Mi vida nunca fue mía. Primero fueron los golpes de mi padre y sus gritos recordándome que no valía nada, hasta que finalmente decidió ponerme un precio. Me vendió como si fuera un objeto para pagar su maldita deuda.
Ahora mi dueño es Dante.
Él es frío, letal y no tiene piedad con nadie, pero me necesita para llevar las cuentas de su imperio. Pensé que pasaría de un infierno a otro, pero en sus ojos oscuros encuentro algo que nunca conocí. Ahora estoy atrapada entre los números de la mafia y el deseo por el hombre que me compró.
¿Se puede amar a quien te posee?
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Capítulo 23: El eco de un roce
POV: Dante
Marcello se marchó finalmente, pero su presencia dejó un rastro de veneno en el aire del despacho. Cerré la puerta de nuevo, esta vez sin llave, pero con una intención mucho más oscura. Me quedé allí, observando a Alessia desde la distancia. Estaba sentada al fondo, con la espalda demasiado recta y la pluma moviéndose frenéticamente sobre el papel, pero sabía que no estaba escribiendo números. Su respiración, pesada y rítmica, la delataba.
Caminé hacia ella sin hacer ruido sobre la alfombra persa. El silencio era tan absoluto que podía escuchar el crujido del cuero de mi calzado. Me detuve justo detrás de su silla, viendo cómo el vello de su nuca se erizaba por mi cercanía.
—Marcello se ha ido —dije, mi voz saliendo más baja de lo que pretendía, casi como un roce físico.
Alessia no se dio la vuelta. Soltó la pluma y vi cómo sus hombros bajaban ligeramente, liberando una tensión que solo ella y yo comprendíamos.
—Tú también deberías irte, Dante —susurró, aunque no hizo amago de moverse—. Deberías ir a resolver ese "problema" en el puerto del que hablaba tu tío.
—El puerto puede arder —respondí, inclinándome sobre ella. Apoyé mis manos en los brazos de su silla, atrapándola entre mi cuerpo y el escritorio—. Estábamos a punto de cerrar un balance muy importante cuando nos interrumpieron. Y no me gusta dejar las cuentas pendientes.
POV: Alessia
Sentí su aliento caliente golpeando mi oreja y un escalofrío violento me recorrió de arriba a abajo. Dante estaba tan cerca que podía sentir el latido de su corazón contra mi espalda. Era una sensación de peligro constante, de una atracción que no pedía permiso, sino que exigía rendición.
—Dijiste que íbamos a trabajar —logré decir, aunque mi mente solo podía imaginar la textura de sus manos recorriéndome otra vez.
—Estamos trabajando, piccola —su mano derecha abandonó el brazo de la silla y empezó a deslizarse por mi cuello, sus dedos largos y fuertes trazando la línea de mi mandíbula con una lentitud que me hacía querer gritar—. Trabajamos en la resistencia. En cuánto tiempo puedes aguantar antes de pedirme que termine lo que empezamos en el restaurante.
Sus dedos bajaron hasta la clavícula, presionando justo donde el pulso me latía con fuerza. Era una caricia posesiva, experta. Dante no solo me tocaba; me reclamaba. Me obligó a girar la silla para quedar frente a él. Mis rodillas rozaron sus muslos, y el mundo pareció encogerse hasta que solo existíamos nosotros dos y el olor a tormenta que siempre lo precedía.
—Mírame, Alessia —ordenó con suavidad.
Levanté la vista. Sus ojos eran dos pozos de tinta, cargados de una promesa que me quemaba la piel. Su mano bajó por mi brazo hasta entrelazar sus dedos con los míos, apretando con fuerza, recordándome quién tenía el control en esa habitación.
POV: Dante
Verla así, con los labios entreabiertos y la mirada perdida en la mía, era mi perdición. Estaba jugando con una mujer que era un incendio, y yo estaba más que dispuesto a quemarme. Me puse de rodillas entre sus piernas, obligándola a separar las rodillas para hacerme espacio. La tela de su vestido se arrugó bajo mis manos mientras las deslizaba por sus muslos, subiendo con una lentitud tortuosa.
—Tienes la piel ardiendo —le dije, mi pulgar trazando círculos en la parte interna de su pierna, justo donde la seda terminaba y empezaba la piel desnuda—. ¿Es por el calor del mediodía o es por lo que estás imaginando que voy a hacerte?
Alessia echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un jadeo que me hizo perder la poca razón que me quedaba. Sus manos se aferraron a mi cabello, tirando de mí hacia arriba, buscando el contacto que tanto le había negado.
—Cállate y hazlo —gimió ella, sus ojos brillando con una mezcla de odio y deseo puro.
Me levanté lo justo para quedar a milímetros de su boca. Sentía el roce de sus labios contra los míos, pero no llegué a sellar el beso. Quería que lo deseara tanto como yo. Quería que cada fibra de su ser gritara por el contacto. Rozaba su labio inferior con la punta de la lengua, saboreando el aire que compartíamos, escuchando cómo su respiración se volvía errática.
—No te lo voy a poner tan fácil —susurré contra su boca, mi mano subiendo hasta su cintura, apretándola contra mí hasta que sintió cada línea de mi cuerpo—. Dijiste que era una auditoría, ¿no? Pues vamos a revisar cada detalle. Muy... despacio.
POV: Alessia
Era una tortura. Su boca rozaba la mía, provocándome, mientras sus manos hacían estragos en mi capacidad de pensar con claridad. Podía sentir la dureza de su cuerpo contra el mío, la promesa de una pasión que nos consumiría a ambos. Sus dedos se hundieron en mi cintura y, por un momento, el mundo desapareció. Ya no era la contadora, ya no era la chica del contrato; era una mujer reclamando a su hombre.
Pero justo cuando iba a cerrar la distancia, cuando mis labios estaban a punto de encontrar los suyos en un beso que habría roto cualquier rastro de cordura... su teléfono personal, el que solo sonaba por emergencias reales, empezó a vibrar sobre el escritorio.
El sonido fue como una bofetada.
Dante se detuvo, su frente apoyada contra la mía, ambos respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Sus ojos se cerraron con fuerza, y soltó un gruñido de pura frustración que vibró en mi pecho.
—Si no es alguien muriéndose, juro que lo mataré yo mismo —dijo entre dientes.
Se separó de mí con una lentitud agónica, dejándome con el cuerpo vibrando de necesidad y los labios hormigueando. Me quedé allí, en la silla, viendo cómo el gran Dante Vitale recuperaba su máscara de hielo para contestar el teléfono, aunque sus manos todavía temblaban ligeramente.
Me arreglé el vestido, sintiendo el vacío que dejó su calor. Me di cuenta de que este juego nos estaba destruyendo a los dos, pero también de que ninguno de los dos quería que terminara.
—Esto no ha acabado, Vitale —susurré para mí misma mientras lo veía hablar por teléfono, con la mirada fija en mí, una mirada que decía que la próxima vez, no habría teléfono ni tío que lo salvara de lo que sentíamos.