Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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Mi predestinado
Estaba al otro lado del salón principal, ayudando a un cliente con una barra olímpica. Camiseta negra sin mangas. Pantalón deportivo oscuro. Muñequeras. Hombros imposibles. Brazos marcados por venas y músculo. Espalda ancha. Cuello fuerte. Un perfil duro y hermoso, como si alguien hubiera diseñado a un hombre con el único objetivo de arruinarle la estabilidad emocional a otros.
Sentí el olor antes de que se girara.
Manzanas verdes.
Mi pulso dio un salto ridículo. Pense que era algún dejavú.
—No me jodas… —murmuré.
Rafael levantó la vista del formulario.
—¿Qué?
No le respondí.
El hombre se incorporó, corrigió la postura del cliente con una mano en su codo y otra en su cintura, dijo algo que lo hizo reír y entonces giró lo suficiente para que yo le viera el rostro.
Y ahí se acabó mi paz mental. (Estoy frito)
Tenía la mandíbula firme, la boca grande, una nariz recta y unos ojos verdes tan oscuros que, incluso desde lejos, parecían un problema. El cabello oscuro caía desordenado sobre su frente. Había un pequeño lunar junto a la ojo izquierdo y una calma absurda en su expresión, como si el universo jamás hubiera logrado ponerlo realmente de mal humor.
No era solo guapo.
Era de esa clase de hombre que no debería existir sin advertencia sanitaria.
Rafael siguió mi mirada y soltó un sonido de comprensión.
—Ah —dijo, muy despacio—. Ya entendí por qué me trajiste. ¿Quieres una aventura nueva?
—No te traje por eso.
—Claro que no. Tú solo querías ejercitar el alma.
—Cállate.
—Dante, si sigues mirando así a ese hombre, te van a cobrar la membresía y el matrimonio.
Ignoré el comentario.
El entrenador dijo algo a otro cliente, se giró un poco más y por un segundo nuestras miradas se cruzaron.
Fue breve. Apenas un roce.
Pero bastó.
No sé qué esperaba sentir. Tal vez curiosidad. Tal vez simple atracción física. Tal vez esa incomodidad competitiva que me provocaban los alfas muy seguros de sí mismos.
Lo que sentí fue peor.
Un golpe seco en el pecho. Un tirón extraño en el vientre. La absurda e instantánea certeza de que mi cuerpo había tomado una decisión sin consultarme.
Mi segundo género se tensó bajo la piel con una claridad humillante.
Yo no estaba loco. Solo era la manera más exacta que encontré para describir la reacción animal, instintiva, brutalmente honesta que me atravesó al verlo.
Ese hombre.
Ese alfa a simple vista.
"¿Mi predestinado?"
Me quedé inmóvil dos segundos más y luego me obligué a respirar.
No. No, no, no. Debo estar más defectuoso de lo que pensaba.
Aquello era una estupidez.
Una mezcla peligrosa de feromonas residuales, estrés post ruptura, abstinencia emocional y exceso de trabajo. Nada más.
Yo no creía en predestinados. Creía en contratos blindados, pruebas admisibles y cláusulas de salida. No en flechazos biológicos con un desconocido que parecía esculpido por un comité de malditos pecados.
—Necesito ir al baño —dije de pronto al sentir que mi amiguito entre mis piernas se despertaba y tenía mente propia.
— La primera puerta a la derecha — me dijo la chica más desubicada por mi solicitud.
Rafael me miró con cara de burla.
—¿Vas a rezar?
—A lavarme la cara antes de cometer un delito.
—Ve con Dios, Julieta.
Le mostré el dedo medio y me dirigí al baño.
El baño era amplio, silencioso, con espejos enormes, mármol gris y música ambiental tan relajante que daban ganas de romper algo solo por equilibrio cósmico. Me apoyé en el lavabo y abrí el grifo.
—Es una reacción química —murmuré para mi reflejo—. Nada más. Estás cansado. Hiciste un escándalo familiar, dormiste mal, trabajaste como un enfermo, no has tenido ninguna relación estable, aún sigo vírgen y ahora tu sistema hormonal decidió humillarte con un hombre que huele a ensalada de lujo.
Me eché agua en la cara.
Cuando levanté la vista, seguía igual de jodido.
La puerta del baño se abrió y entraron dos omegas jóvenes hablando entre ellos. No me prestaron demasiada atención, tal vez porque yo estaba apartado, de espaldas, fingí tomar mi móvil.
—Te lo juro, si Trébol vuelve a corregirme la sentadilla así, me caso —dijo uno, rubio, con una toalla en el cuello.
El otro soltó una carcajada.
