Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo: 4
El tiempo parecía acelerarse para Alejandra. Meses enteros pasaron volando, llenos de una felicidad que a veces le parecía irreal, como si estuviera viviendo dentro de una de esas novelas que su madre veía en las tardes en el pueblo. La relación entre ella y Francis había pasado de ser una simple amistad laboral y una atracción contenida a algo mucho más profundo, intenso y peligroso. Peligroso, porque cada día que pasaba, Alejandra se entregaba un poco más, dejando pedazos de su alma en cada mirada, en cada palabra.
El detonante que llevó todo al siguiente nivel llegó de forma inesperada: un viaje de negocios.
Francis tenía que viajar a una ciudad vecina para cerrar un contrato importante. Era un viaje de solo dos días, pero necesitaba a alguien que le ayudara con la documentación, las agendas y las presentaciones. Sin dudarlo un segundo, eligió a Alejandra.
—¿Yo? ¿De verdad? —preguntó ella, sorprendida y un poco nerviosa cuando él se lo comunicó en su oficina, con las puertas cerradas—. ¿No crees que es mejor que vaya alguien con más experiencia?
Francis se levantó de su escritorio y caminó hacia donde ella estaba, parándose tan cerca que pudo sentir el aroma de su colonia cara y varonil, una mezcla de madera y almizcle que le volvía loca los sentidos.
—Alejandra —dijo él, bajando la voz, mirándola a los ojos directamente—, la experiencia se gana con el tiempo. Pero la confianza y la capacidad... eso se tiene o no se tiene. Y yo quiero que seas tú quien me acompañe. Me siento bien contigo, me siento tranquilo. ¿Vas a decirme que no?
¿Cómo podía decirle que no? Con esa voz, con esa mirada, con ese poder de seducción natural que él tenía.
—Está bien —aceptó ella, sintiendo cómo su corazón latía desbocado—. Iré contigo, Francis. Prepararé todo.
Los días previos al viaje fueron una mezcla de emoción y ansiedad. Alejandra le contó a Lucía, quien la miró con una mezcla de alegría y preocupación.
—Cariño , esto es una cita disfrazada de trabajo, ¿verdad? —le dijo Lucía mientras la ayudaba a escoger qué ropa llevar—. Tú y él solos, lejos de aquí, en un hotel... ¡Ay Ale, eso es terreno peligroso!
—No digas tonterías, Lu —se defendía Alejandra, aunque sus mejillas se sonrojaban—. Es trabajo puro. Nada va a pasar. Somos profesionales.
—¡Ajá! ¡Profesionales! —se reía Lucía—. Pues mira, te conozco bien. Tú estás enamorada hasta la coronilla de ese hombre. Y un hombre como Francis, cuando quiere algo, lo toma. Solo te pido una cosa: cuídate mucho. No entregues todo tan rápido, que lo que fácil se da, fácil se olvida.
También se lo dijo a Marcos. La cara del pobre Marcos se ensombreció cuando se enteró, pero él fue un caballero hasta el final.
—Que te vaya muy bien, Alejandra —le dijo con una sonrisa triste—. Solo... ten cuidado. No todo lo que brilla es oro, ya sabes. Pero si él te hace feliz, me alegro por ti.
Llegó el día del viaje. El sol brillaba con fuerza cuando se encontraron en el aeropuerto. Francis iba impecable con un traje ligero, portafolios de cuero en mano, y Alejandra iba elegante pero cómoda, luciendo esa belleza natural que la caracterizaba.
El vuelo fue corto, pero para Alejandra pareció eterno. Estaban sentados juntos. Francis le explicaba detalles del negocio, pero de vez en cuando se callaba y simplemente la miraba, sonriendo.
—¿Qué miras? —le preguntó ella tímidamente.
—Miro lo afortunado que soy —respondió él—. De tener a alguien tan hermosa y capaz trabajando conmigo.
Al llegar a su destino, todo fue lujo y confort. Los esperaba un vehículo que los llevó a un hotel de cinco estrellas, uno de esos lugares donde todo es silencio, elegancia y buen gusto. Al llegar a recepción, Francis hizo el check-in.
—Aquí tienes tu llave, Alejandra —le entregó una tarjeta magnética—. Tu habitación está en el piso 12, es una suite junior muy cómoda para que descanses y trabajes tranquila. La mía está justo en el piso de arriba, el 13. Así que si necesitas cualquier cosa, cualquier documento o ayuda, solo subes o me llamas. No tengas pena conmigo, ¿oíste?
—Gracias, Francis. De verdad, todo esto es... increíble. Nunca había estado en un lugar así —confesó ella, mirando los grandes espejos y las lámparas de cristal.
