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Casada con el Señor Montero

Casada con el Señor Montero

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:118.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Camila Robles

Valentina Rossi sacrificó sus piernas por salvar a Sebastián Montero. A cambio, recibió un anillo de bodas y cinco años de indiferencia.

Mientras ella aprendía a caminar de nuevo, él soñaba con otra mujer. Mientras ella doblaba flores de papel rezando por su abuela enferma, otra se llevó el crédito. Mientras ella construía en silencio su plan de escape, él ni siquiera notó que ella se iba.

Pero Valentina no es una víctima. Es una bailarina que perdió el escenario pero no el fuego. Cuando por fin se va —a las cuatro de la madrugada, con su abuela y una maleta—, no mira atrás. En Europa, reconstruye su vida paso a paso: un nuevo escenario, una nueva compañía de danza, un nombre que el mundo empieza a conocer.

Sebastián no la busca por amor. La busca porque el silencio de la casa vacía le resulta insoportable. Pero cuando descubre la verdad sobre las flores de papel —quién las dobló, quién mintió, y a quién amó durante cinco años por error—, su mundo se derrumba.

Él intentará redimirse. Ella ya no lo necesita.

Y cuando una extraña enfermedad del sueño la arrastra de vuelta al pasado, Valentina descubrirá que hay destinos que ni siquiera el tiempo puede cambiar... y amores que solo se entienden cuando ya es demasiado tarde.

Una pulsera grabada con su nombre. Invisible para todos, excepto para una nieta que aún no ha nacido.

NovelToon tiene autorización de Camila Robles para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18 — Las sombras

Valentina cambió de rutina.

Los lunes dejó de salir a las ocho y empezó a salir a las siete y cuarto. Tomaba el colectivo una parada más lejos y variaba la ruta: a veces bajaba en Corrientes, a veces se pasaba hasta Warnes. Nunca el mismo camino dos veces seguidas.

Los miércoles cambió el horario de las clases. Lucía pasó de las nueve a las diez y media. Clara de las dos a las cuatro. Martina se mantuvo los viernes porque su madre trabajaba y no podía modificar la rutina. Valentina se disculpó con las tres familias sin dar explicaciones — "cuestiones personales" — y ninguna preguntó más, porque en Buenos Aires la gente aprende pronto que las cuestiones personales de los demás son terreno que no conviene pisar.

Los jueves dejó de ir al kinesiólogo. Le envió un mensaje diciendo que se sentía mejor y que retomaba en febrero. Era mentira — la rodilla necesitaba las sesiones como un motor necesita aceite — pero el consultorio de Belgrano estaba a ocho cuadras del departamento, en una zona donde un Sandero gris podía seguirla sin esfuerzo.

Carmen fue la primera en notar.

—Señora, ¿está todo bien?

Era jueves, las tres de la tarde. Valentina estaba en la cocina cortando tomates para una ensalada que no iba a comer. Carmen planchaba en el cuarto de servicio con la puerta abierta y el tango de Gardel sonando en la radio, como siempre, pero había dejado la plancha sobre el soporte y estaba parada en el marco de la puerta con los brazos cruzados y esa expresión que Valentina conocía bien: la de alguien que ha visto demasiado como para que le mientan.

—Todo bien, Carmen. ¿Por qué?

—Porque hace una semana que sale más temprano, vuelve más tarde, no va al kinesiólogo, y mira por la ventana cada vez que pasa un auto. —Carmen bajó la voz—. ¿Alguien la está siguiendo?

Valentina dejó el cuchillo sobre la tabla. Miró a Carmen. Con Carmen, la mentira siempre había sido inútil — llevaba quince años en esa casa y conocía los ritmos de cada persona que la habitaba.

—Mi padre le debe plata a alguien. Gente pesada. Mandaron a un tipo a vigilar el edificio.

Carmen no se inmutó. Ni sorpresa ni miedo. Solo un asentimiento lento, como si la información confirmara algo que ya sospechaba.

—¿El señor sabe?

—No. Y no puede saberlo.

—Entendido. —Carmen volvió a la plancha. La levantó. La pasó por una camisa blanca de Sebastián con la precisión de un cirujano—. Si necesita que vigile la entrada, avíseme. Desde la ventana del cuarto de servicio se ve toda la calle. Y tengo buena vista para ser vieja.

