Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 21
El miércoles por la tarde, el bufete se siente como una pecera de cristal donde el oxígeno se está agotando. Estoy sentada en mi escritorio, con la luz fluorescente zumbando sobre mi cabeza, cuando mi padre entra sin llamar. No trae papeles. Trae esa mirada de escrutinio que reserva para los testigos que intentan ocultar algo.
—Alicia, el viernes pasado te fuiste temprano de la gala del Ritz —dice, apoyando sus manos —esas manos que solo conocen el peso del oro y el papel— sobre mi escritorio—. Tu madre dijo que tenías migraña, pero no te encontré en tu casa cuando pasé a dejarte unos documentos.
Siento que el corazón me da un vuelco, pero mis años de entrenamiento legal me salvan. No parpadeo. No desvío la mirada.
—Fui a la farmacia de guardia, papá. Y luego decidí caminar un poco. Necesitaba aire, la cena era... agobiante.
Él entrecierra los ojos.
—Ten cuidado con el "aire", hija. El apellido Vázquez no solo es una marca, es un estándar. Últimamente pareces estar en otro lugar. No permitas que nada ensucie lo que estamos construyendo.
Cuando se marcha, mis dedos tiemblan tanto que tengo que ocultarlos bajo la mesa. La sospecha de mi padre es un perro de caza que ya ha olido el rastro. La paranoia se me pega a la piel como el sudor frío. Me miro en el pequeño espejo de mi bolso y, por un segundo, no veo a la abogada. Veo a la impostora. ¿De quién es este rostro? ¿Es este el real, o es la mujer de rojo la que de verdad existe?
El viernes llega bajo un manto de ansiedad que me impide comer. Llego a Anónimos casi media hora antes de lo habitual. Necesito entrar en la 402, cerrar la puerta y dejar que el aroma a sándalo me limpie de la suciedad del bufete.
Sin embargo, al entrar, él ya está allí. No está de pie junto a la ventana. Está sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el lateral de la cama, esperándome. Al verme, se levanta con una fluidez que me corta la respiración.
Hoy no hay palabras.
Él nota mi pánico en la forma en que respiro. Se acerca y me toma de las manos. Sus dedos largos, firmes y calientes, rodean mis muñecas. Siento su pulso contra el mío, un ritmo constante que intenta calmar mi tormenta interna.
—Estás a punto de romperte —susurra contra mi máscara de encaje.
—Siento que me están siguiendo —confieso, y las palabras salen como un sollozo ahogado—. Fuera de aquí, el mundo se está volviendo pequeño. Mi padre sospecha. Mis colegas miran. Siento que la peluca roja está dejando un rastro de ceniza por donde paso.
Él no me suelta. Al contrario, me atrae hacia su pecho, envolviéndome en sus brazos. Sus manos viajan por mi espalda, acariciando la seda de mi vestido con una devoción que me hace temblar.
—Escúchame —me dice, obligándome a mirarlo—. En esta habitación, el mundo no tiene jurisdicción. Aquí no eres una heredera, ni una abogada, ni un apellido. Eres fuego. Y el fuego no se deja atrapar por las sombras.
Me besa. Es un beso que sabe a protección y a desesperación. Sus manos bajan por mis caderas, apretándome contra él, recordándome que mi cuerpo todavía me pertenece. La sensualidad de la noche se despliega con una intensidad eléctrica. Me deshace del vestido con una urgencia que me hace sentir viva, cada roce de sus dedos sobre mi piel desnuda es un recordatorio de que, pase lo que pase afuera, esto es real.
Nos dejamos caer sobre la cama. Él se sitúa sobre mí, sujetando mis manos por encima de mi cabeza. Me fijo en el detalle de sus nudillos, en la fuerza que emana de sus brazos. Su pulso es lo único que me ancla a la cordura.
—No dejes que me lleven —le pido entre suspiros, mientras sus labios encuentran el hueco de mi cuello.
—Tendrían que quemar este edificio conmigo dentro —responde él.
La sensualidad se vuelve más profunda, más desesperada. Nos buscamos con una voracidad que intenta compensar el miedo que nos rodea. Sus manos exploran cada rincón de mi cuerpo, reconociendo mi fragilidad y mi fuerza al mismo tiempo. Entrelazo mis dedos con los suyos, apretando con fuerza, buscando esa conexión física que es mi única verdad.
En el clímax, mientras el mundo exterior desaparece y solo queda el calor de nuestra piel y el aroma a sándalo, me doy cuenta de que el miedo al rechazo está siendo devorado por el miedo a la pérdida. Ya no me importa si él me aceptaría como Alicia; lo que me aterra es que el mundo gris apague la luz de esta habitación antes de que yo tenga el valor de decirle quién soy.
Nos quedamos en silencio, abrazados bajo la luz tenue. Sus manos siguen acariciando mi pelo rojo, un gesto de ternura que me duele en el pecho.
—Tienes que tener cuidado —me dice él, y por primera vez detecto una nota de miedo real en su voz—. Yo también siento que el cerco se estrecha. No eres la única que tiene mucho que perder si nos descubren.
Esa confesión me hiela la sangre. Él también tiene una vida gris que proteger. Él también es un rehén de las expectativas.
La noche termina y, mientras me pongo de nuevo el traje gris para salir al mundo, siento que la máscara de Alicia Vázquez pesa más que nunca. La grieta se está convirtiendo en un abismo, y el eco de los pasos de mi padre parece resonar incluso en las paredes acolchadas de Anónimos.
Hay silencios que gritan. El silencio de mi despacho hoy, jueves por la tarde, es uno de ellos. He pasado las últimas seis horas revisando el mismo contrato de arrendamiento financiero, pero mis ojos no ven cláusulas; ven sombras. Cada vez que alguien camina rápido por el pasillo, mi respiración se detiene. Cada vez que el teléfono suena, espero la voz de mi padre diciendo: "Lo sé todo".
La advertencia de Elena sobre alguien preguntando por "la chica de la peluca roja" se ha convertido en una presencia física que se sienta conmigo a la mesa, que me observa desde los espejos y que me impide dormir.
—Alicia, tienes una visita —dice la secretaria por el interfono.
Mi corazón da un vuelco violento. Se me cae el bolígrafo de las manos.
—¿Quién es?
—Un tal Sr. Mendoza. Dice que es un viejo amigo de la familia y que quería saludarte ya que estaba en el edificio.