En la prestigiosa Academia de Artes Arcanas, el poder es la única moneda de cambio y el linaje lo es todo. Selene, una joven con un pasado fragmentado y un poder latente que no logra comprender, intenta pasar desapercibida entre lobos sedientos de sangre y vampiros de hielo. Sin embargo, su destino cambia para siempre cuando el Vínculo de Plata, una marca ancestral y prohibida, comienza a arder en su piel.
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45 días antes de su última memoria
El Laboratorio Alquimista era un santuario de cristal y cobre. Burbujeantes matraces con soluciones de cobalto y destilados de mandrágora llenaban el aire con un olor acre, pero extrañamente reconfortante para Selene. Se sentó junto a Eitan, quien parecía demasiado grande para el delicado taburete de madera, moviéndose con una cautela casi cómica para no romper nada.
Sin embargo, la atmósfera se volvió gélida en un instante.
Leo entró al laboratorio, con el uniforme impecable y la elegancia letal que solo un vampiro de su linaje poseía. No dijo nada, pero sus ojos se clavaron en las manos de Eitan, que aún parecían conservar el rastro del calor de las de Selene. El vínculo de plata que compartían los tres vibró con una nota discordante; Selene sintió una punzada de amargura en el pecho que no era suya, sino de Leo.
-La destilación de hoy requiere precisión, no sentimientos- murmuró Leo al pasar por su lado, su voz fría como el mármol, mientras se instalaba en la mesa justo detrás de ellos.
Selene suspiró, abriendo su cuaderno en la página del mapa estelar que habían dibujado. Las líneas parecían haber cobrado vida propia; bajo la luz de los quemadores de gas, el dibujo emitía un tenue fulgor plateado.
-¿Ves esto, Eitan?- susurró ella, señalando el centro del mapa -No es una constelación. Es un patrón de interferencia. El Monasterio de las Sombras no está en el mapa, está debajo de las frecuencias de la luz normal-
Antes de que Eitan pudiera responder, el sonido de unos zapatos resonó contra el suelo de piedra. Una chica de pelo largo rizado de un color naranja entró en el laboratorio. No llevaba el escudo de la Academia, sino un emblema que Selene no reconoció: una serpiente enroscada en una llave de hueso.
-Qué conmovedor- dijo la chica, recostándose contra el marco de la puerta. Su voz era dulce y su sonrisa era amplía y encantadora -La Niña de Plata, el Perro de Guerra y el Príncipe de las Sombras jugando a los estudiantes mientras el reloj de arena se vacía-
El profesor Toril, que normalmente era estricto, ni siquiera levantó la vista de sus papeles, como si la presencia de la chica fuera invisible para él o, peor aún, permitida por una autoridad superior.
Eitan se tensó, sus músculos reaccionando al tono amenazador de la extraña. Leo, por su parte, se levantó lentamente, sus ojos oscureciéndose.
-¿Quién eres y qué haces en un recinto privado?- preguntó Leo, su voz cargada de una amenaza latente.
La chica soltó una carcajada descarada, jugueteando con un mechón de su cabello naranja -Me llamo Sunny. Y no estoy aquí para tomar clases de química básica. Estoy aquí porque el Consejo no confía en que Karl mantenga su palabra de 45 días. Soy el "seguro" de la tregua-
Sunny se acercó a la mesa de Selene con una velocidad inhumana, clavando sus ojos azules vivantes en el mapa del cuaderno. Su sonrisa desapareció por un segundo, reemplazada por una mirada de puro reconocimiento.
-Ese dibujo...- susurró Sunny, inclinándose tanto que Selene pudo oler algo parecido al incienso de funeral -No deberías saber cómo trazar eso, Selene Argentum. Solo los que han muerto y regresado conocen el camino al Monasterio-
Selene sintió un escalofrío -¿Qué quieres decir con eso?- preguntó, tratando de cerrar el cuaderno, pero Sunny puso una mano enguantada sobre él.