Valentina sonrió a pesar de todo. Carmen. La aliada que nunca pedía explicaciones pero que siempre estaba exactamente donde hacía falta.

---

El sábado, Valentina fue a ver a Abuela Rosa.

El departamento de Sofía en Villa Crespo había sufrido una transformación que solo Rosa podía haber producido. En una semana, la abuela había limpiado la cocina con lavandina, organizado las alacenas por tamaño, puesto una planta de albahaca en la ventana del living, cosido un almohadón nuevo para el sofá cama, y convencido al portero del edificio de que la dejara regar las plantas del palier. El Negro dormía en un rincón de la galería sobre una frazada doblada, y Sofía parecía vivir en un estado permanente de asombro domesticado.

—Tu abuela me lavó las cortinas —dijo Sofía en voz baja, mientras Rosa preparaba mate en la cocina—. Las cortinas, Vale. Yo no sabía que las cortinas se lavaban.

—Las cortinas se lavan.

—Aparentemente. Y el Negro ya no ladra cuando paso. Me trata como si fuera parte del mobiliario. Es lo más respetuoso que un animal me ha tratado en la vida.

Valentina encontró a Rosa en la cocina, con el mate en una mano y un tejido en la otra. La bufanda violeta —la lana que Doña Marta le había comprado en Chascomús— crecía despacio entre sus dedos, hilera por hilera, como una oración que se repite hasta convertirse en forma.

—Abuela, ¿cómo estás?

—Bien, mi vida. La chica esta come puras porquerías, pero le estoy enseñando a hacer empanadas. —Rosa miró a Valentina por encima de los anteojos de lectura—. ¿Y vos? Tenés cara de poco dormir.

—Dormí bien.

—Mentira. Pero no importa. Sentate. Hay mate.

Valentina se sentó. Rosa le pasó el mate. El primer sorbo fue amargo y perfecto, con ese sabor a yerba vieja que no se consigue en ninguna marca cara sino solo en la yerba suelta que Rosa compraba en el almacén de Chascomús y que había traído en la valija como si fuera oro.

—Abuela, necesito contarte algo.

—¿Hernán?

La pregunta fue directa como un rayo. Rosa no necesitaba contexto. Conocía a su exyerno con la misma claridad con la que conocía el clima de Chascomús: sabía cuándo venía tormenta.

—Sí. Debe quinientos mil pesos. A gente peligrosa. Mandaron a alguien a vigilar mi edificio. Por eso te traje antes.

Rosa dejó el tejido sobre la mesa. Se sacó los anteojos. La miró con esos ojos que habían visto sesenta años de cosechas y sequías y nacimientos y funerales y un marido que murió en la cama de su propia casa y una hija que se fue una noche y no volvió.

—¿Estás en peligro?

—No. Pero quiero estar segura de que vos no lo estés.

—Valentina, escuchame. —Rosa tomó su mano. Los dedos de Rosa eran fuertes como raíces—. Yo sobreviví el Proceso. Sobreviví la hiperinflación. Sobreviví a tu abuelo muriendo en mis brazos y a tu madre yéndose sin decir adiós. No le tengo miedo a un tipo en un auto.

—Lo sé, abuela.

—Pero le tengo miedo a que vos te quedes en esa casa un día más de lo necesario. ¿Cuándo nos vamos?

—El 22 retiro la visa. Después compro los pasajes. Primera semana de febrero.

—Primera semana de febrero. —Rosa repitió las palabras como si las estuviera escribiendo en piedra—. Bien. Yo voy a tener la bufanda lista para entonces. Dicen que en Madrid hace frío en febrero.

Valentina apretó la mano de su abuela. No dijo nada. A veces el silencio entre dos personas que se quieren sin condiciones dice más que cualquier promesa.

---

De vuelta en Recoleta, a las nueve de la noche, Valentina caminaba por Alvear cuando lo vio.

No el Sandero gris. Algo peor.

Una camioneta Kangoo blanca estacionada frente a la puerta del edificio. Sin patente trasera. Con las luces apagadas y los vidrios polarizados. Valentina se detuvo a media cuadra, en la vereda de enfrente, detrás de un árbol cuya sombra la cubría hasta la cintura.

La Kangoo no se movía. No había nadie visible adentro, pero los vidrios polarizados hacían imposible estar segura. Un minuto pasó. Dos. Valentina sintió el pulso en las sienes, un golpeteo firme y rápido que subía por la garganta.

