César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: Un contrato con el diablo
Pasaron tres semanas desde que César firmó aquel documento de letra pequeña. Tres semanas de viajes en autobús antes del amanecer, de escalas interminables en el estudio, de poses forzadas frente al espejo de Valeria. Su voz había mejorado, sí. Su aspecto también: ahora usaba camisas de colores oscuros que le quedaban justas al cuerpo, jeans negros sin arrugas y unas botas de cuero que le regaló Mauricio “como adelanto de buena voluntad”. Pero algo dentro de él empezaba a crujir, como una cuerda demasiado tensa.
El problema no era la música. Era todo lo demás.
Una mañana, mientras ensayaba la cuarta toma de una canción que ya conocía al revés, el ingeniero de sonido —un muchacho flaco de anteojos llamado Jonathan— levantó la mano para detenerlo. “Otra vez, César. La segunda estrofa, cuando dices ‘el barrio me vio nacer’, tienes que pronunciar más fuerte la ‘r’. Suena muy callejero.”
“Pero así es como yo hablo”, respondió César, sintiendo una punzada en el pecho.
“Ya no. Ahora hablas como artista.”
César calló y repitió la estrofa, exagerando la erre, escupiendo casi la palabra. Jonathan asintió satisfecho. César sintió que había traicionado algo, aunque no supo nombrarlo.
La primera señal clara de que el contrato tenía grietas llegó una tarde, cuando Mauricio lo llamó a su oficina. No con su tono cálido de siempre, sino con uno más serio, casi grave. César entró y vio que sobre el escritorio estaba su cuaderno. El cuaderno donde escribía sus canciones. El que él guardaba en su mochila, bajo la ropa sucia y las cuerdas de repuesto.
“¿De dónde sacaste esto?” preguntó César, con la voz más cortante de lo que pretendía.
“Lo encontró Ramiro cuando estabas grabando. Dejaste la mochila abierta en la sala de espera”, dijo Mauricio, como si fuera lo más normal del mundo. “¿Sabes qué hay aquí, César? Joyas. Joyas en bruto, pero joyas. ‘Mil pesos’. ‘La ventana sin vidrio’. ‘El espejo que devuelve lo que das’. Esto es exactamente lo que el mercado necesita: autenticidad con un toque de sufrimiento lírico.”
César se acercó y tomó el cuaderno con las manos temblorosas. “Eso es mío. Son mis letras, las que escribí en mi casa, en el autobús, cuando nadie miraba.”
“Claro que son tuyas”, respondió Mauricio, levantando las palmas en un gesto de paz. “Pero ahora también son de Melodía Records. ¿Recuerdas la cláusula de exclusividad de obra?”
César frunció el ceño. No recordaba ninguna cláusula. Solo recordaba la urgencia de firmar, el bolígrafo plateado, los mil pesos crujiendo en su bolsillo.
Mauricio abrió una gaveta y sacó una copia del contrato. Hojeó hasta la página tres, señaló un párrafo con el dedo y lo leyó en voz alta: “‘El artista cede a la compañía todos los derechos de explotación sobre las obras musicales y líricas creadas durante la vigencia del presente contrato, incluyendo aquellas anteriores que sean incorporadas a las grabaciones realizadas bajo el sello Melodía Records’”.
César sintió que el suelo se movía. “¿Anteriores? ¿Mis canciones de antes también?”
“Solo las que uses en las grabaciones. Pero claro, vamos a usar las mejores. Las tuyas. Por eso te contratamos, ¿no?”
La lógica era retorcida, pero sonaba razonable en boca de Mauricio. César apretó el cuaderno contra el pecho. “Y si no quiero que usen esas canciones, ¿puedo escribir otras nuevas?”
“Claro que sí. Pero las nuevas también serán nuestras. Es el negocio, César. Así funciona en todas las disqueras del mundo.”
César no conocía otras disqueras. Solo conocía esta, la que le había tendido la mano cuando nadie más lo miraba. ¿Cómo iba a decir que no? ¿Cómo iba a pelearse con el hombre que le había dado mil pesos, ropa nueva, la promesa de un futuro?
