Gael Eryx Valcázar lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto sobre su mundo… hasta que ella aparece.
Naelith Corvane, una chica recién graduada con grandes sueños, entra a trabajar en la empresa equivocada… o tal vez en la correcta.
Lo que empieza como una simple oportunidad se convierte en un juego peligroso de secretos, ambición y emociones que ninguno puede controlar.
Porque en un mundo donde todo tiene un precio… enamorarse puede ser el error más caro.
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Capítulo 18: Lo que está dispuesto a perder
El recuerdo no desapareció cuando abrió los ojos.
Se quedó.
No como una imagen constante, sino como una sensación que se adhería a cada pensamiento, a cada decisión que intentaba tomar. Gael Eryx Valcázar permaneció en silencio dentro de aquel salón que parecía más grande de lo habitual, más frío, más distante, como si las paredes mismas esperaran una respuesta que no llegaba.
Kaelion Valcázar no repitió la propuesta.
No la necesitaba repetir.
Para él, aquello ya estaba decidido desde el momento en que había sido planteado. No había duda en su postura, no había espacio para cuestionamientos. Su mirada, fija sobre su hijo, no pedía una respuesta… la exigía.
Y aun así…
Gael no habló de inmediato.
Porque algo había cambiado.
No en el exterior.
Sino dentro de él.
El recuerdo de Serenya Virel no se había presentado como una simple memoria, sino como una advertencia. Como una historia que ya había ocurrido, que ya había tenido consecuencias, que ya había dejado heridas que nunca se cerraron. Y ahora, esa misma historia parecía repetirse frente a él, con distintos nombres, con distintas circunstancias… pero con el mismo fondo.
Una decisión que no le pertenecía.
Un camino trazado sin su consentimiento.
Un destino que no había elegido.
Y por primera vez…
No estaba dispuesto a aceptarlo sin cuestionarlo.
El silencio se extendió lo suficiente como para volverse incómodo, incluso dentro de ese ambiente donde la incomodidad rara vez tenía lugar. Lyrisse Valcázar observaba con atención, sin intervenir, como si esperara ver en qué dirección se inclinaría ese momento. Su mirada no era dura, pero tampoco era indulgente. Había en ella una curiosidad calculada, una que no se dejaba llevar por emociones, sino por resultados.
Kaelion, en cambio, no tenía paciencia para aquello.
Cuando Gael finalmente habló, lo hizo sin elevar la voz, sin alterar su postura, sin romper esa imagen de control que siempre lo había definido.
Pero sus palabras…
No fueron las que se esperaban.
Dijo que no.
No fue una negativa extensa.
No hubo explicaciones largas.
No intentó suavizarla.
Fue clara.
Directa.
Irreversible.
El efecto fue inmediato.
No en el ambiente.
Sino en Kaelion.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
Alguien no seguía el guion.
El cambio en su expresión fue mínimo, casi imperceptible, pero lo suficiente como para alterar completamente la atmósfera del lugar. La calma que lo había caracterizado hasta ese momento no desapareció, pero se transformó en algo más rígido, más afilado, como si cada palabra que estaba por decir tuviera un peso mayor.
No levantó la voz.
No perdió el control.
Pero eso…
Lo hacía más peligroso.
Le preguntó si entendía lo que estaba rechazando.
No como una duda real.
Sino como una advertencia.
Gael sostuvo su mirada.
No retrocedió.
No desvió la atención.
Y en ese intercambio silencioso, quedó claro que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
Kaelion habló entonces de legado.
De responsabilidad.
De todo lo que había sido construido antes de él, de todo lo que se esperaba que continuara después. No eran argumentos nuevos, no eran ideas desconocidas, pero esta vez no estaban presentadas como una enseñanza… sino como una presión.
Una que no admitía rechazo.
Pero Gael no respondió a eso.
Porque lo que estaba en juego no era solo una decisión empresarial.
Era algo más.
Algo que ya había visto antes.
Algo que sabía exactamente en qué podía convertirse.
Cuando volvió a hablar, su tono no cambió.
Seguía siendo controlado.
Preciso.
Pero había una firmeza distinta.
Una que no había estado antes.
Dijo que no se casaría con alguien que no había elegido.
Que no convertiría su vida en un acuerdo que solo beneficiaba a otros.
Que no repetiría…
Lo que ya había ocurrido.
La referencia no fue directa.
No mencionó nombres.
Pero fue suficiente.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.
Porque Kaelion entendió.
Perfectamente.
Y eso…
Fue lo que terminó de romper el equilibrio.
La reacción no fue explosiva.
No hubo gritos.
Pero la ira estaba ahí.
Contenida.
Fría.
Más peligrosa que cualquier estallido.
Le dijo que no confundiera su posición.
Que todo lo que tenía, todo lo que era, todo lo que representaba… no le pertenecía completamente.
Que había sido construido antes que él.
Y que podía ser retirado.
La palabra no fue dicha de inmediato.
Pero estaba implícita.
Hasta que dejó de estarlo.
Desheredado.
La amenaza no fue exagerada.
No fue dramatizada.
Fue real.
Tan real que no necesitaba ser repetida.
Lyrisse no intervino.
No detuvo la conversación.
Pero su mirada se mantuvo fija en Gael, como si evaluara no solo su respuesta, sino lo que esa respuesta significaba para el futuro de todo lo que representaban.
Gael no reaccionó de forma inmediata.
No hubo sorpresa visible.
No hubo duda.
Pero algo en su interior se tensó.
Porque entendía el peso de esas palabras.
Entendía lo que significaban.
Entendía lo que implicaban perder.
El poder.
El nombre.
La posición.
Todo aquello que había definido su vida hasta ese momento.
Y aun así…
No retrocedió.
No bajó la mirada.
No corrigió su respuesta.
Porque en ese instante, por primera vez, la decisión no se trataba de lo que podía ganar…
Sino de lo que estaba dispuesto a perder.
Kaelion esperó.
No mucho.
Pero lo suficiente.
Como si le diera una última oportunidad de corregirse, de retomar el camino que había sido trazado para él.
Pero esa oportunidad…
No fue tomada.
El silencio de Gael fue su respuesta.
Y esa respuesta…
Fue suficiente.
La tensión en el ambiente se volvió casi tangible, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado, más difícil de atravesar. Nada se movía, nada cambiaba, y aun así todo era diferente.
Porque algo se había roto.
No de forma visible.
No de forma inmediata.
Pero sí de manera irreversible.
Finalmente, Kaelion se levantó.
No con brusquedad.
Sino con una calma que resultaba aún más inquietante.
Lo observó una última vez, no como padre, sino como líder, como alguien que ya había tomado una decisión.
Y en esa mirada…
No había duda.
Le dijo que entonces asumiera las consecuencias.
No hubo más palabras.
No hubo despedida.
Solo esa frase.
Esa línea final.
Que separaba todo lo que había sido…
De lo que vendría después.
Gael se quedó ahí.
Solo.
En medio de un espacio que ya no se sentía igual.
No porque hubiera cambiado físicamente.
Sino porque ahora sabía…
Que ya no pertenecía completamente a él.
Y aun así…
No se movió.
No se arrepintió.
No retrocedió.
Porque por primera vez…
Había elegido.