—Te lo mereces, Ale. Y quiero que te acostumbres a lo bueno, porque estoy seguro que llegarás muy lejos —dijo él con esa seguridad que la hacía sentir protegida.
Subieron cada uno a sus respectivas habitaciones para dejar las maletas y arreglarse un poco antes de la reunión de la tarde. Al cerrar la puerta de su cuarto, Alejandra soltó un suspiro largo y se dejó caer sentada en el borde de la cama inmensa.
—Respira, Alejandra, respira —se dijo a sí misma, llevándose las manos a las mejillas que estaban ardiendo—. Estás aquí con él. Solo tú y él.
Se arregló el cabello, se retocó un poco el maquillaje y salió. Se encontraron en el lobby y se dirigieron a la sala de conferencias. La reunión fue un éxito rotundo. Francis demostró ser un líder nato, hablaba con autoridad, convencía a todos, y Alejandra era su mano derecha, tomando notas precisas, entregando los documentos exactos en el momento justo, siendo brillante.
Al terminar, los socios los invitaron a cenar para celebrar el acuerdo. Fue una velada agradable, llena de brindis y sonrisas. Pero cuando finalmente el auto los dejó de vuelta en el hotel, ya era tarde, la ciudad estaba dormida y solo quedaban ellos dos.
La tensión en el aire era palpable, eléctrica, casi se podía tocar. Caminaron hacia los ascensores en silencio. Al entrar, Francis pulsó el botón del piso 12 primero y luego el del 13. Las puertas se cerraron y quedaron a solas en esa pequeña caja metálica que subía despacio.
—Lo hiciste muy bien hoy, Alejandra —rompió él el silencio, su voz sonaba más grave de lo normal, más ronca—. Eres fantástica.
—Gracias a ti por la oportunidad, Francis —respondió ella, sin atreverse a mirarlo de frente, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a su proximidad.
De repente, el ascensor se detuvo. No se abrieron las puertas. Se quedaron suspendidos en el vacío. Hubo un momento de confusión, las luces parpadearon y luego se quedaron con una luz tenue de emergencia.
—¿Qué pasa? —preguntó Alejandra asustada, acercándose instintivamente a él.
—Tranquila, debe ser un corte de luz momentáneo o un pequeño fallo técnico —dijo Francis con calma, pero en lugar de ir al panel de botones, se quedó quieto mirándola—. Estamos seguros.
Y en esa oscuridad parcial, en ese silencio repentino, todas las barreras cayeron. Francis dio un paso hacia ella, quedando tan cerca que sus cuerpos casi se tocaban. Alejandra levantó la vista y se perdió en esos ojos oscuros que ahora brillaban con una intensidad nueva, salvaje y tierna a la vez.
—Alejandra... —susurró él, y su aliento rozó sus labios—. ¿Sabes cuánto tiempo he estado esperando para poder hacer esto?
Antes de que ella pudiera responder, antes de que su mente pudiera procesar la lógica, él inclinó la cabeza y sus labios encontraron los de ella.
Fue un beso que detuvo el tiempo. No fue un beso apresurado ni brusco. Fue lento, profundo, cargado de toda la atracción acumulada durante meses, de todas las miradas, de todas las palabras dichas y las calladas. Alejandra sintió que sus piernas fallaban, pero él la sostuvo fuerte de la cintura, pegándola a su cuerpo, envolviéndola en su calor.
Ella respondió al beso sin reservas, cerrando los ojos, entregándose por completo. Sus manos subieron hasta su cuello, acariciando su cabello corto y bien cuidado. En ese momento, no existía el trabajo, no existían las dudas, no existía el miedo a la infidelidad ni a las mentiras. Solo existía él, y ella, y ese amor que estallaba como un volcán.
El ascensor volvió a encenderse de golpe, las luces normales volvieron y las puertas se abrieron con suavidad en el piso 12, interrumpiendo el momento mágico como si nada hubiera pasado. Ambos se separaron un poco, respirando agitadamente, mirándose a los ojos con la emoción todavía latiendo en sus venas.
—Ven conmigo —le dijo Francis en un susurro, tomándola de la mano—. No quiero dejarte ir todavía.
Alejandra no dijo nada, solo asintió con la cabeza, perdida en una nube de felicidad. Dejaron el piso 12 y subieron al 13. Al entrar a la habitación de él, era enorme, lujosa, con una vista panorámica de la ciudad iluminada. Francis cerró la puerta con seguro y volvió a buscarla.
La tomó suavemente del rostro, y la besó de nuevo, esta vez con más profundidad, saboreando cada rincón de su boca. Sus manos descendieron por su espalda, trazando el contorno de su figura, mientras Alejandra arqueaba el cuerpo, sintiendo cómo el fuego se extendía por cada fibra de su ser.
