivas no mantienen ni han mantenido una relación sentimental. La difusión de versiones contrarias perjudica la reputación personal del señor Ferrer y será tratada legalmente.
La declaración subió a tendencia en minutos.
No era una aclaración elegante.
Era una cachetada.
Porque no decía “son buenos amigos”.
Decía, sin decirlo, que asociarlo con Candela dañaba su nombre.
En el hotel del rodaje, Candela leyó el comunicado y empezó a romper todo.
Tazas.
Perfumes.
Un termo contra la pared.
—¡No puede hacerme esto!
Su asistente apareció en la puerta, pálida.
—Cande...
—¿Qué?
—Llamaron de Luz Films. Te cambiaron de representante.
Candela se quedó inmóvil.
—Repetí.
—Laura va a llevar a la actriz nueva que firma la empresa. A vos te asignan a Julia.
Laura era la mejor representante de la productora. Contactos, recursos, directores. Gran parte de lo que Candela había conseguido pasaba por ella.
Julia era nadie.
—¿Quién lo decidió?
—Nicolás Ferrer.
Candela entendió.
Nicolás ejecutaba lo que Sebastián quería.
Le estaban quitando el respaldo.
De a poco.
Con precisión.
Todo por Lara.
Echó a la asistente y llamó a Tomás Molina.
Cuando él atendió, su voz salió quebrada.
—Tomás... ayudame.
En el departamento, Mora llamó a Lara casi gritando de risa.
—¿Viste la tendencia?
Lara estaba desinfectando la herida de Dulce. Tenía el celular en altavoz.
—No.
—El Grupo Ferrer acaba de negar que Sebastián y Candela sean pareja. Pero de una forma brutal. Básicamente dijeron que vincularlo con ella le arruina la reputación.
Lara se quedó quieta.
Había pensado en eso en el hospital.
Martina no la conocía.
Alguien la había empujado.
Candela.
¿Sebastián había publicado el comunicado por ella y por Dulce?
No.
Seguramente era coincidencia.
—Mamá, duele.
—Perdón, amor.
Terminó de curarla.
Cuando colgó, Benja y Dulce juntaron cabezas en el sillón.
—Papá no está perdido —dijo Benja.
—¿Por qué?
—Porque castigó a la mala por vos y por mamá.
—Pero mamá dijo que no vuelvo más.
—Lo dejamos en observación unos días. Después pienso algo.
Dulce sonrió.
Lara se fue a bañar.
Al salir, vio un mensaje de Sebastián.
Sebastián Ferrer: Siempre estuve soltero.
entonces no es la madre de Sebastián
ahora o nunca !!!
pero un poquito más y sacan a la diabla que lleva por dentro /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
deja de meterme relleno a la historia y empieza a acomodar las cosas entre Sebastian y Lara, 60 capítulos y no avanzan
busquen ...rápido