Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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18. No te estoy pidiendo permiso
Lucio observó la determinación que irradiaba Estrella, sus ojos pardos brillando bajo la luz tenue de la lámpara de caoba. Los moretones en su clavícula, apenas cubiertos por la camisa prestada, parecían latir con la misma intensidad que su voz cuando apretó los labios y dejó caer las fotos sobre el escritorio con un golpe seco.
- “No vamos a encontrar nada aquí. Si quien hizo esto dejó algo, no será en unas fotos borrosas. Tenemos que ir ahora”, declaró Estella, cruzando los brazos sobre el pecho, el movimiento haciendo que la tela se pegara a sus pechos, los pezones duros delineándose bajo el algodón fino.
Lucio levantó la mirada, los dedos aún temblorosos al rozar el borde de una imagen donde el metal retorcido del auto brillaba bajo los flashes de los forensic. El olor a quemado parecía impregnado en el papel, como si el fuego hubiera dejado su marca incluso en los recuerdos.
- “Estrella, son las tres de la mañana, el lugar estará acordonado y vigilado. No podemos simplemente…”, intentó razonar Lucio, aunque su voz sonó áspera.
- “No me importa”, interrumpió Estrella.
Acercándose hasta que sus muslos rozaron el borde del escritorio, el calor de su cuerpo invadiendo el espacio de Lucio.
- “No voy a esperar a que otro error de cálculo me vuelva a dejar atrapada en un auto ardiendo”, insistió Estrella.
Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca, la piel fría a pesar del fuego que ardía en sus palabras.
- “Tú mismo lo dijiste, me salvé por centímetros. ¿Y si la próxima vez no hay un pino que me detenga?”, cuestionó Estrella.
El contacto fue eléctrico. Lucio sintió el pulso de ella acelerado bajo sus yemas, el mismo ritmo desbocado que latía en su propia entrepierna.
La camisa de Estrella se había desprendido ligeramente del hombro, dejando al descubierto una línea de moretones que desaparecían bajo la tela, como un mapa de violencia que él quería borrar con los labios. Pero no era el momento. O quizá sí lo era.
- “Joder, sabes que no puedo dejar que vayas sola”, maldijo Lucio entre dientes, la mano libre cerrándose en un puño sobre el escritorio.
Una sonrisa lenta, casi depredadora, curvó los labios de Estrella.
- “No te estoy pidiendo permiso, Lucio. Te estoy diciendo que vienes conmigo”, susurró Estrella, inclinándose hasta que su aliento caliente rozó su oreja
El olor a jabón de su piel, limpio y fresco, contrastó con el hedor a gasolina quemada que aún persistía en la memoria de Lucio, lo envolvió. No era una petición. Era un desafío. Y él, maldita sea, nunca había podido resistirse a uno de sus desafíos.
- “Bien”, cedió él.
Lucio empujó la silla hacia atrás con tanta fuerza que chirrió contra el suelo de madera.
- “Pero llevamos mi auto. Y si hay un solo indicio de que algo va mal, te saco de ahí aunque tenga que cargarte a rastras”, advirtió Lucio.
Estrella se enderezó, la victoria brillando en sus ojos mientras retrocedía un paso, dando espacio para que Lucio se levantara.
Pero no se movió lo suficiente. Cuando él se puso de pie, sus cuerpos chocaron, el pecho de ella presionando contra el suyo, por un segundo, ninguno respiró.
- “Prometo portarme mal solo después de que encontremos lo que buscamos”, ronroneó Estrella, deslizando una mano hacia abajo, sobre su estómago, hasta que los dedos rozaron el cinturón de sus pantalones.
El contacto fue fugaz, pero suficiente para que la sangre de Lucio se disparara hacia su entrepierna, el tejido de su boxer apretándose alrededor de su masculinidad.
- “Estrella”, advirtió Lucio, agarrando su muñeca antes de que pudiera descender más, aunque el nombre sonó más como una súplica que como una reprimenda.
Ella rió, baja y gutural, antes de zafarse con un movimiento de cadera que lo dejó sin aliento.
- “Vamos, mi amor. Cada segundo que perdemos es un segundo que le damos a quien quiera verme muerta”, dijo Estrella, girando hacia la puerta con un balanceo de caderas que era pura provocación.
Lucio la siguió, los ojos clavados en el balanceo de su trasero bajo la camisa, la tela subiendo lo justo para dejar ver el inicio de sus nalgas cada vez que daba un paso. El corpiño de encaje negro que aún llevaba asomaba ocasionalmente, un recordatorio de lo que había bajo esa fachada de control. Control que se estaba desmoronando por segundos.