En la Facultad de Mecatrónica de Seúl, el amor está estrictamente prohibido por la competencia. Seo-jun (Líder del Grupo A) y Min-jae (el genio del Grupo B) son rivales declarados ante el mundo, pero amantes en secreto. Cuando el comité escolar manipula sus calificaciones para separarlos y obligarlos a competir por una beca única a Alemania, una red de secuestros y corrupción sale a la luz. Decididos a destruirlos, caen en una emboscada donde la Directora de la facultad les apunta con un arma. En un segundo de desesperación, Jae recibe una bala para salvar a Jun. ¿Podrá su amor sobrevivir a la muerte?
¡Descubre este apasionante thriller universitario lleno de romance, hackeos y traición!
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Punto De Ruptura
Pasar una semana completa sin Seo-jun fue el peor experimento que Min-jae pudo haberle hecho a su propio sistema. La facultad de ingeniería seguía su curso habitual; las alarmas de los laboratorios sonaban, los profesores llenaban los pizarrones con ecuaciones de transferencia y los alumnos se quejaban por el exceso de simulaciones. Sin embargo, para Jae, todo el campus había perdido el color. Se sentía como un fantasma caminando por los pasillos, cargando con una apatía tan densa que incluso Ji-hoon comenzó a preocuparse seriamente.
Lo peor de todo eran las clases compartidas del megaproyecto inter-grupal. Jun cumplía su palabra con una rigidez militar. Llegaba al laboratorio, se sentaba al lado de Jae, revisaba la arquitectura de red y compartía los datos con una cortesía tan formal y distante que cortaba como un vidrio afilado. Ya no había roces de botas por debajo de la mesa, ni miradas oscuras cargadas de advertencias posesivas, ni fragancia a madera y tabaco inundando el espacio personal de Jae. Jun lo trataba exactamente como a un desconocido con buen promedio.
El jueves por la tarde, Min-jae no aguantó más. Estaba sentado en su dormitorio mirando los planos de la tarjeta de control universal, pero las líneas de circuito se borraban frente a sus ojos debido a las lágrimas acumuladas. Se dio cuenta de que el miedo a que Soo-ah o el resto de la escuela se enteraran de lo suyo era una completa estupidez. ¿De qué le servía mantener una reputación perfecta o el orgullo intacto si cada noche se iba a dormir sintiendo un vacío negro y asfixiante en el pecho? Haber alejado a Jun para "protegerse" había sido el error de cálculo más estúpido de toda su vida.
El viernes al final del día, el edificio de laboratorios pesados quedó prácticamente desierto. El Grupo B se había marchado temprano tras entregar los reportes de hidráulica, pero Jae sabía perfectamente que el Grupo A todavía tenía que calibrar las bombas de presión en el sótano técnico.
Con el corazón latiéndole en la garganta y las manos temblando por los nervios, Min-jae bajó las escaleras de concreto hacia el laboratorio de hidráulica. A través del cristal reforzado de la puerta de metal, vio a Seo-jun solo, anotando unos valores en una carpeta universal mientras el sonido constante y rítmico de los motores hidráulicos resonaba en el fondo.
Jae empujó la puerta y entró. El chirrido del metal hizo que Jun levantara la vista de la carpeta. Sus ojos oscuros, antes llenos de fuego y posesividad, recorrieron el rostro demacrado de Jae con una frialdad analítica que dolió.
—El horario de entregas para tu grupo terminó a las cuatro, Min-jae —dijo Jun con voz monótona, regresando la vista a sus apuntes—. Si encontraste un error en el algoritmo de red, déjalo anotado en el servidor común. Lo revisaré el lunes.
—No vine por el maldito algoritmo, Jun —soltó Jae con la voz temblando, dando tres pasos rápidos hacia la mesa de calibración, dejando caer su mochila al suelo—. Vine por nosotros. No puedo seguir haciendo esto. No puedo pretender que no existes cuando te tengo al lado. Me estoy volviendo loco.
Jun soltó un suspiro pesado, cerrando la carpeta universal con un golpe seco que hizo eco en las paredes de concreto. Se cruzó de brazos y se apoyó contra el gran tanque de fluido, mirando a Jae desde su imponente estatura.
—Tú fuiste el que dictó las nuevas variables del sistema, sabelotodo —recordó Jun, su tono arrastrando una amargura herida que intentaba ocultar tras una máscara de indiferencia—. Me dijiste bajo la lluvia que lo nuestro era un error, que tenías miedo de la presión de la escuela y que querías terminar. Respeté tu decisión. Ahora déjame terminar mi trabajo en paz.
—¡Me equivoqué, maldita sea! ¡Fui un cobarde! —exclamó Jae, perdiendo por completo el control de sus emociones. Las lágrimas que había retenido durante una semana entera comenzaron a rodar libremente por sus mejillas, rompiendo esa coraza de chico orgulloso que siempre usaba frente a Jun—. Tuve miedo porque nunca antes me había importado alguien tanto como me importas tú, Jun. El pasado, los chismes del foro, el miedo a decepcionar a todos... me paniqué. Pensé que alejarte sería lo más lógico para que nadie saliera lastimado, pero esta semana ha sido un infierno. No me importan las calificaciones, no me importa si el Grupo B me odia, no me importa si toda la facultad nos mira en el pasillo... Te amo, Jun. Y prefiero enfrentar el caos del mundo entero antes que volver a pasar un solo día siendo un extraño para ti.