Sacó el Samsung. Le escribió a Carmen.

**Vale**: *Carmencita, ¿estás en casa? Hay una camioneta blanca frente al edificio. ¿La ves desde tu ventana?*

Treinta segundos de espera.

**Carmen**: *Sí, la veo. Está hace una hora. No bajó nadie. ¿Quiere que llame al portero?*

**Vale**: *No. No llames a nadie. Voy a entrar por la puerta de servicio.*

**Carmen**: *La espero abajo.*

Valentina cruzó la calle una cuadra más adelante, rodeó el edificio por la calle lateral, y entró por la puerta de servicio que daba al sótano del estacionamiento. Carmen la esperaba al pie de la escalera con una bata de franela y una linterna encendida, como un vigía de otro siglo.

—¿Está bien, mi niña?

—Estoy bien. —Valentina tomó aire—. Mañana voy a hablar con el portero para que anote las patentes de cualquier vehículo desconocido que se estacione en la cuadra.

—¿Y si vuelven?

—Si vuelven, hacemos la denuncia.

Carmen asintió. Le apretó el brazo con una mano que olía a lavanda y a plancha caliente. Después subieron juntas por la escalera de servicio, en silencio, como dos personas que han aprendido que en esa casa los peligros se enfrentan mejor sin hacer ruido.

En su habitación, con la puerta cerrada, Valentina se sentó en la cama y se quedó mirando la pared. El cuerpo quería temblar pero ella no lo dejó. Apretó las manos una contra otra hasta que los nudillos se pusieron blancos. Después las soltó. Respiró.

*Primera semana de febrero. Primera semana de febrero. Primera semana de febrero.*

El mantra la acompañó hasta que el cuerpo cedió al cansancio y el sueño la arrastró a un lugar donde no había camionetas blancas ni padres que debían dinero ni maridos que cerraban puertas con llave.

Un lugar que se parecía a Madrid.

1
Juana Francisca López
yo tampoco la entiendo
Pany Rojas
esta muy tediosa la novela, la verdad, ya me aburrio.
Mari Cruz
🤔😲No entiendo esta novela de pana que no. 😏
Nadia Leonila Borjas Borjas
que largo el viaje para salir con el secuestro que malo
Nadia Leonila Borjas Borjas
la novela no es mala lo mala es la esperas de tanta fechas de viaje de separación de visa y ahora la espera para el viaje
lauritha
no sé supone que el padre es el apostador por el cual la secuestraron y pidieron el rescate? no entiendo. hay muchas inconsistencias en la historia
AnayAlexreyes Falcon
hola autora me gusto mucho tu historia de,casada con el señor montero, pero quiero preguntarte si tambien escribiste la historia de, herida por tu odio, ya que tienen mucha similitud, espero no molestarte, pero tengo curiosidad, felicidades escribes muy bien👏👏👏🥰🥰
Mari Cruz
😏Que aburrido esperando algo interesante y nada 🙄😏
Grciela Calanducci
ufffff.... qué pesada
Dosthy Muñoz
Maravilloso
Dosthy Muñoz
Autora eres una escritora con todas las letras he vivido y sentido está historia, no sé si algún día leas mi comentario, Pero te envidió no con una envidia fea y egoísta sino de la que se mezcla con admiración. Está historia merece sentir el papel. No sé si has logrado publicarla,.espero que si. Para que quienes no tienen acceso a medios digitales. Bendigo el talento que Dios ha puesto en tí.
Mari Cruz
😏Q aburrido 🤔yo sigo esperando algo nuevo y nada. 🙄
Mari Cruz
🤔Y ahora que biene 😏si Sebastián no ama a Valentina. Y tiene una Relación con la cuema de camilla 😡 Q quiere el de Valentina si la ignoro x 5Años. No entiendo deveras🤔😏
Mari Cruz
😡Ese Sebastián sos un perro 😏
Mari Cruz
X Dios yo Valentina le digo llevale te a camilla 🤣🤣🤣
Mari Cruz
😲
Mari Cruz
😏 Yo tenia las esperanzas de Q el Sebastián amara a Valentina 🤔Q clase de serie Ho no vela es esta 🤔 no entiendo esta drama 😏
Bianca Sand0
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣😉
Bianca Sand0
Espero leerlo con ansías 😉😌
Bianca Sand0
Desgraciada
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