—Tú te casarías con cualquiera que te mire dos segundos.
—No, con cualquiera no. Con ese omega, sí.
Se me congeló la mano sobre el teléfono.
—Es ridículo que exista alguien así —continuó el rubio—. O sea, míralo. Parece alfa, se mueve como alfa, levanta más peso que todos los alfas de esta ciudad juntos y encima es omega. ¿Qué clase de favoritismo biológico es ese?
El otro se rio más fuerte.
—Te dije que no tenías oportunidad. Es muy profesional en lo que hace. La vida lo bendijo con ese cuerpo y esa disciplina.
—¿Y tú sí tienes oportunidad?
—Yo al menos no babeé en la camilla cuando me acomodó el hombro.
—Eso no pasó.
—Pasó muchísimo, maldito cabrón.
Mi corazón, ese traidor con título universitario, decidió detenerse un segundo antes de reanudar su actividad con más violencia.
Ese hombre era Omega.
Su nombre tan hermoso, Trébol era omega.
No alfa.
Un Omega que me había flechado sin saberlo.
Me quedé inmóvil, procesándolo.
El rubio abrió un casillero del fondo.
—Además, ya sabes cómo es. No se mete con clientes. Y menos con los que se le quedan viendo como si fueran a desmayarse. Han sacado del gym a más de uno.
—No me le quedé viendo así.
—Burgos, te golpeaste con una mancuerna por mirarle el trasero.
—Fue una distracción, quien lo manda a tener un culo tan lindo.
Ambos soltaron una carcajada y siguieron hablando de otra cosa, pero yo ya no escuché nada más.
Omega.
La palabra se instaló en mi cabeza como una bomba con temporizador.
De pronto, demasiadas cosas cobraron sentido al mismo tiempo y, aun así, ninguna me preparó para la sensación que vino después.
Porque si Trébol hubiera sido alfa, yo me habría obligado a olvidarlo. Mi padre no lo aceptaría.
No por falta de deseo, sino por simple supervivencia. Mi cuerpo podía ser caprichoso, pero yo todavía tenía suficiente control como para no meterme en un callejón biológico sin salida.
Pero un omega…
Un omega que olía a manzanas verdes. Un omega que vivía al lado de mi casa. Un omega que tenía brazos capaces de cargarme a mí y a mis problemas. Un omega que, sin saberlo, ya me había desordenado la sangre.
Eso era mucho peor.
Muchísimo peor.
Levanté la vista hacia el espejo y me encontré con mi propia expresión: ojos grises fijos, mandíbula tensa, la respiración apenas contenida.
Parecía un hombre al borde de una revelación religiosa o de un colapso nervioso. Y el bulto en mi entrepierna no bajó por varios minutos.
La puerta del baño volvió a abrirse y Rafael asomó la cabeza.
Me miró una vez. Luego me miró mejor.
—No me gusta esa cara —dijo.
—Acabo de descubrir algo.
—¿Algo bueno o algo que nos va a meter en terapia?
Lo miré a través del espejo.
—El entrenador no es alfa.
Rafael parpadeó.
—¿Y?
Tragué saliva, todavía sintiendo el eco de esa palabra en el pecho.
—Es omega.
Mi amigo frunció el ceño, como si no entendiera por qué eso importaba tanto si mi padre era el que arreglaba las relaciones de sus hijos.
Yo sí lo entendía.
Y ese era precisamente el problema.
Porque por primera vez, mi vida no se estaba inclinando hacia un escándalo calculado, una pelea familiar o una mala decisión con corbata.
No.
Se estaba inclinando hacia un hombre independiente Omega.
Uno que todavía no sabía mi nombre. Uno que ya vivía al lado de mi casa. Uno que olía a manzanas verdes y tenía el poder de volverme un imbécil con solo existir.
Rafael se cruzó de brazos.
—Dante estás soñando despierto.
—¿Qué?
—Tienes cara de que acabas de encontrar una religión nueva.
Lo pensé dos segundos.
Luego agarré una toalla de papel, me sequé las manos y salí del baño con una calma que no sentía.
—No una religión —murmuré.
Rafael caminó detrás de mí.
—Entonces, ¿qué?
Mis ojos fueron directos al centro del gimnasio, donde Trébol Armstrong ayudaba a una clienta con total normalidad, sin tener idea de que acababa de arruinarme la semana, el sistema nervioso y probablemente el resto de la existencia.
Lo miré un segundo más.
Y sonreí, muy despacio.
—Tengl un jodido problema.
Y, por primera vez en días, la idea no me disgustó en absoluto.
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(人*´∀`)。*゚+
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