-Quiero decir que tu "apuesta suicida" acaba de volverse mucho más interesante- Sunny le guiñó un ojo, volviendo a su expresión dulce -Disfruten sus "buenos recuerdos", chicos. Porque cuando el mapa se complete, Selene no será la única que olvide. Para entrar al Monasterio, el precio no es la memoria... es el alma de aquellos que la aman-
Sunny se dió la vuelta y salió del salón tan rápido como había entrado, dejando tras de sí un silencio denso. Eitan miró a Leo, y por primera vez en mucho tiempo, ambos compartieron la misma expresión de terror puro.
Selene miró sus manos. El brillo plateado de su piel parecía más intenso. El primer día de los cuarenta y cinco estaba llegando a su fin, y el precio de la libertad empezaba a parecer demasiado alto.
El silencio que dejó Sunny al marchar fue más ensordecedor que sus palabras. El burbujeo de los matraces parecía ahora el latido de un corazón agitado. El profesor Toril seguía escribiendo, su pluma rascando el pergamino con una indiferencia que helaba la sangre; era la prueba viviente de que la Academia ya no era un refugio, sino un escenario montado por el Consejo.
Eitan fue el primero en reaccionar. Sus manos, aún sobre la mesa, temblaban ligeramente, no de miedo, sino de una furia contenida que hacía que sus garras amagaran con brotar.
-¿El alma de los que la aman?- gruñó Eitan, su voz volviéndose más animal -Ese "seguro" del Consejo tiene la lengua muy larga para ser alguien que acaba de llegar-
Leo, que se había mantenido como una estatua de hielo, se acercó a la mesa de Selene. Su mirada recorrió el dibujo plateado y luego se posó en Selene. El vínculo de plata entre los tres pulsó con una intensidad dolorosa, transmitiendo una oleada de frialdad y posesividad desde el vampiro.
-Es una táctica psicológica- entenció Leo, aunque sus ojos decían otra cosa -El Consejo sabe que la única forma de detenernos es quebrantando nuestra voluntad. Quieren que tengamos miedo de salvarte, Selene. Quieren que el precio nos haga retroceder-
Selene cerró el cuaderno de golpe, ocultando el mapa que seguía vibrando bajo sus dedos -Pero ella dijo que solo los que han muerto y regresado conocen el camino -susurró Selene, mirando a sus dos protectores -Yo nunca he muerto... ¿o sí?-
Ninguno de los dos respondió. Los secretos de los Argentum eran pozos profundos y oscuros, y Selene apenas estaba empezando a asomarse al borde.
Salieron del laboratorio cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de un naranja violáceo, extrañamente similar al cabello de la chica que los había amenazado. Caminaron por el patio central, donde otros estudiantes reían y charlaban, ajenos a la cuenta regresiva que pesaba sobre los hombros de Selene.
-Eitan- dijo Selene, deteniéndose bajo la sombra de un arco de piedra -Dijiste que haríamos buenos recuerdos. No dejes que las palabras de Sunny los manchen. Si el precio es tan alto, encontraremos otra forma. No voy a permitir que pierdan su alma por mi memoria-
Eitan la miró, y por un momento, el guerrero feroz desapareció, dejando ver solo a un chico que estaba dispuesto a arder por ella -Mi alma dejó de pertenecerme hace mucho tiempo, Selene. Si el Monasterio la quiere, tendrá que venir a buscarla a través de mis colmillos-
Leo carraspeó, su presencia cortando el momento como una cuchilla -Basta de sentimentalismos. El primer día está terminando. Si Sunny dice la verdad, el mapa no es solo una guía, es un contrato. Necesitamos analizar ese dibujo bajo la luz de la luna. Hay detalles que la luz del sol oculta-
Mientras se alejaban hacia las torres de los dormitorios, Selene sintió una mirada clavada en su nuca. Se giró rápidamente, pero no vio a Sunny. Vio a un chico de cabello blanco hermoso y ojos de dos colores diferentes, uno era azul y el otro amarillo, la presencia era inquietante, observándola desde una ventana alta con una seriedad en sus labios.
El primer día de los cuarenta y cinco llegaba a su fin. Selene se tocó el pecho, sintiendo el calor de la Prima Materia mezclándose con la frialdad del vínculo de plata. La guerra por su alma no había hecho más que empezar.