⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Moretti
La niebla espesa del sector este del puerto tragaba la luz de las pocas farolas que parpadeaban en el muelle industrial. El agua oscura golpeaba los pilotes de madera con un sonido rítmico y pesado. Frente al hangar principal del cartel Trevi, un almacén inmenso de láminas de acero corrugado, dos centinelas armados fumaban para combatir el frío de la madrugada, ignorando por completo que las sombras a su alrededor se estaban cerrando como una trampa de acero.
Arlo Baxter permanecía agazapado detrás de un contenedor de carga metálico, a escasos veinte metros de la entrada. Vestía ropa táctica completamente negra, un chaleco antibalas ajustado a su torso y guantes de cuero que cubrían sus manos. Sus ojos negros brillaban con una frialdad letal bajo la penumbra.
A pesar de la distancia de kilómetros que lo separaba del búnker del sur, Arlo sentía el lazo de energía carmesí parpadear sutilmente en los dedos de su mano izquierda. El hilo estaba tenso, transmitiendo el latido calmado, cálido y sedante de Gus, quien dormía profundamente en su cama, totalmente ajeno a la masacre que estaba a punto de desatarse. Saber a su sumiso protegido en las profundidades de la tierra le otorgaba a Arlo una frialdad absoluta para la matanza.
Rom, su jefe de seguridad de máxima confianza, se posicionó a su lado, sosteniendo un fusil de asalto con silenciador integrado. Los otros dos equipos de la mafia Baxter ya rodeaban las salidas marítimas y los muelles de escape.
—Señor Baxter, todos los hombres están en posición —susurró Rom, con la vista fija en los centinelas—. La orden de bloqueo está activa. Nadie sale de este hangar con vida.
—Da la señal, Rom —ordenó Arlo. Su voz cortó la bruma del muelle como un mandato ñ—. Borren a la primera línea. Yo entro por el centro. Esta noche le enseño a Moretti lo que pasa cuando tocas el territorio de un Baxter.
Rom levantó la mano y presionó el botón de su comunicador táctico.
Dos soplidos secos rompieron el silencio de la madrugada. Los centinelas del cartel rival ni siquiera tuvieron tiempo de soltar sus cigarrillos; las balas impactaron limpiamente en sus frentes, haciéndolos desplomarse bocarriba sobre el asfalto mojado en un charco de sangre espesa que comenzó a correr hacia el mar.
Baxter no esperó un segundo más. Se levantó con una agilidad impresionante para su tamaño y avanzó hacia la pesada puerta de metal del almacén. Con una patada descomunal de sus botas, reventó la cerradura, proyectando las hojas de hierro hacia el interior con un estruendo ensordecedor que desató el pánico inmediato dentro del hangar.
—¡Emboscada! ¡Es la gente de Baxter! —gritó una voz desde las pasarelas superiores del almacén.
El caos y la adrenalina explotaron en el aire cerrado, el cual apestaba a combustible, madera podrida y pólvora. Los hombres del cartel rival, tomados por sorpresa en medio de mesas llenas de cargamentos ilegales y dinero en efectivo, intentaron alzar sus armas, pero los soldados de Arlo irrumpieron como una marea negra, barriendo el espacio con ráfagas continuas de fusiles de asalto.
Arlo avanzó por el pasillo central del hangar como un verdugo imparable. Alza su pistola semiautomática de grueso calibre y efectuó tres disparos certeros. Las balas impactaron en el pecho de dos hombres que intentaban cubrirse detrás de unas cajas de madera; los impactos los hicieron volar hacia atrás, salpicando la mercancía con chorros de sangre caliente que tiñeron el suelo de un color carmesí brillante.
Un atacante corpulento saltó desde una plataforma lateral, intentando clavarle un cuchillo en el cuello a Arlo por el flanco izquierdo. El líder criminal reaccionó con los reflejos entrenados de un guerrero de los bajos mundos. Esquivó el golpe con un movimiento, atrapó el brazo del agresor con un agarre de hierro y, usando su fuerza física, le fracturó el hueso del antebrazo con un crujido seco que resonó en medio de la balacera.
—¡Ah! ¡Maldito seas, Baxter! —aulló el sicario de dolor.
—El único que va a arder en el infierno esta noche eres tú —respondió Arlo con una sonrisa gélida que se dibujó en su mandíbula cuadrada. Sin parpadear, le colocó el cañón de la pistola bajo la barbilla y apretó el gatillo, apagando sus gritos de golpe. El cuerpo inerte cayó al suelo como un saco de papas, sumando más fluido espeso al desastre del muelle.
Las balas zumbaban por todas partes, astillando las vigas de madera y haciendo saltar chispas de las estructuras metálicas del hangar. Los gritos de agonía, las órdenes de Rom y el chasquido rítmico de los casquillos de bala cayendo sobre el concreto crearon una sinfonía de muerte. Arlo se mantenía impecable, frío, moviéndose entre la balacera como si fuera intocable. El hilo rojo en su mano izquierda vibró con un destello rosa intenso; la adrenalina de la masacre estaba buscando una conexión directa con la sumisión de Gus, alimentando la brutalidad del mafioso.
—¡Señor Baxter! ¡Moretti está intentando huir por la rampa de los botes de los muelles! —gritó Rom, abatiendo a otro enemigo que caía desde las pasarelas superiores.