Seo-jun se congeló por completo. La palabra "te amo" flotó en el aire pesado del laboratorio, compitiendo con el zumbido de las máquinas. Los ojos oscuros de Jun se abrieron ligeramente, la rigidez de sus hombros se desmoronó y esa mirada vacía fue reemplazada de inmediato por una tormenta de alivio, deseo acumulado y una necesidad posesiva que había estado conteniendo a duras penas durante siete interminables días.
Jun dio tres pasos descomunales, acortando la distancia entre ellos. Sujetó a Jae del rostro con ambas manos de una manera casi dolorosa, obligándolo a mirarlo de frente mientras borraba las lágrimas de sus mejillas con los pulgares.
—Vuelve a decirlo, Jae. No te atrevas a jugar conmigo esta vez —demandó Jun, su voz ronca y temblando por la intensidad de la emoción.
—Te amo, Seo-jun —repitió Jae con la voz rota, aferrándose con fuerza a las muñecas de Jun—. Rompe el sistema si quieres, castígame por haber sido un imbécil, pero no me dejes ir otra vez.
—No tienes una maldita idea de cuánto estuve esperando escuchar eso —jadeó Jun antes de atacar sus labios en un beso brutal, hambriento y cargado de una desesperación salvaje que les quitó el aliento al instante.
Fue una colisión de labios, dientes y lenguas que borraba por completo la semana de tortura. Jun lo empujó con fuerza hacia atrás, haciendo que el cuerpo de Jae golpeara contra la mesa de herramientas metálicas, tirando al suelo un par de llaves inglesas y manómetros que resonaron con estruendo en el concreto.
Min-jae no se quejó; enredó las piernas alrededor de la cintura de Jun con una urgencia carnal que exigía un contacto total. Jun le arrancó la playera de un solo tirón, dejando su pecho expuesto, y comenzó a besar su cuello, mordiendo la piel con una saña posesiva que reclamaba de nuevo su territorio, dejando marcas profundas que esta vez Jae no tendría la menor intención de ocultar.
Con movimientos torpes impulsados por la adrenalina pura, Jun bajó los jeans de Jae y los suyos propios, dejándolos caer al suelo del laboratorio. Sin preámbulos lentos, impulsado por los días de abstinencia y la confirmación de que Jae por fin se entregaba por completo a él, Jun tomó un poco del aceite lubricante industrial limpio que usaban para las bombas del tanque, preparó la entrada de Jae con dos movimientos rápidos y profundos que le arrancaron un grito ahogado a su novio, y se hundió en él de una sola estocada brutal y masiva.
—¡¡AHHH!! ¡JUN! —gritó Jae hacia el techo del laboratorio, arqueando la espalda por completo mientras sus manos se aferraban con fuerza salvaje al cabello oscuro de Jun. El impacto inicial lo llenó hasta la raíz, haciéndolo ver estrellas mientras el calor abrasador de Jun invadía todo su interior.
Seo-jun comenzó a embestir con un ritmo rápido, violento e implacable en el suelo del laboratorio, usando sus propias chamarras tiradas como única alfombra contra el concreto frío. Cada golpe de Jun era una declaración de propiedad absoluta; sus caderas chocaban ruidosamente contra las de Jae, acelerando el ritmo a medida que el placer los consumía por completo.
—No nos vamos a volver a esconder, Jae —jadeó Jun contra su oído, incrementando la velocidad de las estocadas mientras sus ojos brillaban con una determinación implacable—. El lunes vamos a entrar tomados de la mano a la facultad de ingeniería. Me importa una mierda lo que digan tus amigos o los míos. Vas a ser mi novio ante todo el mundo.
—Sí... ¡ah! ¡Haz lo que quieras... soy tuyo, Jun! ¡Hazlo público! —gimió Min-jae, perdiendo por completo la noción del orgullo, entregándose al éxtasis puro de pertenecerle al líder del Grupo A. Sus músculos internos se contraían con una fuerza espasmódica alrededor de Jun, llevándolo rápidamente al límite de su resistencia.
El clímax los alcanzó en medio de un torbellino de calor y jadeos ruidosos que llenaron todo el sótano de hidráulica. Jae se corrió masivamente sobre su propio abdomen con un gemido desgarrado que se ahogó en los labios de Jun. Segundos después, con tres embestidas brutales que buscaron el punto más profundo del sistema de Jae, Jun soltó un rugido ronco y se vino profundamente dentro de él, llenándolo con su calor espeso en una entrega total que selló su pacto definitivo.
Se quedaron así durante largos minutos, abrazados en el suelo del laboratorio, con las respiraciones tratando de estabilizarse bajo la luz parpadeante de los leds. El miedo había desaparecido, la ruptura estática había sido superada y la decisión estaba tomada. El lunes por la mañana, la facultad de ingeniería iba a presenciar el cortocircuito más grande de su historia: los dos peores enemigos de la carrera finalmente caminarían juntos a la luz del día, sin secretos que ocultar.