En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 04
Los ancianos del clan hablan sobre una antigua profecía.
Emara regresó a la aldea justo cuando los primeros rayos del alba comenzaban a teñir el cielo de un rosa pálido, borrando la gloria de la luna. Se movía como una sombra, evitando las hogueras moribundas donde algunos guerreros, como Sergio Alfaro, aún montaban guardia con rostros cansados.
Su corazón todavía latía al ritmo de aquel beso prohibido. Sentía la marca del pacto en su interior como un hilo de fuego frío que la conectaba permanentemente con Kellan, quien permanecía oculto en el bosque, recuperándose bajo el hechizo de ocultación que ella había intentado improvisar.
—¡Emara! ¿Dónde has estado?
La voz de su hermano, Martín Alarcón, la hizo sobresaltarse. Él se acercaba desde la armería, con su hacha al hombro y una expresión de preocupación genuina en su rostro joven y fuerte.
—Me quedé dormida en el risco, Martín —mintió ella, bajando la cabeza para que él no viera la confusión en sus ojos—. Sabes que el plenilunio me agota.
Martín la estudió un momento, frunciendo el ceño. —¿Dormida? Sergio dijo que no te vio en toda la noche. Padre está furioso. Los ancianos han convocado un consejo de emergencia en el Gran Salón. Algo ha pasado en el bosque, Emara. Se ha detectado una fluctuación de magia negra.
Emara sintió un nudo en el estómago. —Iré enseguida.
El Gran Salón de los Alarcón era una estructura imponente de piedra y troncos de roble negro. En el centro, un fuego ceremonial ardía permanentemente, alimentado por ramas bendecidas por los chamanes. Al entrar, el ambiente era tan pesado que casi podía oler el miedo.
Sentados en el círculo de piedra estaban los tres pilares del clan: su padre Tibor, con el rostro endurecido como el granito; Bartolomé Alcalá, el más anciano y sabio, cuyos ojos estaban nublados por las cataratas pero veían más allá de lo físico; y Clemente Briones, el guardián de las crónicas, un hombre delgado de gestos nerviosos.
—Llegas tarde, hija —dijo Tibor, su voz resonando en las vigas del techo.
—Lo siento, padre.
—Siéntate —ordenó él—. Bartolomé tiene algo que decirnos. Algo que no hemos escuchado en tres mil años.
El anciano Alcalá se inclinó hacia adelante, sus manos nudosas apoyadas en un bastón de hueso de ballena. Su voz era un susurro que parecía venir de las profundidades de la tierra.
—La Luna de Plata ha llorado anoche —comenzó Bartolomé—. Los cielos han hablado de una fisura. No es una simple incursión de demonios menores. Es el despertar de la "Profecía del Eclipse de Sangre".
Un murmullo de terror recorrió a los pocos guerreros presentes, incluyendo a Sergio y Martín. Emara se mantuvo rígida, con las uñas clavadas en las palmas de sus manos.
—La profecía dice —continuó Clemente Briones, abriendo un pergamino amarillento que parecía deshacerse— que cuando el Príncipe de las Mentiras sea traicionado por su propia sangre, buscará un Ancla en nuestra tierra. Un poder nacido de la luna que se entregue voluntariamente a las sombras. Si esa unión ocurre, el portal no solo se abrirá, sino que consumirá a Eloria, convirtiéndola en una extensión del Abismo.
Tibor golpeó la mesa con el puño. —¡No permitiremos tal unión! Mis hombres están peinando el bosque. Si hay un demonio de alto rango aquí, su cabeza estará en una pica antes de que el sol alcance el cenit.
—No es tan simple, Tibor —interrumpió Bartolomé, volviendo sus ojos ciegos hacia donde estaba Emara—. La profecía no habla de conquista, sino de una llamada. El Ancla... el corazón que debe unirse al demonio... ya está entre nosotros. Ha despertado. Puedo sentir su pulso resonando con la oscuridad que acecha en la espesura.
Emara sintió que el aire se volvía escaso. En ese momento, las runas invisibles del pacto en su alma comenzaron a vibrar. Fue una sensación física, como si un millar de agujas de hielo recorrieran sus venas. No era doloroso, pero era una llamada imperiosa, una música salvaje y oscura que solo ella podía oír.
—¿Qué debemos hacer, Bartolomé? —preguntó Sergio Alfaro, con la mano en el pomo de su espada—. Dinos quién es el traidor y lo eliminaremos.
—No hay traición aún, solo destino —suspiró el anciano—. Debemos encontrar al demonio. Pero tened cuidado. El príncipe Kellan no es un enemigo común. Él porta la Llave del Abismo.
Al oír el nombre de Kellan, Emara sintió una sacudida eléctrica. Sus oídos empezaron a pitar y la luz del salón pareció oscurecerse. La voz de los ancianos se volvió un eco lejano.
*Emara...*
No era la voz de Kellan, sino algo más profundo. Era la tierra de Eloria, o quizás la propia luna, que le hablaba directamente a su sangre. Sentía una presión en el pecho, un deseo ardiente de correr, de transformarse, de regresar al bosque donde el príncipe demonio la esperaba. La llamada era tan fuerte que tuvo que morderse el labio para no aullar allí mismo.
—¡Emara! —la voz de su padre la trajo de vuelta a la realidad. Tibor la miraba con sospecha—. Estás pálida. ¿Te encuentras bien?
—Sí, padre... —logró decir, aunque su voz sonaba extraña a sus propios oídos—. Solo... necesito aire.
—Quédate aquí —ordenó Tibor—. Vamos a organizar las partidas de caza. Tú irás con Sergio y el grupo de los Alcalá. Si ves algo... cualquier cosa que no sea natural, debes informarlo de inmediato. No quiero heroísmos.
Emara asintió, pero por dentro sabía que ya era demasiado tarde para los informes. Ella ya había