Arlo giró la cabeza y sus ojos negros localizaron la plataforma del fondo del almacén, donde una rampa descendía directamente hacia el agua del mar. Allí, escoltado por sus últimos dos guardaespaldas personales, corría un hombre mayor, de cabello canoso y traje elegante pero desarreglado: Moretti, el líder del cartel rival que había ordenado el atentado en el teatro.
—Asegura el resto del hangar, Rom —ordenó Arlo, recargando su pistola con un chasquido metálico e impecable—. Moretti es mío. Su cabeza me pertenece.
Arlo corrió hacia el muelle de escape con pasos pesados y decididos. Los dos guardaespaldas de Moretti se giraron de golpe al escuchar los pasos del gigante y abrieron fuego salvajemente. Arlo se arrojó al suelo, deslizándose por el concreto mojado de sangre y aceite, y disparó dos veces desde el piso. Las balas encontraron sus objetivos con precisión: los dos custodios recibieron los impactos en el centro de la frente, cayendo de espaldas hacia el agua del mar con un chapoteo sordo.
Moretti se quedó completamente solo en el borde de la rampa de madera, con la espalda chocando contra el casco de una lancha rápida de carreras. Su rostro estaba pálido, cubierto de sudor frío y salpicaduras de la sangre de sus propios hombres. Intentó levantar una pequeña pistola de bolsillo con manos temblorosas, pero Arlo se puso en pie, caminó hacia él y, con un movimiento rápido y dominante, le dio un puntapié en la muñeca, haciendo que el arma volara por los aires y se hundiera en el agua del puerto.
La imponente silueta de casi dos metros de Arlo Baxter ensombreció por completo al anciano líder criminal. La diferencia de volumen y altura era abrumadora; Moretti lucía como una criatura indefensa y rota ante la majestuosidad de piedra del jefe de la mafia Baxter.
—Baxter... por favor... podemos llegar a un trato —jadeó Moretti, con la voz rota por el terror puro. Se deslizó por la rampa hasta quedar de rodillas sobre la madera húmeda, tragando saliva con dificultad—. Te daré mis rutas del este... mis cuentas en el extranjero... todo. No querrás iniciar una guerra con mis socios.
Arlo soltó una risa baja, un sonido áspero, grueso y desprovisto de cualquier rastro de piedad que heló la sangre de Moretti de inmediato. El criminal dio un paso al frente, agarró al anciano por el cuello de su camisa fina con la mano izquierda y lo levantó del suelo, manteniéndolo suspendido sobre el vacío del muelle.
—¿Un trato, Moretti? —susurró Arlo, resonó con la fuerza de una sentencia de muerte—. Mi padre me enseñó que los tratos se hacen con hombres que respetan el territorio. Tú cometiste el error definitivo al enviar a tus perros a mi casa y poner en peligro lo que me pertenece por derecho de fuerza. Intentaste tocar a mi cantante, intentaste tocar a mi sumiso. Y en mi mundo, cualquiera que intente rozar la piel de Gus Fletcher firma su propia ejecución con sangre.
—¡Él es solo un maldito artista! ¡Una basura que no vale esta guerra! —gritó Moretti con desesperación, pataleando en el aire mientras sentía que el aire se le escapaba de los pulmones por el agarre de hierro del mafioso.
—Para el mundo es un artista —sentenció Arlo, clavándole sus ojos negros con una fijeza implacable—. Para mí, es la única posesión por la que estoy dispuesto a quemar esta metrópolis entera hasta las cenizas. Tu tiempo se terminó, Moretti. Paga tu deuda con los Baxter.
Arlo Baxter alzó su pistola semiautomática con la mano derecha y colocó el cañón de metal oscuro directamente entre los ojos del líder del cartel enemigo.
Moretti abrió la boca para soltar un último ruego, pero el sonido fue apagado de inmediato por el soplido seco del disparo de Arlo. La bala atravesó el cráneo del anciano, provocando una explosión instantánea de sangre espesa y caliente que salpicó la cara y los guantes del jefe de la mafia Baxter. El cuerpo inerte de Moretti se aflojó por completo y Arlo lo soltó con desprecio, dejando que el cadáver cayera pesadamente al agua oscura del puerto, hundiéndose de golpe bajo la niebla de la madrugada.
Arlo se quedó de pie en el borde del muelle, respirando de forma pesada, con el pecho varonil subiendo y bajando bajo el chaleco táctico. Se limpió la sangre de Moretti de la mejilla con el dorso de su guante de cuero y miró hacia el horizonte, donde los primeros rayos del sol comenzaban a romper la densa bruma del sector industrial.
El hangar detrás de él estaba sumido en un silencio frío, roto solo por las llamas que comenzaban a consumir las oficinas del cartel enemigo según las órdenes de destrucción. La masacre de los muelles había terminado con un triunfo absoluto y sangriento. Arlo sintió un tirón firme, cálido y vibrante en el hilo carmesí de sus dedos, indicándole que el peligro externo había sido borrado de la faz de la tierra. Ahora, cubierto de la victoria y de la sangre de sus rivales, el líder de la mafia estaba listo para regresar a las profundidades de su búnker para reclamar, una vez más, el cuerpo y la sumisión del cantante que lo esperaba en la oscuridad.