Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.
El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.
Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?
Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.
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Capítulo 11
Capítulo 11 — Una puñalada al corazón
—¿Qué?
Aurelia frenó en seco cuando Elena le soltó que llevaba mucho tiempo persiguiendo a Diego.
El frenazo hizo que Andrea, que iba detrás, se estrellara contra ella. Aurelia era bastante alta para una chica de su edad: con apenas diecisiete años ya medía un metro setenta, y de complexión proporcionada.
Andrea se frotó la cabeza, que había chocado contra el cuerpo de Aurelia. Como era más bajita, no le quedó más remedio que sacrificar la frente contra aquella espalda firme.
—¿Me puedes explicar por qué andaba persiguiendo a Diego? —preguntó Aurelia a Elena.
—Pues porque te gustaba con locura. ¿Lo olvidaste, Aure? —respondió Elena, entornando los ojos, extrañada por una pregunta tan absurda.
Aurelia estaba de verdad desconcertada. La línea temporal aún no coincidía con la de la novela; no tenía noticia de que aquello hubiera ocurrido antes.
En el libro, Aurelia se enamoraba de Diego y lo perseguía sin tregua. Entonces, ¿por qué hacía un rato él parecía no conocerla?
—Uf... —Aurelia soltó un soplido brusco.
—Ah, por cierto, Aure, esta tarde vamos de compras. ¿Vienes? —propuso Desi.
—Vamos, Aure, ven. Sin ti no tiene gracia —insistió Elena, con la esperanza de que volviera a hacer de billetera ambulante.
Hacía tiempo que no salían de compras con Aurelia. Y, por supuesto, con su dinero. Lástima que sus planes últimamente fracasaran uno tras otro. Como la última vez que la invitaron a comprar.
Aquella vez, Aurelia aceptó la invitación del trío de las gansas. Al entrar al centro comercial, Elena y Desi se metieron en una tienda de ropa y bolsos de marca, de esos que cuestan decenas e incluso cientos de miles de dólares.
Al principio, Andrea no quería entrar: además de los precios estratosféricos, era casi seguro que Elena y Desi le pedirían a Aurelia que pagara. Andrea, que conocía las malas intenciones de sus dos amigas, intentó disuadirlas. Pero Aurelia las dejó hacer; quería ver hasta dónde llegaban Elena y Desi.
Elena, Desi, Andrea y Aurelia entraron en aquella tienda de marca, recibidas con cortesía por las dependientas.
Elena y Desi, entusiasmadas, se pusieron a elegir sin el menor reparo ropa y bolsos carísimos.
Aurelia y Andrea se limitaban a seguirlas por la tienda, como si fueran las criadas que acompañan a sus señoras de compras.
Cuando llegó el momento de pagar y ya hacían cola frente a la caja, Aurelia fingió atender una llamada y se apartó hasta salir de la tienda.
Ya a cierta distancia, les envió un mensaje al trío de las gansas: tenía que irse, le había surgido un asunto urgente. En realidad pensaba comprar sus propias cosas por su cuenta.
Elena y Desi leyeron el mensaje y maldijeron por dentro. Justo cuando iban a pagar, su billetera ambulante había desaparecido, y ellas no tenían tanto dinero para costear lo que pensaban llevarse. Sin más remedio, y muertas de vergüenza, tuvieron que devolver todo lo que habían elegido. La escena les valió un buen aluvión de burlas.
Aurelia sonrió con malicia al recordarlo.
—¿Qué dices, Aure? ¿Vienes? —volvió a preguntar Elena.
—Lo siento, chicas. De verdad no tengo tiempo —mintió Aurelia.
La negativa fastidió a Elena y a Desi. No podían disimular su mezquindad, que ahora quedaba al descubierto ante Aurelia, y eso a ella le encantaba.
A ver, ¿hasta cuándo van a seguir ocultándose? Muéstrenme su verdadera cara, pensó.
Sin darse cuenta, Aurelia y el trío de las gansas habían llegado frente a su aula.
Al entrar, vieron al conserje del colegio salir del salón.
Al fondo había varios pupitres plegables nuevos, ya ordenados. En aquel colegio, los pupitres eran de tipo plegable, con la mesa incorporada. Resultaban más fáciles de mover y, además, no había compañero de banco: un pupitre por persona.
Aurelia, indiferente, fue directa a su asiento favorito: el del rincón, junto a la ventana. Desde allí podía ver la cancha de baloncesto y el jardín del colegio.
El trío de las gansas la siguió y se sentó justo detrás. Al poco entró la profesora que les tocaba.
—Buenos días —saludó una profesora de mediana edad, todavía atractiva para su edad.
—Buenos días, profesora —respondieron los alumnos a coro. La profesora traía un libro grueso de lengua: la primera clase era de Lengua.
—Hoy se nos incorporan unos alumnos trasladados. Seguro que ya lo saben —dijo con una sonrisa.
—Pasen todos —añadió luego. Varios estudiantes que aguardaban fuera empezaron a entrar en orden.
Eran de lo más apuestos, con un porte de modelo. Todos guapos, cada uno a su manera.
Todas las miradas se abrieron de par en par para recibirlos. Unas con alegría, otras con temor.
Los alumnos de 12.º C empezaron a cuchichear. No imaginaban que compartirían clase con el círculo interno de la Orchi. El aula entera era un hervidero.
—A ver, chicos, silencio —la voz de la profesora, llamada Linda, cortó de golpe el alboroto.
—Bien, ¿pueden presentarse? —pidió, señalando a los recién llegados.
—Empieza tú, y luego sigue el de al lado —indicó al alumno más próximo.
—Soy Samuel —dijo el de los hoyuelos, con una sonrisa de lo más encantadora. Samuel era el donjuán de la Orchi: sonreía como quien tiende una red para las chicas.
—Soy Bruno —dijo otro, no menos apuesto, con su semblante frío e inexpresivo.
—Hola, soy Iván —saludó otro, de rasgos mestizos, agitando la mano.
—Soy Mateo —dijo un chico apuesto, de piel morena, el más alto de los cinco. Pocos sabían que en realidad era un hacker, experto en informática.
—Dante —soltó con frialdad el más apuesto de los cinco trasladados.
—Bien, ya pueden sentarse en los pupitres libres del fondo —indicó la profesora Linda.
Los cinco se encaminaron a sus asientos. Dante fue el primero en avanzar: se dirigió hacia Aurelia y se sentó a su lado.
Por alguna razón, la mirada de Dante era tan afilada que parecía querer despellejar vivo a quien tuviera enfrente.
Aurelia, aún conmocionada por su llegada, se quedó pasmada cuando Dante se sentó junto a ella. Ni siquiera reparó en él: toda su atención estaba clavada en Bruno.
¿Por qué Bruno? Porque era Bruno quien, en la novela, mataba a tiros a la Aurelia original. Y ahora tenía delante el rostro de su futuro asesino. Aurelia se llevó la mano al pecho, como si sintiera de nuevo el dolor del plomo ardiente atravesándole el corazón. Sin darse cuenta, una lágrima le resbaló por la mejilla.
Se sobresaltó cuando una mano firme le rozó la cara y le enjugó el rastro de aquella lágrima. Sus ojos castaños se alzaron hacia el rostro apuesto que tenía enfrente. Hubo un silencio. Luego, la chica desvió la cara y bajó la cabeza, tratando de calmar el corazón desbocado por el gesto de Dante.