“Está bien”, dijo, aunque por dentro la palabra le supo a bilis.
Mauricio sonrió y le tendió la mano. “Eso es. Así se trabaja en equipo. Ahora vamos a terminar ese demo. Te prometo que cuando salga, no te vas a arrepentir.”
César estrechó la mano. La piel de Mauricio era suave, fría, como la de alguien que nunca había cargado una caja en el mercado.
---
Pasaron dos semanas más. El demo estuvo listo. Tres canciones: “Mil pesos”, “La ventana sin vidrio” y una que César había escrito en el estudio, bajo presión, con Jonathan diciéndole qué rima funcionaba mejor. Esa última la llamaron “Fama de cartón”. La letra era buena, pero no era completamente suya. Tenía frases que Jonathan le había sugerido, arreglos que el productor musical había cambiado, un estribillo que Mauricio había insistido en repetir cuatro veces en lugar de tres.
“Así se pega”, decían.
El día en que escuchó la mezcla final por primera vez, César se quedó en silencio. Su voz estaba allí, sí. Pero también había coros grabados por otros cantantes, efectos de reverberación, un bajo electrónico que él nunca había imaginado. Sonaba profesional. Sonaba limpio. Sonaba como cualquier canción que ponían en la radio.
No sonaba a El Rincón.
“¿Te gusta?” preguntó Jonathan, con la frente brillante de sudor después de horas de edición.
César asintió por compromiso. Pero esa noche, en el autobús de regreso, no escribió nada en su cuaderno. Se quedó mirando por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se difuminaban con la llovizna. Pensó en su madre, en las arepas envueltas en papel aluminio, en la nota de veinte pesos. Y se preguntó si ese era el precio. Si para ser alguien había que dejar de ser uno mismo.
Laura lo esperaba despierta, como siempre. Cuando entró, ella lo miró a los ojos y dijo: “Hijo, tienes cara de haber perdido algo en el camino”.
César quiso contarle todo: la cláusula, el cuaderno, las canciones que ya no eran suyas, el sabor raro del éxito. Pero la miró y vio sus manos ampolladas, sus ojeras profundas, la paciencia infinita de quien ha esperado toda la vida sin recibir nada. No pudo. No quiso preocuparla.
“Solo estoy cansado, mamá. Fue un día largo.”
Laura asintió y le sirvió un plato de sopa que había guardado caliente. César comió en silencio, con la mirada fija en la pared. Al fondo, Sofía y Camila dormían abrazadas en la misma cama. Sofía había cumplido once años la semana anterior. César no pudo comprarle un regalo porque todo su dinero se había ido en el pasaje y en la ropa que Valeria le exigió.
Pero eso iba a cambiar, pensó. Cuando el demo saliera, cuando las canciones sonaran en la radio, el dinero llegaría. Podría comprarle una muñeca a Sofía, zapatos a Camila, una máquina de coser nueva para su madre. Podría arreglar la ventana rota y ponerle vidrio de verdad. Podría sacarlos de El Rincón.
Esa esperanza lo sostuvo toda la noche. Pero al día siguiente, cuando llegó a Melodía Records, Mauricio lo recibió con una noticia que lo heló.
“César, tenemos que hablar de tu contrato definitivo. El de desarrollo termina en dos meses, y quiero que firmes el de artista exclusivo. Pero hay una condición: vas a tener que mudarte a la ciudad. Necesitamos que estés disponible veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Las giras, las promociones, las entrevistas… todo eso requiere que vivas aquí.”
“¿Y mi familia?”, preguntó César.
Mauricio se encogió de hombros. “Tu familia puede venir a visitarte. Pero no pueden vivir contigo. Un artista necesita concentración. Necesita espacio para crecer. Tu familia te va a distraer.”
César sintió un nudo en la garganta. “¿Eso está en el contrato?”
Mauricio sonrió, pero sus ojos no. “Va a estarlo.”