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No Soy La Debilidad De Nadie.

No Soy La Debilidad De Nadie.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Aventura Urbana / Amor-odio
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas

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Mentiras y verdades a la luz del dia.

Mentiras y verdades a la luz del día

La mañana siguiente amaneció gris sobre Moscú, con la luz filtrada por los enormes ventanales del penthouse de Dimitri. Sobre la mesa de mármol blanco, el desayuno era un despliegue de opulencia: frutas exóticas, caviar, blinis con crema agria, jugos recién exprimidos y champán francés. Dimitri comía con apetito, vestido solo con una bata negra de seda, el torso aún marcado por las uñas de Lorena la noche anterior. Él la observaba con deleite, saboreando cada bocado mientras sus ojos grises recorrían el rostro serio y ensimismado de ella. Lorena, en cambio, apenas tocaba la comida. Había tomado una ducha larga, intentando lavar la evidencia de lo sucedido, pero sus pensamientos seguían atrapados en un remolino de culpa, placer y confusión.

Vestía una de las camisas blancas de Dimitri, demasiado grande para ella, y su cabello aún húmedo caía sobre los hombros. Estaba muy seria, con la mirada perdida en el vapor que se elevaba de su taza de té, mientras él cortaba un trozo de melón y lo llevaba a sus labios con una lentitud deliberada. "No vas a comer, Lapushka?", preguntó él con falsa inocencia. Lorena no respondió. Solo negó con la cabeza, sintiendo que cualquier palabra podría romper el frágil equilibrio que mantenía sus emociones a raya.

Dimitri sonrió, divertido por su silencio rebelde. Terminó su desayuno sin prisas, se vistió con un traje impecable de color carbón y ordenó a Serguey, su jefe de seguridad, que preparara el carro. Lorena, todavía en silencio, se vistio con un vestido casual, una chaqueta a juego y nas botas y cartera negras. Salieron del penthouse y abordaron uno de los carros blindados, con destino a la mansión Lombardi. Durante el trayecto, ninguno de los dos habló, pero la mano de Dimitri descansaba sobre el muslo de Lorena con una propiedad que ella ya no se atrevía a cuestionar.

En el camino, Lorena sintió una punzada de pánico al recordar que su ausencia de toda la noche no había sido justificada. Sacó su teléfono, revisó los mensajes: Laura le había escrito tres veces, su madre una, y Karla al menos diez. Respiró hondo y marcó el número de Karla, su amiga de confianza. Cuando Karla atendió con su voz soñolienta, Lorena habló rápido, en voz baja para que Dimitri no escuchara, aunque él estaba escribiendo en su laptop con aparente indiferencia. "Karla, escúchame bien. Si alguien te llama o te pregunta, diles que pasé el día ayer contigo, que nos quedamos viendo películas hasta tarde. ¿De acuerdo? Por favor, te lo pido". Karla, confundida pero leal, aceptó sin hacer preguntas. Dimitri, que había escuchado cada palabra con su agudo oído de depredador, sonrió sin levantar la vista de la pantalla.

Le divertía escucharla mentir con tanta soltura, intentando tejer una red de falsedades para proteger lo que ya era de él. Poco después, el carro blindado se detuvo frente a la imponente mansión Lombardi, con sus rejas de hierro forjado y sus jardines cuidados. Lorena abrió la puerta para bajar, pero Dimitri cerró el seguro con un clic seco. "Voy a saludar", dijo él, haciendo ademán de abrir su propia puerta. Lorena sintió que el corazón se le salía del pecho. Se giró hacia él con los ojos desorbitados y le espetó, con una mezcla de terror y furia: "Ni se te ocurra, Volkov". Desde el asiento delantero, Serguey, el impasible jefe de seguridad que llevaba quince años al servicio de Dimitri, soltó una risa contenida que trató de disimular carraspeando. Dimitri bufó, molesto por la insubordinación de su subalterno, pero también por la orden de Lorena. La miró con el ceño fruncido y dijo, con un tono entre burlón y peligroso: "¿Ahora escuchas conversaciones ajenas e irrespetas al jefe de la mafia rusa?" Lorena no se inmutó. Lo sostuvo la mirada, desafiante a pesar del miedo, y repitió: "No bajes. Por favor". Hubo un largo silencio. Finalmente, Dimitri accionó el seguro y ella abrió la puerta como si escapara de una prisión.

Laura estaba en el jardín delantero de la mansión, regando unas rosas blancas que su madre amaba, cuando vio bajar a Lorena de uno de los carros blindados de Dimitri. Su primera reacción fue de alivio: su hermana estaba bien. Pero luego vio a Dimitri bajar también, ajustándose los puños de la camisa con una elegancia ensayada, y el alivio se transformó en alerta. Antes de que Lorena pudiera dar dos pasos hacia la entrada, Dimitri la alcanzó, le tomó la mano con firmeza y la besó. No fue un beso fraternal ni cortés. Fue un beso posesión, profundo, con lengua y una mano en la nuca de ella que la inmovilizó por un instante eterno.

Lorena se separó de un tirón, con las mejillas ardiendo, y entró corriendo a la casa sin mirar atrás. Laura la esperaba en el vestíbulo, con los brazos cruzados y una expresión que Lorena conocía demasiado bien: era la mirada de quien ya ha atado todos los cabos. "A ver, hermana", dijo Laura en voz baja pero cortante, "entre Dimitri y tú hay algo. Y no me vengas con cuentos". Lorena, aún sin aliento, negó con la cabeza mientras subía las escaleras hacia su habitación. "No hay nada", dijo, evitando la mirada de Laura. "Nos encontramos de casualidad en el café donde desayunamos mi amiga y yo, él me ofreció un aventón. Eso es todo".

Laura no dijo nada más, pero sus ojos grises, tan parecidos a los de Dimitri, seguían a su hermana con una mezcla de preocupación y escepticismo. Sabía que aquella historia de la casualidad era tan frágil como las rosas blancas del jardín. Y las rosas, pensó, siempre terminan marchitándose.

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