Luciana Moretti fue en su vida anterior una joven del siglo XXI: introvertida al principio, pero con un sentido del humor desbordante, una lengua afilada sin filtros y una fuerza interior que pocos imaginaban. Estaba estudiando historia de las civilizaciones antiguas, viviendo una vida tranquila pero llena de curiosidad, hasta que un accidente con un libro antiguo y un cristal en una biblioteca la llevó a morir… y despertar en el cuerpo de la tercera hija de la familia Moretti, una de las familias más ricas, influyentes y poderosas de Aethelgard.
Aquí, es conocida como la “don nadie”: sin grandes dones, ignorada por todos, considerada extraña y poco agraciada por sus padres y hermanas mayores. Sus padres, el señor y la señora Moretti, son inmensamente ricos, pero también vanidosos, ambiciosos y bastante ingenuos, obsesionados con mantener su estatus y aliarse con la realeza. Sus hermanas, Sofía y Valeria, son hermosas, elegantes… e hipócritas hasta el extremo: dulces en público.
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Luciana: La chica que hablaba hasta con las paredes
En mi vida anterior, yo era Luciana Moretti, veintidós años, estudiante de Historia Antigua en una universidad de mi ciudad. Si me preguntaban quién era, la mayoría decía que era “la chica callada”, “la que siempre está en la biblioteca” o “la que parece tímida”. Y en parte era verdad: al principio, con gente que no conocía, me costaba hablar, me quedaba en un rincón, observaba todo y a todos sin decir una palabra. Pero una vez que tenía confianza… ¡ay, Dios mío! Ahí salía la verdadera yo.
Mis amigos decían que no tenía filtros para nada. Que lo que pensaba, lo decía, sin importar si era el momento adecuado o no. Que, si algo me parecía estúpido, lo decía claramente. Que, si alguien se estaba creyendo demasiado importante, yo me encargaba de bajarle los humos con un comentario seco y divertido al mismo tiempo. Y también decían que tenía un humor extraño, que a veces solo yo entendía, pero que siempre lograba sacarles una sonrisa incluso en los peores momentos.
Era una chica luchona, de esas que no se dejan pisotear por nadie. Si alguien intentaba molestarme o molestar a alguien que quería, yo me ponía delante, y aunque por dentro estuviera temblando de miedo, por fuera parecía la persona más valiente del mundo. No me gustaban las injusticias, no me gustaba la gente falsa, y tenía una capacidad increíble para identificar a los hipócritas a kilómetros de distancia.
Vivía sola en un pequeño apartamento, lleno de libros, cuadernos, bolígrafos y cosas raras que encontraba en mercados de antigüedades. Me encantaba mi carrera. Me pasaba las horas leyendo, investigando, imaginando cómo habría sido la vida en épocas pasadas, qué historias se escondían detrás de cada ruina, de cada objeto antiguo. Siempre sentí una atracción especial por las leyendas de magia, de hechiceros poderosos, de reinos que habían desaparecido sin dejar rastro. Sentía que todo eso no era solo fantasía, que había algo más, algo que estaba esperando que yo lo descubriera.
También era muy divertida, aunque a veces solo yo me reía de mis propios chistes. Tenía la costumbre de hablar sola cuando estaba concentrada, de hacer comentarios a los libros como si ellos me pudieran responder, de imaginar diálogos entre personajes históricos que seguramente nunca se habrían hablado. Mis amigos siempre me decían: “Luciana, algún día te van a llevar a un manicomio por hablar tanto con las cosas que no hablan”. Y yo siempre les respondía: “Al menos yo sé lo que pienso. El problema es la gente que habla mucho y no dice nada”.
Tenía una vida tranquila, cómoda. No me faltaba nada, no era rica, pero tampoco me faltaba lo necesario. Mis padres me querían, aunque no entendían muy bien por qué me gustaba tanto estudiar cosas del pasado en lugar de buscar un trabajo “serio”. Yo era feliz así, con mis libros, mis historias, mi forma de ser.
Hasta ese día.
Era una tarde de otoño, lluviosa y fría, de esas que dan ganas de quedarse en casa tapada con una manta. Pero yo tenía que ir a la biblioteca central, porque habían traído unos documentos antiguos que solo se podían consultar allí. Estaba buscando información sobre una civilización llamada Aethelgard, que según los textos era muy avanzada y tenía conocimientos sobre energías y fuerzas que hoy llamamos magia. Me pasé horas entre estanterías llenas de polvo, leyendo, tomando notas, con los ojos cansados pero la mente llena de emoción.
Al fondo de la sala, en un rincón olvidado, encontré un libro muy viejo, de tapas duras y oscuras, con letras doradas que casi no se podían leer. Y al lado del libro, había un pequeño cristal, de forma irregular, que brillaba con una luz tenue, como si tuviera luz propia. Me llamó mucho la atención. Lo tomé en mis manos: era frío, pesado, y al tocarlo sentí una corriente extraña que recorrió todo mi cuerpo.
Lo abrí, y en la primera página había una frase: “El que busca la verdad, encuentra su destino. El que mira el cristal, ve lo que el mundo ha olvidado”.
Me quedé mirando esas palabras, fascinada. Y sin saber por qué, me acerqué el cristal a la cara, como si quisiera mirarme en él. En ese momento, mis manos resbalaron. El libro pesaba mucho, el cristal también, y yo estaba cansada. Sentí que perdía el equilibrio, caí hacia atrás, golpeé la cabeza contra el borde de una estantería… y todo se volvió negro.
Lo último que pensé fue: “Vaya forma más estúpida de morir. Tropezando con un libro antiguo”.
Y luego, nada. Hasta que desperté en este mundo nuevo, en este cuerpo nuevo, con una familia que no conocía, y con un destino que nunca hubiera imaginado. Pero yo seguía siendo yo: la misma chica divertida, luchona, sin filtros, que hablaba hasta con las paredes. Y eso, pensé, iba a ser mi mayor ventaja.
después de siglos de estar encerrado a que olera su boca... caray
estás en el pasado que ya es historia, con cosas históricas más viejas. que regalo del destino .
está Lucia como niña en dulcería
que sucedió?
murió a través del tiempo?
Gracias /Smile//Smile/