—Eres tan hermosa, Alejandra —murmuró Francis contra sus labios, entre besos, mientras sus manos desabotonaban con pericia la blusa de ella—. Tan dulce...
Alejandra apenas podía respirar. Sus dedos temblaban al intentar desabrochar los botones de su camisa, pero Francis, con una sonrisa tierna, tomó sus manos y lo hizo por ella, liberando su torso musculoso que había soñado con tocar.
La blusa cayó al suelo, seguida por el sujetador, dejando al descubierto la piel suave de sus hombros y el nacimiento de sus senos. Francis bajó la cabeza y depositó un beso húmedo en su clavícula, un escalofrío recorrió a Alejandra.
—No sabes cuánto te deseo —le confesó él, su voz ronca de pasión, mientras sus labios recorrían su cuello, su barbilla, cada centímetro de piel expuesta—. Cada día que te veo, cada vez que hablamos, te quiero más cerca.
Alejandra se estremecía bajo su toque. Sus manos se aferraron a la espalda de Francis, sintiendo la dureza de sus músculos, mientras él la levantaba suavemente en brazos.
—Francis... —gimió ella, el aliento entrecortado.
Él la llevó hasta la cama, una inmensa y suave nube de sábanas de seda blanca, y la depositó con delicadeza. Se desprendió de su propia ropa con movimientos lentos, sin dejar de mirarla, haciendo que la anticipación se volviera casi insoportable. Alejandra se sintió vulnerable, expuesta, pero al mismo tiempo la mujer más deseada del universo bajo la intensa mirada de Francis.
Él se acostó junto a ella, apoyándose sobre un codo, y volvió a besarla, un beso que prometía el cielo y el infierno. Sus manos acariciaban con adoración cada curva de su cuerpo, desde su cintura hasta sus muslos, haciendo que cada nervio de Alejandra cobrara vida.
—Eres perfecta —le susurró Francis al oído, mientras sus dedos jugaban con los tirantes de su falda, que pronto se deslizó hasta sus tobillos—. Desde que te vi en el supermercado, supe que había algo especial en ti.
Las palabras de amor se mezclaban con las caricias, cada susurro era un combustible para la pasión que los consumía. Él se movía con una delicadeza experta, besando, lamiendo, acariciando cada parte de su cuerpo, descubriendo los puntos más sensibles de Alejandra, provocando gemidos que ella no sabía que era capaz de emitir.
—Te amo, Alejandra —dijo él, entre besos a su cuello, a sus senos, a su vientre plano—. Mi Ale... mi todo. Eres mía.
—Y tú mío, Francis —respondió ella, aferrándose a él, las lágrimas de placer y emoción asomando a sus ojos.
Cuando Francis finalmente se unió a ella, fue una explosión de sensaciones. Un placer que Alejandra nunca había experimentado, un éxtasis que la llevó más allá de sí misma. Se movían al unísono, en un baile rítmico de cuerpos y almas, en perfecta armonía. Los gemidos de placer llenaban la lujosa habitación, las respiraciones agitadas, los besos interminables.
—Así... así, mi amor —le guio él, con paciencia y maestría, llevándola a nuevas alturas—. Déjate llevar. Soy tuyo.
Alejandra cerró los ojos, sintiendo cómo se disolvía en él, cómo sus cuerpos se convertían en uno solo, sin barreras, sin secretos, al menos por ese momento. Alcanzaron el clímax juntos, en un grito silencioso de amor y entrega, sintiendo cómo el mundo entero se desvanecía a su alrededor.
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Esa noche, bajo el manto de estrellas que se veía desde la gran ventana, Alejandra le entregó su corazón y su cuerpo al hombre que amaba. Hicieron el amor con una pasión desbordada pero llena de ternura. Francis fue delicado, atento, hizo que ella se sintiera la mujer más deseada y amada del mundo. Le susurró palabras al oído, promesas de amor eterno, le dijo que nunca había sentido nada igual por nadie, que ella era diferente, que ella era suya y él era suyo.
—Eres mi vida, Alejandra —le decía él mientras la acariciaba el cabello después de hacer el amor, estando ambos desnudos y abrazados bajo las sábanas de seda—. No sabes lo que significas para mí.
—Yo también te amo, Francis... te amo tanto que me duele aquí dentro —confesó ella con lágrimas de felicidad en los ojos—. Tenía miedo de enamorarme, pero contigo todo es diferente.
Esa noche durmieron abrazados, y para Alejandra fue la noche más perfecta que jamás había vivido. Sentía que por fin había encontrado lo que buscaba. Había conseguido su independencia, su trabajo, y ahora tenía al amor de su vida. Todo parecía encajar perfectamente.
Continuará...🔥
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.